No hacemos rezos con los salmos, sólo nos acercarnos a ellos como composiciones espirituales de quien viene a Dios para aprender a expresar los diferentes estados en los que un alma anhela al Señor
El libro de Salmos, es una colección de composiciones líricas musicales sagradas que reflejan la intensa alteración pasajera del ánimo humano con interés y expectación por el momento que vive. Los Salmos son, pues, emociones escritas y sin maquillaje. De ellos ha dicho Eugene Petersen: “No hay literatura en todo el mundo que sea más real y más sincera que los Salmos…”.
A través de su historia, el pueblo judío ha alimentado su oración privada y comunitaria con el libro de Salmos. La liturgia de diversas confesiones religiosas ha concedido a los Salmos un puesto de honor. Con justa razón ha sido llamado el libro de oraciones de la iglesia. San Agustín de Tagaste en sus “Enarraciones sobre los Salmos”, les reserva un lugar privilegiado en término de oraciones y aconseja que debemos oír nuestra voz en la voz de los salmistas.
No hacemos rezos con los salmos, sólo nos acercarnos a ellos como composiciones espirituales de quien viene a Dios para aprender a expresar los diferentes estados en los que un alma anhela al Señor. Todos hemos encontrado seguridad y esperanza con David cuando en las duras batallas de la vida nos contagia con: “Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre” (Salmo 23:1-3).


