A veces lo que decimos, las medidas que tomamos, nuestras propias normas y leyes, el aprendizaje inducido por malas experiencias, se convierten en trampas
“El que cava foso caerá en él; y al que revuelve la piedra, sobre él le volverá” (Proverbios 26:27).
Existen muchos relatos de personas que, irónicamente, se auto perjudicaron al armar trampas en contra de algún prójimo. Tal vez, ninguno supere el terrible caso de Acán quien fue colgado en la horca que preparó para Mardoqueo (Ester 7:10). Sucedió tal como dice el conocido refrán: quien escupe para arriba, le cae la saliva.
Hay mucha gente haciendo de las suyas, perjudicando a otros que andan desprevenidamente. Pero la verdad de este artículo hay que tomarla con mucha seriedad. Está precedida por varios versículos que reflejan la actitud mal sana de quien odia; de quien disimula su maldad, lisonjea y esconde sus perversas maquinaciones detrás de un hablar muy amigable. Para tales personas nuestro proverbio se presenta como una sentencia. Su proceder está sujeto a la ley: cava su propio foso y le caerá su propia piedra.
Lo interesante de nuestro proverbio es que alude a actividades que podrían ser muy normales: cavar un foso o remover una piedra no tienen nada de inicuo, lo que le da un carácter inusitado al proverbio. A veces lo que decimos, las medidas que tomamos, nuestras propias normas y leyes, el aprendizaje inducido por malas experiencias, se convierten en trampas. En toda actividad o decisión en la que hay envuelto algún riesgo, y estas actividades lo son, es necesario ser cauto, precavido.
Podemos entonces aceptar que en nuestro proverbio hay una sentencia y una advertencia. La primera es para quien actúa arteramente, para quien funciona sobre la base de engaños y tretas: caerá en ellas. Y la segunda es para el desprevenido, incluso para el bien intencionado, a fin de que sus propias normas, afirmaciones y actitudes no le perjudiquen. ¿Qué piensas?




