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Martín Lutero, aquí me planto (1488-1546)

Lutero dijo con contundencia en 1545, el año anterior a su muerte: “Que el hombre que quiera escuchar a Dios hablar, lea la Sagrada Escritura”. Aquí solo, en las páginas de la Biblia, Dios habla con autoridad final

El reformador Martín Lutero

Uno de los grandes redescubrimientos de la Reforma, especialmente para Martín Lutero, fue que la Palabra de Dios nos llega en forma de libro, la Biblia. Lutero comprendió este poderoso hecho: Dios preserva la experiencia de salvación y santidad de generación en generación por medio de un libro de revelación, no un obispo en Roma.
El riesgo vital y amenazante de la Reforma fue el rechazo del papa y los concilios como la autoridad infalible y final de la iglesia. El adversario de Lutero, Silvestre Prierias, escribió: “El que no acepta la doctrina de la Iglesia de Roma y el pontífice de Roma como una regla de fe infalible, de la cual las Sagradas Escrituras también extraen su fuerza y autoridad, es un hereje” (Lutero, 193). Se dedujo que Lutero sería excluido de la Iglesia Católica Romana. “Lo que es nuevo en Lutero”, dice Heiko Oberman, “es la noción de obediencia absoluta a las Escrituras contra cualquier autoridad; sean papas o concejos” (Lutero, 204).
Este redescubrimiento de la Palabra de Dios sobre todos los poderes terrenales dio forma a Lutero y a toda la Reforma. Pero el camino de Lutero hacia ese redescubrimiento fue tortuoso, comenzando con una tormenta eléctrica a los 21 años.
El 2 de julio de 1505, camino a casa desde la facultad de derecho, Lutero quedó atrapado en una tormenta eléctrica y fue arrojado al suelo por un rayo. Él gritó: “¡Ayúdame, Santa Ana! Me convertiré en monje”. Quince días después, para consternación de su padre, Lutero dejó sus estudios legales y mantuvo su voto.
Llamó a la puerta de los ermitaños agustinos en Erfurt y le pidió al prior que lo aceptara en la orden. A los 21 años, se convirtió en monje agustino.
En su primera misa dos años después, Lutero estaba tan abrumado ante la idea de la majestad de Dios que casi se escapó. El prior lo persuadió para continuar.
Pero este incidente de miedo y temblor no sería aislado en la vida de Lutero. El mismo Lutero recordaría más tarde estos años: “Aunque viví como un monje sin reproches, sentí que era un pecador ante Dios con una conciencia extremadamente perturbada. No podía creer que él estuviera aplacado por mi satisfacción” (Selecciones, 12).
Lutero estuvo soltero por otros veinte años. Se casó con Katharina von Bora el 13 de junio de 1525, lo que significa que vivió con tentaciones sexuales como un hombre soltero hasta los 42 años. Pero “en el monasterio”, dijo, “no pensé en mujeres, dinero o posesiones; en cambio, mi corazón tembló y se inquietó sobre si Dios me otorgaría su gracia”. Su anhelo que todo lo consumía era conocer la felicidad del favor de Dios. “Si pudiera creer que Dios no estaba enojado conmigo”, dijo, “me pararía de cabeza con alegría”.
En 1509, el querido superior y consejero y amigo de Lutero, Johannes von Staupitz, le permitió a Lutero comenzar a enseñar la Biblia. Tres años después, el 19 de octubre de 1512, a la edad de 28 años, Lutero recibió su doctorado en teología, y von Staupitz le entregó la cátedra de teología bíblica de la Universidad de Wittenberg, que Lutero ocupó el resto de su vida.
Cuando Lutero se puso a trabajar leyendo, estudiando y enseñando las Escrituras en los idiomas originales, su conciencia perturbada se agitó debajo de la superficie, especialmente al confrontar la frase “la justicia de Dios” en Romanos 1:16-17. Para Lutero, “la justicia de Dios” solo podía significar una cosa: el justo castigo de Dios a los pecadores. La frase no era “evangelio” para él; fue una sentencia de muerte.
Pero luego, en el trabajo de un momento, todo el odio de Lutero por la justicia de Dios se convirtió en amor. Él recuerda.
Finalmente, por la misericordia de Dios, meditando día y noche, presté atención al contexto de las palabras, a saber: “En ella se revela la justicia de Dios, como está escrito: ‘El que por la fe es justo, vivirá’.” … Y este es el significado: la justicia de Dios es revelada por el evangelio, es decir, la justicia pasiva con la que [el] Dios misericordioso nos justifica por la fe, como está escrito: “El que por la fe es justo, vivirá”.
La Dieta de Worms es la importante asamblea ante la cual Lutero fue obligado a comparecer, cerrando el primer período de la Reforma y mostrando al mundo que el movimiento comenzado era más grande que el que inició Hus y que probablemente tomaría otros derroteros. Para mí realmente aquí comenzó la Reforma, y no cuando clavó las 95 tesis en la iglesia de Wittenberg. Lutero llegó el martes 16 de abril de 1521 y fue alojado en la casa de los Caballeros de San Juan. Al día siguiente, a las seis de la tarde, apareció ante la dieta convocada en el palacio episcopal.
El siguiente texto recoge el discurso de Martín Lutero ante el emperador y los príncipes en Worms:
Serenísimo Señor Emperador, Ilustrísimos Príncipes, Clementísimos Señores: a la hora que se me fijó anoche comparezco obediente y suplicando por la misericordia de Dios que Vuestra Serenísima Majestad y Vuestras Ilustrísimas Señorías se dignen escuchar clementes esta causa que es justa y recta tal como yo lo espero y perdonar benignamente si no le hubiera dado a alguien por impericia los títulos que le corresponden o si de alguna manera hubiera pecado contra las costumbres y el ceremonial de la corte, puesto que no soy hombre acostumbrado a ella, sino a las celdas del convento. No puedo declarar sobre mí otra cosa sino lo que hasta ahora he enseñado y escrito con simplicidad de corazón, teniendo en vista sólo la gloria de Dios y la sincera instrucción de los fieles cristianos.
Serenísimo Emperador, Ilustrísimos Príncipes, Vuestra Serenísima Majestad me propuso ayer dos preguntas, a saber, si yo reconocía como míos los libros nombrados y editados bajo mi nombre y si quiero perseverar en ellos defendiéndolos o si deseo revocarlos. Di una respuesta pronta y clara a la primera y en esto persisto hasta ahora y persistiré eternamente, es decir, estos libros son míos y yo los publiqué bajo mi nombre, a no ser que hubiera sucedido en el ínterin por casualidad que alguno de mis émulos, ya sea por astucia o por sagacidad importuna, hubiese cambiado algo en ellos o sacado taimadamente una parte, puesto que plenamente no reconozco nada que no pertenezca a mí solo y no haya sido escrito por mí mismo con exclusión de toda interpretación sutil de cualquiera.
Al contestar a la segunda pregunta, ruego que Vuestra Serenísima Majestad y Vuestras Señorías se dignen notar que no todos mis libros son de una misma clase.
Hay, pues, algunos en los cuales he expuesto la fe religiosa y la moral de una manera tan sencilla y evangélica que los mismos adversarios se ven compelidos a admitir que son útiles, inofensivos y claramente dignos de ser leídos por cristianos. Incluso la bula, si bien es impetuosa y cruel reconoce que algunos son inocuos, aunque los condene también con un criterio verdaderamente monstruoso. Por lo tanto, si yo empezase a revocarlos, os ruego: ¿qué haría sino condenar como único entre todos los mortales esta verdad que amigos y enemigos por igual confiesan pugnando sólo frente al criterio concorde de todos?
Otra clase de libros la componen aquellos que atacan al papa y a los asuntos de los papistas en cuanto que sus doctrinas y sus pésimos ejemplos han devastado al mundo cristiano mediante un mal que afecta tanto al cuerpo como al espíritu. Nadie puede negarlo o disimularlo, porque la experiencia de todos y las quejas universales atestiguan que por las leyes del papa y por doctrinas humanas las conciencias de los fieles fueron enredadas, vejadas y torturadas en la forma más horrible, mientras la increíble tiranía devoró los bienes y el patrimonio, sobre todo en esta ínclita nación alemana y aún sigue devorándolos sin cesar hasta el día de hoy por medios indignos, mientras ellos mismos por sus propios decretos (como dist. 9 y 25, g. 1 y 2) advierten que las leyes y las doctrinas del papa han de tenerse por erróneas y réprobas cuando se oponen al Evangelio y a las sentencias de los Padres.
Por consiguiente, si yo revocara también estos libros no habría hecho otra cosa que fortalecer más la tiranía y abrir ya no las ventanas, sino las puertas a tanta impiedad que robaría más amplia y más libremente de lo que se ha atrevido a hacerlo jamás hasta este momento. Y por el testimonio de esta revocación mía, el reino de su maldad muy licenciosa y del todo impune se hará completamente intolerable para el mísero vulgo y, no obstante, quedaría fortalecido y consolidado, principalmente si divulgasen la noticia de que yo lo hice en virtud de la autoridad de Vuestra Serenísima Majestad y de todo el Imperio Romano. ¡Oh Dios mío, qué tapujo sería yo para la malignidad y tiranía!
El tercer género lo componen los libros que escribí contra algunas personas privadas y (como ellos dicen) distinguidas, es decir, las que se empeñaban en defender la tiranía romana y en aniquilar la piedad que yo enseñaba.
Confieso que he sido más acerbo de lo que corresponde a mi estado de monje profeso. No quiero tampoco pasar por santo ni estoy disputando sobre mi vida, sino sobre la doctrina de Cristo. No es correcto tampoco que revoque estos escritos porque, debido a semejante retractación, nuevamente podría acontecer que bajo mi patrimonio reinasen la tiranía y la impiedad y se enseñaran contra el pueblo de Dios de una manera más violenta que nunca.
Sin embargo, como soy hombre y no Dios, no puedo defender mis libritos con otra protección que con aquella que el mismo Señor mío Jesucristo defendió su doctrina. Cuando ante Anás lo interrogaron sobre su doctrina y un criado le dio una bofetada, dijo: “Si he hablado mal, testifica en qué está mal”. Si el mismo Señor que sabía que no podía errar, no obstante, no se negó a escuchar un testimonio contra su doctrina, ni siquiera por el siervo más vil, cuánto más yo, que soy una hez capaz sólo de errar, debo desear y esperar que alguien quiera dar testimonio contra mi doctrina. En consecuencia, Vuestra Serenísima Majestad e Ilustrísimas Señorías, ruego por la misericordia de Dios, que cualquiera en fin, ya sea el más alto o el más bajo, con tal que sea capaz, de testimonio, me convenza de mis errores y los refute por medio de escrituras proféticas y evangélicas. Estaré del todo dispuesto, si me convencen, a renunciar a cualquier error y seré el primero en arrojar mis libros al fuego.
Creo que por mis declaraciones queda patente que he considerado y examinado bastante los riesgos y peligros como asimismo las pasiones y disensiones que se produjeron en el mundo con ocasión de mi doctrina y de los cuales me amonestaron ayer grave y fuertemente. Pero el aspecto más agradable en estos asuntos lo constituye para mí el ver que surgen pasiones y disensiones a causa de la Palabra de Dios. Es, en efecto, el camino, la oportunidad y el resultado de la Palabra Divina, como Cristo dice: “No he venido para traer paz, sino espada. He venido para poner en disensión al hombre contra su padre, etc.”. Por ello, hemos de pensar cuán maravilloso y terrible es nuestro Dios en sus consejos para que aquello que aplicamos con el objeto de aplacar las pasiones no se transforme por ventura más bien en un diluvio de males intolerables, si empezamos a condenar la Palabra. Y hay que procurar que no resulte infeliz y desafortunado el gobierno de este adolescente óptimo, el Príncipe Carlos (en el cual después de Dios se cifra gran esperanza). Podría ilustrar esta afirmación con abundantes ejemplos tomados de las Escrituras: el faraón, el rey de Babilonia, los reyes de Israel se arruinaron completamente cuando trataban de pacificar y estabilizar sus reinos mediante consejos sapientísimos. Es el mismo Dios que “prende a los sabios en la astucia de ellos” y que arranca los montes antes que se den cuenta”. Por tanto, es menester temer a Dios. No digo esto porque jefes tan altos necesiten de mi enseñanza y admonición, sino porque no debería sustraerme a la debida obediencia a mi Alemania. Y con estas palabras me encomiendo a Vuestra Majestad Serenísima y a Vuestras Señorías, rogando humildemente que no toleréis que por los celos de mis adversarios sin causa alguna quede aborrecible para vosotros.
He dicho”.
El funcionario de Tréveris conminó a Lutero de la siguiente manera, primero en latín y luego en alemán:
“Martín Lutero, su Majestad Imperial, sagrada y victoriosa (sacra et invicta), aconsejado por todos los estados del Santo Imperio Romano, ha ordenado que comparezcáis aquí, ante el trono de su majestad para que os retractéis y retiréis, de acuerdo a la fuerza, la forma, el significado de la citación mandato decretada contra vos por su majestad y que os ha sido legalmente comunicada, los libros, tanto en latín como en alemán que habéis publicado y desparramado por todas partes junto con su contenido: por lo tanto yo, en el nombre de su majestad imperial y de los príncipes del Imperio os pregunto: Primero: ¿Confesáis que estos libros expuestos ante vuestra presencia (le mostró una porción de libros escritos en latín y en alemán) y que ahora nombramos uno por uno, que han circulado con vuestro nombre en la portada, son vuestros, y reconocéis que os pertenecen? Segundo: ¿Queréis retractaros y retirarlos y su contenido, o es vuestra intención aferraros a ellos y refirmarlos?”.
A lo que Lutero pidió tiempo para meditar su respuesta, concediéndosele un día de plazo. Al día siguiente, tras ciertos prolegómenos, el funcionario le exigió una respuesta precisa, a lo que Lutero respondió:
“Si su Majestad Imperial desea una respuesta llana, se la daré, neque cornutum neque dentatum, (sin cuernos y sin dientes), y es esta: Me es imposible retractarme, a menos que se me pruebe que estoy equivocado por el testimonio de la Escritura, o por medio del razonamiento; no puedo confiar ni en las decisiones de los concilios ni en las de los Papas, porque está bien claro que ellos no sólo se han equivocado sino que se han contradicho entre sí. Mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios y no es honrado ni seguro obrar en contra de la propia conciencia. ¡Que Dios me ayude! ¡Amén!”.
El 26 de mayo el emperador firmó el bando que declaraba a Lutero fuera de la ley.
Concluye: “Aquí sentí que había nacido de nuevo y había entrado en el paraíso a través de puertas abiertas”.
Lutero no era el pastor de la iglesia de la ciudad de Wittenberg, pero sí compartió la predicación con su amigo pastor, Johannes Bugenhagen. El registro da testimonio de lo completamente dedicado que estaba a la predicación de las Escrituras. Por ejemplo, en 1522 predicó 117 sermones, al año siguiente 137 sermones. En 1528, predicó casi 200 veces, y desde 1529 tenemos 121 sermones. Entonces, el promedio en esos cuatro años fue un sermón cada dos días y medio.
Durante los siguientes 28 años, Lutero predicaría miles de sermones, publicaría cientos de panfletos y libros, sufriría decenas de controversias y aconsejaría a innumerables ciudadanos alemanes, todo para difundir las buenas noticias de la justicia de Dios a un pueblo atrapado en un sistema propio mérito. A pesar de todo, Lutero tenía un arma con la cual rescatar este evangelio para que no se vendiera en los mercados de Wittenberg: las Escrituras. Expulsó a los cambistas, los vendedores indulgentes, con el látigo de la Palabra de Dios, la Biblia.
Lutero dijo con contundencia en 1545, el año anterior a su muerte: “Que el hombre que quiera escuchar a Dios hablar, lea la Sagrada Escritura”. Aquí solo, en las páginas de la Biblia, Dios habla con autoridad final. Aquí solo, descansa la autoridad decisiva. Solo desde aquí, el don de la justicia de Dios llega a los pecadores del infierno.
Vivió lo que instó. Escribió en 1533: “Durante varios años, he leído anualmente la Biblia dos veces al año. Si la Biblia fuera un árbol grande y poderoso y todas sus palabras fueran pequeñas ramas, habría tocado todas las ramas, ansioso por saber qué había allí y qué tenía para ofrecer” (Lo que dice Lutero, Vol. 1, 83). Oberman dice que Lutero mantuvo esa práctica durante al menos diez años (Lutero, 173). La Biblia había llegado a significar más para Lutero que todos los padres y comentaristas.
Aquí estaba Lutero, y aquí estamos nosotros. No sobre los pronunciamientos de los papas, o las decisiones de los consejos, o los vientos de la opinión popular, sino sobre “esa palabra sobre todos los poderes terrenales” – la palabra viva y permanente de Dios.

José Núñez Diéguez
Pastor, historiador y escritor
De su libro: “LA REFORMA PROTESTANTE, los desconocidos de la Reforma”.

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