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El suicidio, Liliana González de Benítez

El suicidio es una trampa diabólica y aquel que cae en ella pierde la salvación. Mantente firme en la fe, persevera en oración para que ninguna fuerza demoníaca te saque de la batalla

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Recientemente leí en el diario BBC Mundo que Uruguay es el país con más suicidios en toda América Latina. Tiene una tasa de 16,6 suicidios por cada 100.000 habitantes. Y según el Banco Mundial, cada cuarenta segundos ocurre un suicidio en algún lugar del planeta. La alarmante noticia me llevó a hurgar los textos sagrados para saber qué lleva a la gente a quitarse la vida.
Hoy les voy a hablar de tres personajes bíblicos muy famosos que caminaron con Dios, recogieron grandes bendiciones, recibieron Su instrucción de primera mano, pero tristemente se dejaron aconsejar por las fuerzas demoníacas.
Empecemos por Saúl, el primer rey de Israel, a pesar de haber sido ungido por Dios cayó en la desobediencia y se apartó de los mandamientos del Señor hasta el extremo de consultar a una adivina. Buscó refugio en Satanás, trayendo como consecuencia que Dios no acudiera a su auxilio en la batalla contra los filisteos. Entonces él no consideró otra alternativa que el suicidio. La Biblia dice: “Y arreció la batalla contra Saúl, y le alcanzaron los flecheros, y tuvo gran temor de ellos. Entonces dijo Saúl a su escudero: Saca tu espada, y traspásame con ella, para que no vengan estos incircuncisos y me traspasen, y me escarnezcan. Mas su escudero no quería, porque tenía gran temor. Entonces tomó Saúl su propia espada y se echó sobre ella.  Y viendo su escudero a Saúl muerto, él también se echó sobre su espada, y murió con él” (1 Samuel 31:3-4).
Nótese que tanto Saúl como su escudero tuvieron temor. El miedo es uno de los aliados del suicida en potencia. Jesús nos enseñó a quién debemos temer: “Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed” (Lucas 12:5).
La gente que no tiene comunión con Dios o se aparta de Él, busca la solución a sus problemas en sus propias fuerzas, en el psiquiatra, los antidepresivos, el alcohol, la droga, la anorexia, la brujería, la lectura de cartas y hasta en el zodiaco. Al no hallar solución en nada viven atemorizados. La Biblia repite una y otra vez que Dios se alejó de Saúl porque Saúl se apartó de Él. Ese estado de abandono le causó paranoia, sentía gran temor y eso lo llevó a quitarse la vida. Saúl amó la maldición, y esta le sobrevino; y no quiso la bendición, y ella se alejó de él (Salmo 109:17).
La Biblia dice: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme no ha sido perfeccionado, en el amor” (1ª Juan 4:18).
A pesar de que Saúl conocía al Señor despreció su amor y bendición. Le fue infiel, no guardó su Palabra. Prefirió consultar a una bruja que pedir consejos a Dios. Saúl tuvo la oportunidad de arrepentirse y orar para que el Padre lo perdonara, pero ya el tentador lo había persuadido a quitarse la vida, esa idea le daba vueltas en la cabeza, así que esperó la oportunidad para perpetrarla.
Otro suicida fue Sansón, el último de los Jueces de Israel. Nazareo desde su nacimiento, no podía cortarse el cabello, pues este era considerado una señal de su consagración al Señor. Dueño de una fuerza sobrenatural mató a un millar de filisteos con una quijada de asno, desde entonces los israelitas lo consideraban su libertador.
Mientras conservó el voto de nazareato logró la victoria sobre sus enemigos, pero la lujuria por una mujer filistea llamada Dalila, lo hizo olvidar su pacto con Dios y reveló el secreto de su fuerza, la cual residía en su larga cabellera. Dalila vendió su secreto a los filisteos, quienes le cortaron el pelo mientras dormía, le sacaron los ojos y lo llevaron a la cárcel de Gaza. Durante una fiesta en el templo de Dagón, dios de los filisteos, llevaron a Sansón para mostrarlo como espectáculo a la muchedumbre. Sus cabellos habían vuelto a crecer. Así que se apoyó en las dos columnas centrales que sostenían el techo y empujándolas con toda su fuerza las hizo caer. Y dijo Sansón: Muera yo con los filisteos (Jueces 16:30). El templo se desplomó en su totalidad y murió junto con un gran número de sus enemigos.
Este hombre acabó suicidándose por sus deseos de venganza, una de las motivaciones más comunes del suicida. Sansón no valoró las bendiciones que recibió del Señor: Salud, fuerza, poder, fama… pensó que las merecía y jugueteó con la tentación. Su mayor insensatez fue revelar su secreto. Traicionado por la mujer en quien confió y de la que se enamoró acabó ciego y siendo el hazmerreír de sus enemigos. Dios nunca olvida su pacto, dice la Biblia que “Si somos infieles, Él permanece fiel” (2ª Timoteo 2:13). Por eso, a pesar de sus debilidades morales, Sansón figura entre los héroes de la fe (Hebreos 11:32).

Por último, tenemos a Judas Iscariote, el que vendió a Cristo por treinta monedas de plata. Con el dinero de su iniquidad se adquirió un campo y se ahorcó (Hechos 1:18). Judas conocía muy bien al Señor, pertenecía a su grupo selecto, escuchó de sus labios las enseñanzas sagradas. Jesús siempre esperó que se arrepintiera de sus pecados, pero él optó por la traición sin suponer que su “negocio” lo llevaría al suicidio y al infierno.
Judas se suicidó porque fue un hipócrita y un ladrón. Dice la Biblia que “como tenía la bolsa del dinero, sustraía de lo que se echaba en ella” (Juan 12:6). Al ver a Cristo resucitado no pudo con el peso de su conciencia y se mató.
El suicidio es una trampa diabólica y aquel que cae en ella pierde la salvación. Ningún suicida va al cielo. Los gigantes de la fe: Elías, Moisés, David, Daniel, Pedro, Pablo y los otros, lo sabían muy bien. Sufrieron enfermedades, hambre, pobreza, depresión, persecuciones, traiciones, violencia, duelos, humillaciones, encarcelamientos, sacaron fuerzas de la debilidad, se hicieron fuertes en batallas con los ojos puestos en Dios. Nunca prestaron atención a la voz del tentador. “Bienaventurado el hombre que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de la vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Santiago 1:12).
Todos pasamos por valles de lágrimas, por situaciones adversas. Cristo dijo que en el mundo tendremos aflicción; pero si confiamos en Él podremos descansar.  Juntamente con la prueba está la salida. Mantente firme en la fe, persevera en oración para que ninguna fuerza demoníaca te saque de la batalla. “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). Solo Dios trae sanidad y medicina a todos nuestros conflictos. La esperanza en Él nos garantiza la corona de la vida eterna. “Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni lamento, ni dolor; porque las primeras cosas han pasado… ¡Yo hago nuevas todas las cosas!” (Apocalipsis 21:4. NVI).

Liliana González de Benítez
Periodista y autora
lili15daymar@hotmail.com

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