lunes, junio 8, 2026
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El Señor Jesús, el ecumenismo y la interreligiosidad

El Evangelio es inclusivo en su invitación, pero exclusivo en su fundamento

El ecumenismo es un concepto moderno (del griego oikoumene, “la tierra habitada”) que surge formalmente como movimiento en el siglo XX para buscar la unidad entre las distintas confesiones cristianas y en sus inicios fue impulsado por las iglesias anglicanas, luteranas y reformadas.
Aunque inicialmente, la iglesia católica romana se mantuvo al margen del movimiento ecuménico, su participación se volvió decisiva a partir del Concilio Vaticano II (1962–1965). El principal impulsor dentro del catolicismo fue Juan XXIII.
Las iglesias ortodoxas orientales también han sido participantes activos, especialmente a través del Consejo Mundial de Iglesias y de diálogos bilaterales.
Obviamente, en tiempos de Jesús no existía el “cristianismo” como confesión de fe separada del judaísmo, por lo que Jesús no podía ser ecuménico en el sentido técnico actual.
Sin embargo, en algunos relatos bíblicos se observa a Jesús rompiendo barreras sectarias, dialogando con quienes tenían teologías “desviadas” o integrando a los excluidos del sistema religioso judío a la verdad del evangelio.

1. El Diálogo con la Samaritana (Juan 4:4-26).
Este es el texto fundamental. Los samaritanos y los judíos compartían raíces, pero tenían una enemistad profunda por disputas sobre el lugar correcto de adoración, el monte Garizim vs. Jerusalén.
En el relato bíblico podemos observar que, de forma intencional, Jesús ignora la barrera étnica y religiosa, sin embargo, comunica la verdad y la confronta con la ignorancia al decir: “Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos”.
Jesús trasciende la geografía sagrada al decir: “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Es el primer paso hacia una fe universal y verdadera, fundamentada en Jesucristo (la salvación viene de los judíos).

2. La fe del Centurión Romano (Mateo 8:5-13).
Aquí Jesús interactúa con un pagano, un representante del imperio opresor y de una religión politeísta. Jesús se sorprende que este hombre pagano reconoció su señorío y la autoridad divina. “Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará”. Luego Jesús declara: “En verdad les digo que no he hallado tanta fe en nadie de Israel”. Alaba la fe de alguien que estaba fuera del pacto divino.
No hay base bíblica para decir que Jesús validaba todas las creencias por igual, Él mantuvo debates fuertes con fariseos y saduceos. El Nuevo Testamento no presenta un “ecumenismo pluralista o la interreligiosidad” donde todas las religiones son caminos válidos que adoran al mismo Dios, sino una universalidad basada en la adhesión a la persona de Jesucristo.

Como teólogo puedo desglosar esta realidad en tres puntos:
1. La particularidad de Jesucristo
En los textos donde los apóstoles proclaman el evangelio, especialmente en los discursos de Pedro en Hechos, de Juan y de Pablo, la apertura hacia el “otro” siempre tiene como condición el reconocimiento del Señorío de Jesucristo y su salvación. Hechos 4:12: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.
La Iglesia cristiana primitiva era inclusiva en cuanto a etnia, clase social y sexo (Gálatas 3:28), pero era exclusiva en cuanto a la fuente de salvación. El Evangelio es inclusivo en su invitación, pero exclusivo en su fundamento.

2. La Koinonía requiere un objeto común
La palabra griega koinonía (comunión/participación) no significa simplemente “llevarse bien”. Filológicamente, implica tener algo en común (koinos). En el Nuevo Testamento, ese “algo en común” es el Pneuma (Espíritu Santo) y la confesión de fe: “Jesús es el Señor” (Kyrios Iesous).
Sólo Jesús, no algo o alguien más. No hay intermediarios, no existen co-redentores, no hay intercesores. No es posible tener comunión con quienes creen que Jesús es un profeta o un buen hombre y maestro, no es posible orar junto a quienes además de invocar a Jesús, invocan también otros nombres.
Sin esa confesión de fe en Jesucristo, para los apóstoles no podía existir una unidad orgánica. Por eso, las epístolas de Juan y Pablo son muy severas con los que traen una “doctrina diferente” (2ª Juan 1:10-11).

3. El diálogo con el “Pagano” vs. el “Creyente desviado”
Hay que distinguir dos escenarios en el Nuevo Testamento que a menudo se confunden con ecumenismo o interreligiosidad.
Hacia afuera (Evangelización): Jesús y los apóstoles dialogan con samaritanos, griegos y romanos. No les piden que “sigan siendo lo que son”, sino que reconozcan a Jesucristo como Señor y Salvador. El encuentro con la Samaritana termina en ella reconociéndolo como el Mesías y contando a otros su encuentro personal con Jesús.
El Centurión Romano Cornelio fue un gentil temeroso que buscaba a Dios en el judaísmo, sin embargo, un ángel le indicó que mandara a buscar al apóstol Pedro. En su encuentro con Pedro, se le predicó a Jesucristo y oyendo el Evangelio; Cornelio y los de su casa fueron llenos de Espíritu Santo al creer en Jesús como Señor y Salvador.

Hacia adentro (Unidad): El llamado a la unidad de Juan 17 o Efesios 4 es estrictamente para aquellos que ya creen. El “que todos sean uno” se refiere a la familia de los hijos de Dios por la fe.
Si buscamos en la Biblia un ecumenismo o interreligiosidad donde se renuncie a la identidad de Cristo como Dios y Salvador para lograr una unión administrativa o civil con otras religiones, la respuesta es que no existe base bíblica para ello.
Lo que sí existe es: Un mandato de amor al prójimo y al enemigo, independientemente de su fe. Un mandato de hospitalidad, recibir al extranjero.
Una ruptura de barreras humanas, derribar el muro entre judíos y gentiles. Pero el foco de unidad es siempre el Señorío de Cristo. Para los escritores bíblicos, la unidad sin la exclusividad de Cristo no es posible.

George Laguna
Pastor y periodista

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