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Espejos en el desierto, Harold Paredes Olivo

En la lejanía
los pasos del ser se ven,
ha dejado huellas que señalan
por dónde han de volver.

Las siluetas se dispersan
para no ser atrapadas;
de noche corren a tientas
para no ser abusadas.

Vivas, suplican que no lo hagan;
pero no hay sangre en las venas.
La sangre corre entre los dientes.
El animal por nadie espera.

La muerte no guarda nada,
no hay bondad, así quisiera.
Esta no tiene mente
ni va sufriendo de pena.

¿Quién cobra el tajo?
El hijo del diablo usado;
borracho va con dinero…
es un maldito despiadado.

Dios le cortará las manos;
no tendrá ojos ni dientes
por dejar el amor tirado
en containers y en el Bravo.
Esas con las que contaba el dinero
y tocaba al santo quebrado…
No tocará más el alma de ellas
ni a los hijos al otro lado.

¿Quién remienda el dolor?
¡Nadie lo hace!
La madre sola cavó
un hueco de este lado…
¿Cuántos continúan luchando?:

En la misma tierra
otra silueta pequeña
yace boca abajo;
en la misma tierra
se escuchan los llantos
de quienes bajan a lo llano;
en la misma tierra
se busca una lucecita
en un cielo adornado;
hay flores y cruces nuevas
que extraños han dejado.

Otros, atraviesan la misma tierra;
otros, han dejado atrás sus tejados.

Frontera nacional déjalos salir,
frontera extrajera déjalos pasar,
usted profundo mar déjelos llegar;
y tú, sociedad que no entiende,
deja de golpear al caminante
que con hambre y sueños
está forjando su destino. Allí va,
tomando gotas de rocío
que bailaban en hojas verdes:
arroyo que quita el hastío
y va refrescando a mi gente.

Darién, Darién quédate tranquilo;
abre tus fados escondidos,
permite que los sueños sean,
que no se queden dormidos
sin salir de tu encanto,
sin haber roto fuente
y sin el palpitar del pecho
de una madre que no muere.

Allá se ven otras siluetas…
Sedientos van los pequeños;
aquellos ante el gigante de acero
ven que el sol ha sido bueno.

Antes, se lavaron las caritas
viendo un rostro extraño
reflejado en un mar salado
que no se parece a ellos.

No son espaldas mojadas
quienes suben cada montaña;
animales son los coyotes,
los cerdos, también las ratas.

No le cierren más las puertas
a quien busca libertad y respuestas;
no huyen de su cuna y tierra,
solo sueñan vivir sin piedras.

¡Agente, cúbrelos de nuevo
con una mantita olor a madre
que no les oprima el cuello
y les permita llegar lejos!

Harold Paredes Olivo
Pastor, comunicador y autor
haroldwjparedes@gmail.com

Escuche el poema narrado por su propio autor…

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