Lo que trastorna todo es que ambos también tienen en común un tercer elemento: ambos son pecadores, y es esta condición la que tuerce y pervierte la relación; es la causa de las diferencias, indiferencias e irrespetos
“El rico y el pobre se encuentran; a ambos los hizo Jehová” (Proverbios 22:2).
Aparte de las nociones sobre pobreza y riqueza y de las distintas formas de vida, recursos y oportunidades que las diferencias sociales imponen; nuestro proverbio enseña que tanto el pobre como el rico “se encuentran”. ¿Qué significa? Algunos lo verán como un inevitable roce. Sin embargo, hay algo más que eso.
Es esclarecedora la traducción que hacen algunas versiones. Elijo la Nueva Biblia Latinoamericana Hoy que dice: “El rico y el pobre tienen un lazo en común: A ambos los hizo el Señor”. Esto no quiere decir que Dios creó la pobreza y la riqueza: ser pobre o rico obedece a otras razones. Nuestro proverbio apunta más bien a que, aparte de su estatus, ambos fueron creados por Dios.
Esta verdad implica, por un lado, que los dos tienen la misma dignidad: tanto el rico como el pobre tienen el mismo valor. Y por el otro, ambos están enlazados en una relación funcional: el rico necesita al pobre para algunos trabajos, y el pobre necesita al rico para obtener su sustento diario.
Sin embargo, lo que trastorna todo es que también tienen en común un tercer elemento: ambos son pecadores, y es esta condición la que tuerce y pervierte la relación; es la causa de las diferencias, indiferencias e irrespetos.
Pero es en la iglesia donde estas diferencias son un verdadero escándalo. Allí no deberían existir tratos preferenciales ni por función, cargo, parentesco ni riqueza. Santiago en su tiempo denunció estas ominosas diferencias señalando que la fe tenía que ser “sin acepción de personas” (Santiago 2:2-5).
Lo hermoso de estar en Cristo es que todos somos iguales. ¿Reconocemos esta verdad?




