Es hora de que aprendamos que la oración es básicamente un medio de relacionarnos con Dios. Igualar la oración a una petición es teológicamente incorrecto y espiritualmente inaceptable
En la Palabra de Dios hay ejemplos de pedir en oración: Moisés, el gran legislador y profeta de Israel le pidió al Señor que lo dejara pasar para ver la tierra “más allá del Jordán”. La respuesta del Altísimo fue terminante: “Basta, no me hables más de ese asunto” (Deuteronomio 3:25-26). Moisés no trató de torcerle el brazo a Dios; no ató, ni desató, ni declaró, ni decretó nada; solamente obedeció la voluntad de Dios.
Pablo le contó a los corintios que había un “aguijón en su carne” que lo molestaba sobremanera. Le rogó tres veces al Señor que se lo quitara. La respuesta fue: “bástate mi gracia”; el apóstol, al igual que Moisés, no usó ese insolente lenguaje moderno que ignora la voluntad de Dios para imponer la nuestra. Era una manera de decirle. No sigas pidiendo eso. No te lo voy a conceder, porque lo que te conviene es desarrollar un carácter que te permita recordar siempre que las grandes revelaciones que has recibido no te deben envanecer. Ese aguijón te va a avisar siempre cuánto dependes de mí. El apóstol de los gentiles, humildemente, obedeció.
Es hora de que aprendamos que la oración es básicamente un medio de relacionarnos con Dios. Esa relación determinará nuestras peticiones. Igualar la oración a una petición es teológicamente incorrecto y espiritualmente inaceptable. “…Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá” (Juan 15:7).




