El tiempo para orar hay que “asaltarlo”, porque la vida humana conspira naturalmente contra la oración
Ningún creyente por más preparación que tenga podrá ser victorioso si no dedica tiempo para orar. No sabemos la razón por la cual Cornelio, un centurión romano se conectó con Dios a través de la oración. El Señor le escogió para provocar el más colosal cambio que la iglesia iba a experimentar en el siglo 1; es decir, que la salvación era para toda la humanidad, no sólo para Israel. ¡Tremenda revelación!
Pedro, el líder principal de la iglesia tuvo que reconocer asombrado que ese personaje por quien no debía sentir aprecio se había convertido en la punta de lanza para que el mundo entendiera que la gracia de Dios no estaba reservada para un pueblo, sino para toda la humanidad. Todo ese milagro fue posible gracias a la vida de oración de Cornelio, un hombre que no parecía cristiano. Pedro reconoció “…que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10: 34-35).
El éxito de la oración está en decidir dejar lo otro, lo que nos quita tiempo, lo que parece más importante, lo que nos distrae, lo que nos preocupa. El tiempo para orar hay que “asaltarlo”, porque la vida humana conspira naturalmente contra la oración. Orar se hace difícil porque hay un ejército enemigo de la iglesia que está activamente trabajando con todo su arsenal para que no vengas al altar o para que salgas de él. La iglesia jamás podrá ser vencedora sin oración.




