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La armadura de Saúl, Yesica Carreño

Dios nos ayude a nunca ser como Saúl, que puso su confianza en sí mismo, en su ‘astucia’ humana, en su armadura, por encima de la Palabra de Dios y la guía del Espíritu Santo

En el valle de Elá se disputaba una batalla, el ejército filisteo contra el ejército del Dios viviente, por una parte, Goliat, un guerrero filisteo, gigante en tamaño y en experiencia, por la otra el ejército del Dios viviente, pero sin identidad, desenfocados y atemorizados, y su rey igual (pues tal el líder tal el pueblo), estimando más grande y poderoso al ejército enemigo que a su propio Dios, quien es el Señor de los escuadrones de Israel, grande, temible y poderoso en batalla, invicto e incomparable…
Mientras tanto en un campo cuidando ovejas, menospreciado por su propio padre, malinterpretado y acusado falsamente por sus hermanos estaba David, un guerrero, adorador del Señor formado en silencio por Él peleando contra fieras salvajes para librar y proteger las ovejas de su padre, este jovencito no es como los demás soldados, él sabe quién es su Dios, a quien sirve desde temprana edad y a quien otorga toda la gloria por haberle librado de las fieras salvajes, escuchando el desafío de Goliat quien al burlarse de Israel se burlaba de Dios mismo.
Y conociendo por experiencia, relación y vivencia diaria a Su Dios, David, al hacer un comentario y ser llamado por el rey Saúl para ir contra el filisteo Goliat, como era de costumbre nuevamente fue menospreciado, esta vez por el propio rey, quien duda de que un jovencito pueda vencer a ese gigante.
David, sin embargo, confiando en Dios sabe que, así como lo ha librado antes, esta vez también lo hará y le dará la victoria a Israel, Saúl accede, pero eso sí, lo vistió con sus propias ropas (de Saúl) y le puso también su armadura, la cual era muy pesada, tanto que David no podía caminar ni avanzar con ella. La confianza de Saúl estaba en sí mismo, en su orgullo, en su experiencia humana, por eso pensó que David necesitaba ‘de algo’ en vez de ‘a alguien’ (a Dios) para obtener la victoria.
Sin embargo, David se sacude todo ese bagaje, ese peso innecesario, con el cual no sabía andar, pues nunca lo había usado y toma unas simples piedras y lo más poderoso: su fe y confianza, no en sí mismo, como Saúl, sino en Dios a quien servía, conocía y siempre daba toda la gloria. Y nuevamente no se equivocó, Dios, quien es siempre fiel le dio la victoria (1 Samuel, capítulo 17).
¿Cuántas veces una generación a otra quiere imponer como Saúl a David su propia armadura? Armadura de orgullo, de experiencias humanas, de gloria de hombres, de ‘formas y maneras’ de hacer las cosas, que muchas veces están cargadas de pecado y sabiduría diabólica, no celestial (Santiago 3: 13-18); disfrazada de religión, menospreciando lo nuevo de Dios por su apariencia, porque no luce ostentoso, sino todo lo contrario, demasiado sencillo, tal y como lucía en ese entonces un simple pastor de ovejas, el menor de sus hermanos, en comparación de ‘el gran ejército de los escuadrones de Israel’.
Dios nos ayude a nunca ser como Saúl, que puso su confianza en sí mismo, en su ‘astucia’ humana, en su armadura, por encima de la Palabra de Dios y la guía del Espíritu Santo, y lleguemos por eso a menospreciar lo que Dios quiere hacer en nuestras vidas y en Su reino, porque Él es el Rey de reyes y Señor de señores.
Dios nos ayude por Su gracia y misericordia más bien a ser como David, que por tener una relación viva y experiencial con Dios, sepamos que aunque humanamente solo tengamos 5 piedras en la mano, el Señor solo necesita un corazón que confíe ciegamente en Él para derribar cualquier gigante, no por nuestro bonito parecer, sino solamente por Su gracia, fidelidad y para Su gloria. ¡Dios te bendiga!

Yesica Carreño
Diseñadora Gráfica

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