Así como el pan hizo la diferencia en este cuento, la bondad y el amor pueden ser las herramientas que Dios use para transformar nuestras vidas y las de quienes nos rodean
En un barrio, de calles urbanas de pavimentos grises y ladridos de perros, vivía un niño llamado Jaime; él amaba las bicicletas y pasaba las tardes después de la escuela recorriendo las calles, parques y esquinas, sintiendo el viento en su rostro y la libertad en sus pedales. Pero había algo que acababa con la tranquilidad de sus pequeñas aventuras: una perrita de pelaje desordenado y mirada ardiente que salía de repente de entre las cuadras cada vez que lo veía pasar.
El niño la llamaba “la perra agresiva”. Ella lo perseguía con ladridos muy agresivos que lo asustaban y, en más de una ocasión, casi lo hacía caer de su bici. Harto de la situación, Jaime empezó a cargar piedras en los bolsillos para defenderse, las lanzaba cerca de la perrita con la esperanza de que se alejara, pero los ladridos y las persecuciones sólo parecían más fuertes.
Un día, después de otro encontronazo con la perrita, Jaime llegó a casa frustrado, estaba sentado en la acera, con la bicicleta apoyada en una pared, cuando apareció su vecino Martín, un hombre mayor que por la experiencia de la vida siempre tenía un consejo para dar.
—¿Qué te pasa, muchacho? —preguntó Martín, mientras se acercaba con su andar pausado.
—Esa perra otra vez casi me hace caer de la bici —respondió Jaime, señalando el camino por donde solía aparecer la perrita.
Martín se rascó la cabeza y, después de un momento, dijo algo que Jaime nunca olvidaría:
—Mira, hijo, en vez de tirarle piedras, ¿por qué no intentas llevarle un pan? A lo mejor está ladrando porque tiene hambre, no porque quiera hacerte daño.
El niño frunció el ceño. ¿Un pan? ¿A esa perra que lo perseguía como si quisiera morderlo? La idea parecía absurda, pero esa noche, mientras intentaba dormir, las palabras de don Martín resonaron en su mente y finalmente, decidió intentarlo.
Al día siguiente, antes de subirse a su bicicleta, Jaime metió el pan de su desayuno en su mochila, pedaleó como de costumbre hasta que, en el mismo lugar de siempre, apareció la perrita; esta vez no buscó piedras. En cambio, frenó, se bajó de la bicicleta y sacó el pan con mucho cuidado, lo dejó en el suelo y dio unos pasos hacia atrás.
La perrita lo miró, desconfiada, pero el aroma del pan la venció, se acercó con lentitud, tomó el pan y empezó a comerlo; sus ladridos cesaron, y en sus ojos ya no había fuego, sino curiosidad.
En las siguientes semanas, Jaime empezó a llevarle un pan cada vez que pasaba por ese camino y la perrita, que antes era su enemiga, comenzó a mover la cola cuando lo veía y un día, incluso lo acompañó por un tramo de su recorrido, como si quisiera protegerlo.
Jaime nunca olvidó esa experiencia, además aprendió que para cambiar las circunstancias no siempre se necesitan piedras, sino cambiar la manera de pensar.
La historia de Jaime nos recuerda las palabras de Romanos 12:2: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.
Cuando Jaime decidió dejar de responder con piedras y optó por la bondad, no sólo transformó su relación con la perrita, sino que también transformó su propia vida.
La Biblia nos enseña que, al cambiar nuestra manera de pensar, nuestras acciones y actitudes también cambian, y eso puede traer paz y reconciliación, de la misma manera debemos pensar que los demás no van a cambiar hasta que seamos nosotros los que primero seamos transformados.
Así como el pan hizo la diferencia en este cuento, la bondad y el amor pueden ser las herramientas que Dios use para transformar nuestras vidas y las de quienes nos rodean.
Jaime Alberto Garzón
Pastor de la Comunidad Cristiana Bogota




