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El legalismo dentro de la iglesia, Fernando Regnault

Estamos en la iglesia no para señalarnos unos a otros, sino para apoyarnos unos a otros, para animarnos a seguir adelante

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“No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” (Lucas 6:37).
El legalismo es una etapa del crecimiento espiritual, por la que si no todos, una gran mayoría de los creyentes, tenemos que atravesar. El legalismo es parte de la carnalidad de la que tenemos que desprendernos, es parte del viejo hombre que tiene que morir. Ahora bien, una parte del legalismo es, cuando los creyentes, quieren aplicarles la ley o los principios espirituales, a los que nos acompañan en el camino siguiendo a Cristo.
Cuando los creyentes empiezan a poner su mirada en los errores, defectos o pecados de los demás, para criticar, para juzgar de manera no constructiva. Cuando los creyentes empiezan a señalar las faltas unos a otros, nos convertimos en jueces, ocupando el lugar de Dios, pero también el lugar del diablo, que es el acusador. Los que han superado un pecado, son los que señalan a los que todavía transitan por allí, pero ellos todavía tienen muchos otros de los que despojarse.
Realmente nadie puede lanzar la primera piedra, porque todos somos peregrinos, superando obstáculos para alcanzar el reino. Somos llamados a orar los unos por los otros, a interceder los unos por los otros, porque si alguno tiene algún tropiezo, los demás no estamos exentos de cometer el mismo error.
Estamos en la iglesia no para señalarnos unos a otros, sino para apoyarnos unos a otros, para animarnos a seguir adelante. Es el Espíritu Santo el que nos guía a toda verdad, es el que está calificado para tal labor, Él es quien redarguye, y hace la obra en nosotros en el nombre de Jesús. Esto no elimina la exhortación o consejo, que con amor y con toda propiedad podamos recibir de las personas espirituales que nos presiden en la vida espiritual. “Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo” (2ª Timoteo 2:7).
“Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes” (Mateo 12:7).
Los mayores exponentes del legalismo son los fariseos, digo “son” porque todavía hay muchos por allí. Ellos aplican la ley a “raja tablas”, sin anestesia, no dejan espacio para el arrepentimiento, para una nueva oportunidad. La Palabra de Dios nos explica, que la Ley de Dios es perfecta, para seres imperfectos que somos nosotros. En realidad, la Palabra tiene que cumplirse, los juicios tienen que ser derramados, pero como el propósito no es el destruir, ni la venganza, sino restaurar, redimir, siempre el Señor Jesús da un espacio para el arrepentimiento.
La Palabra dice: “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Romanos 2:4). La justicia de Dios no puede anular el justo juicio, pero si puede detenerlo por un tiempo, esperando el arrepentimiento para no tener que ejecutar el juicio. He aquí el fundamento del temor de Dios, muchos piensan que porque, no han recibido un castigo por su pecado, es porque no es tan grave o no es importante. Pero lo que pasa es que Dios está esperando el arrepentimiento, para no tener que derramar el juicio, pero sin dudas el juicio vendrá, como el padre al hijo que ama.
Ahora bien, el Señor ha puesto autoridades en la iglesia para su correcto funcionamiento, a ellos corresponde mantener la santidad en el púlpito, en el grupo de alabanza y mantener a los que no están caminando bien, alejados de ministrar. Pero a todos nos dice el Señor: “Misericordia quiero, y no sacrificio”, ser misericordioso con los pecadores no es aceptarles sus fallas, sino amarles orando en intercesión por ellos, exhortarles con amor.
¡Dios te bendiga!!!

Fernando Regnault
Maestro de la Palabra
www.abcdelabiblia.com

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