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¿Eres un “cristiano de plástico”? Examina tu fe con el ejemplo de Judas

Tarde o temprano, el corazón del falso creyente es expuesto: no ama a Dios por encima de todas las cosas, sino que ama a las cosas y a sí mismo por encima de Dios

Me refiero a supuestos creyentes que pasan desapercibidos por un tiempo, camuflados entre los demás. Parecen creyentes genuinos, pero no lo son / Freepik

El uso del plástico se extiende a muchas áreas de la vida cotidiana porque es maleable. Esto permite que se pueda crear y copiar cualquier objeto mediante el plástico: desde pelotas para niños hasta piezas de ingeniería avanzada para prototipos vehiculares.
Así como el plástico puede imitar casi cualquier objeto, dentro de la iglesia pueden existir «cristianos de plástico». Me refiero a supuestos creyentes que pasan desapercibidos por un tiempo, camuflados entre los demás. Parecen creyentes genuinos, pero no lo son. Tarde o temprano su falsedad queda expuesta. Por eso debemos examinarnos, para evaluar que no seamos «cristianos de plástico».
El ejemplo de Judas puede ilustrarnos este concepto y ayudarnos a reflexionar sobre nuestra propia profesión de fe.

JUDAS, UN CREYENTE DE PLÁSTICO

Judas Iscariote era uno de los doce discípulos que Jesús designó como apóstoles (Marcos 3:13-19; Lucas 6:12-16). Lo interesante es que, si rastreamos las veces que se lo menciona en los evangelios, notamos que su fe falsa pasaba desapercibida para todos excepto para Jesús.
Por ejemplo, luego del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús enseñó a Sus discípulos que Él es el pan de vida (Juan 6:35) en quien podemos ser verdaderamente saciados. Su enseñanza era escandalosa para los oyentes:
El que come Mi carne y bebe Mi sangre, permanece en Mí y Yo en él. Como el Padre que vive me envió, y Yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por Mí. Este es el pan que descendió del cielo; no como el que los padres de ustedes comieron, y murieron; el que come este pan vivirá para siempre (vv. 56-58).
Al oír esto, muchos discípulos de Jesús sintieron que era una palabra dura y dejaron de seguirle (vv. 60, 66). No obstante, a Cristo no le sorprendió que lo abandonaran, pues sabía quiénes no creían y sólo le buscaban por la comida (v. 26). Lo llamativo es que Judas se quedó en el grupo de quienes Pedro dijo: «Nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios» (v. 69). Nadie sospechaba de la incredulidad de Judas, pero Jesús sabía quién era el que lo iba a traicionar (vv. 64, 70-71).
Encontramos otro episodio durante la última cena. Después de lavar los pies de los discípulos, Jesús les dijo: «No todos están limpios» (Juan 13:11), en referencia a quien lo iba a entregar. Sin embargo, el resto de los discípulos ni se dieron por enterados. Entonces, Jesús les comunicó con claridad: «En verdad les digo que uno de ustedes me entregará» (v. 21).
Los discípulos se miraron unos a otros, buscando respuesta sobre quién sería capaz de hacer tal cosa. Sin embargo, nadie pareció sospechar de Judas. Jesús incluso indicó de forma clara quién era el traidor, entregando a Judas un poco de pan mojado (Juan 13:26), y cuando Judas le preguntó «¿Acaso soy yo, Rabí?», le respondió «tú lo has dicho» (Mateo 26:25). Resulta sorprendente que aún así el resto de los discípulos no se diera cuenta, pues cuando Judas se levantó y se fue, todavía pensaban que Jesús le había dado un encargo especial (Juan 13:28-29).
Estos episodios demuestran que, a simple vista, puede ser difícil identificar una falsa profesión de fe.

EL CORAZÓN DEL CRISTIANO DE PLÁSTICO

Los «cristianos de plástico» han absorbido la cultura cristiana: visten como cristianos, manejan un vocabulario cristiano, conocen las canciones cristianas y hasta pueden ejercer ministerios de servicio en la iglesia. Pero todas esas conductas externas no nacen de un corazón sincero.
La Escritura dice que «el hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; y el hombre malo, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca» (Lucas 6:45; cp. Mateo 12:34). Judas tenía un corazón lleno de avaricia, que se demostró cuando María ungió al Señor con un perfume costoso. Aunque fungió como una preparación para la muerte y sepultura de Jesús, Judas estaba pensando en el dinero que se estaba perdiendo y cuestionó aquel acto de adoración (Juan 12:4-5).
Judas robaba de los recursos que administraba (v. 6) y su avaricia lo llevó delante de los fariseos. «¿Qué están dispuestos a darme para que yo les entregue a Jesús?», les planteó. «Y ellos le pesaron treinta monedas de plata» (Mateo 26:15). A Judas le pareció un buen precio por una traición; tenía la decisión tomada porque su corazón no amaba al Señor.
Tarde o temprano, el corazón del falso creyente es expuesto: no ama a Dios por encima de todas las cosas, sino que ama a las cosas y a sí mismo por encima de Dios. Lo trágico para algunos es que serán conscientes de esto en el mismo día del juicio. Estos supuestos creyentes afirman conocer a Jesús como Señor. Incluso llegan a profetizar, hacer milagros y expulsar demonios en el nombre de Jesús, pero para sorpresa de ellos, en el día final, Jesús les dirá que nunca los conoció (Mateo 7:15-23).

LA VIDA CRISTIANA NO SE TRATA DE HACER O PARECER, SINO DE CREER Y SER

Así son los «cristianos de plástico»: tienen una apariencia externa santa y piadosa, pero por dentro son huesos secos, sepulcros blanqueados y lobos rapaces (Mateo 7:15; 23:27-28). Su falsedad quedará expuesta y su fin será lamentable, como el de Judas.

¿SOY UN CRISTIANO DE PLÁSTICO?

Cada uno de nosotros debe preguntarse si es un «cristiano de plástico», es decir, un falso creyente. No se trata de una cuestión externa, la conducta o la apariencia, sino sobre si amamos a Jesús con todo nuestro ser. Por lo tanto, si se trata de un problema del corazón, la solución eficaz debe iniciar allí.
Si reconoces que has vivido una doble vida o una fe falsa, debes entender que Dios conoce tus pensamientos más íntimos y delante de Él no hay nada oculto. La vida cristiana no se trata de hacer o parecer, sino de creer y ser: «Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre» (Juan 1:12).
Por tanto, renuncia a tu doble vida y arrepiéntete, confiesa tu ruina y confía plenamente en Cristo. Dios te dará, por Su gracia, un nuevo corazón capaz de tener una fe viva. Esa misma te ayudará a caminar en Cristo, mientras eres transformado a Su imagen. Además, Su Espíritu te ayudará a dar frutos que den testimonio de tu fe, dejando de ser un «cristiano de plástico» para ser un verdadero hijo de Dios.

Brayan Allín Palencia
Pastor y psicólogo
www.coalicionporelevangelio.org

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