La iniquidad, es cuando el pecado se hace costumbre, cuando no lo vemos como pecado, y no nos acusa nuestra conciencia, porque hemos perdido la sensibilidad al Espíritu Santo
“Que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éxodo 34:7).
En la Palabra de Dios no hay palabra repetida por casualidad o palabras de más, el Señor Jesús nos dejó claro que cada coma y acento tienen su por qué. En nuestro versículo anterior, Dios hace diferencia entre el pecado y la iniquidad, esto nos revela que no es lo mismo ante los ojos de Dios. El pecado es cuando eventualmente, ofendemos a Dios, faltando a alguna parte de la Palabra. Por ejemplo, respondemos ofensivamente a alguien, pero no es nuestra costumbre hacer eso, y rectificamos delante de Dios, y de la persona que ofendimos.
Mientras que la iniquidad, es cuando el pecado se hace costumbre, cuando no lo vemos como pecado, y no nos acusa nuestra conciencia, porque hemos perdido la sensibilidad al Espíritu Santo. Es iniquidad, cuando el creyente se acostumbra a decir “mentiritas blancas”, para justificarse, para salir de algúna situación difícil sin reconocer su culpa. Es iniquidad cuando hablamos con malas palabras, y con doble sentido de impureza. Es iniquidad, cuando estamos acostumbrados a pensar primeramente lo malo. La línea puede ser interminable, y cada uno puede tener su propia lista, con cosas diferentes.
El problema de la iniquidad es que como es “normal” para la persona, “no es tan malo”, “no lo hace con mala intención”, etc.; no se pide perdón, no se lleva a la cruz con arrepentimiento. También es iniquidad, cuando pedimos perdón por algo que sabemos vamos a volver a hacer; es decir, no hay arrepentimiento, sólo se quiere estar bien con Dios y con el diablo. Los creyentes que tienen iniquidad, no experimentan crecimiento espiritual, permanecerán en el mismo escalón, hasta que saquen de su vida todas esas “zorras pequeñas”, que no les dejan avanzar.
LA INIQUIDAD Y LA HERENCIA ESPIRITUAL
Como hemos dicho, el pecado es tomado en la Palabra, como algo eventual, por supuesto que es grave, pero no tiene consecuencia generacional. Porque la palabra da por sentado, que un verdadero creyente se arrepentirá, pero el pecado no confesado con arrepentimiento sincero, se convierte en iniquidad. Es sobre la iniquidad que Dios mismo dice de si lo siguiente: “que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación”.
Es la iniquidad que trae la maldición sobre la descendencia, esto es, que cuando alguien decide vivir alejado de Dios, acumulando pecado sobre pecado, está afectando a sus hijos y nietos, porque la maldición los alcanzará. Los médicos lo llaman enfermedades familiares o hereditarias, transmitidas de padres a hijos y nietos, pero la Biblia lo llama maldiciones por la iniquidad. Pero cuando llegamos a Cristo, la Verdad de Dios nos liberará de esas maldiciones por medio de la fe, pues, la Palabra dice que Cristo llevó la maldición en la cruz del Calvario. Pero eso no será automático, por ello dijo el Señor Jesús a los judíos que había creído en Él, que si permanecían en su Palabra, serían sus discípulos, y entonces: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).
DESTRUYENDO MALDICIONES GENERACIONALES
“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (1ª Corintios 2:12).
Conocer la Palabra de Dios, nos es solamente algo que nos dará crecimiento espiritual, sino que allí está el verdadero éxito de la vida, porque allí están todas las llaves, para abrir o cerrar las puertas, que podamos encontrar en la vida. Todas las cosas que queramos de Dios, sólo hay una forma de recibirlas, y es por fe, no hay otra manera.
Además, todas las cosas no vendrán solas, sino que tenemos que alcanzarlas, luchando por ellas contra las tinieblas, que invariablemente estarán en nuestra contra. Cuando llegamos a Cristo, generalmente Dios nos da la fe para alcanzar salvación, pero no recibimos de una vez, todo lo que Cristo conquistó para nosotros en el Calvario. Por ejemplo, muchos reciben a Cristo enfermos, pero sólo tienen fe para ser salvos, y siguen enfermos.
Luego conociendo la Palabra encuentran que Jesús también llevó toda enfermedad y por fe reclaman lo que les pertenece, y reciben sanidad. Claro que hay muchos creyentes, que conociendo todas estas cosas siguen enfermos y con maldiciones, creo que no han tomado la decisión de tomar la Palabra en serio, y enfrentar las tinieblas. Cuando Dios nos compró con la sangre de Cristo, venimos a ser parte de la familia de Dios, junto con todos los santos, además de coherederos con Cristo. Así que espiritualmente ya no pertenecemos a ninguna familia terrenal, Cristo es nuestro hermano mayor, Dios es nuestro Padre, y todos los creyentes hermanos.
Para romper maldiciones, tenemos que ir en oración ante el trono de la Gracia, y allí rechazar toda maldición que hayamos recibido de nuestros ancestros terrenales, confesando que nuestra herencia es bendita en Cristo Jesús, pues ahora pertenecemos a la familia de Dios. Pedir delante de Dios, que esas tinieblas que han estado perturbando por tanto tiempo sean echadas fuera para siempre. Es algo que tenemos que hacer por algunos días, porque seremos probados en nuestra fe, el diablo tratará de engañar haciéndonos ver que no funciona, así como hace dudar a muchos de la salvación. Pero somos llamados a estar firmes, a resistirlo y huirá de nosotros.
Es importante decir que para hacer esto, primero tenemos que limpiarnos, de todo lo que hay en nosotros que no agrade al Señor, para que nuestra oración no tenga estorbo.
¡Dios te bendiga!!!




