Abandone todas las posturas cosméticas y artificiales que solemos usar para impresionar a nuestro Padre y a los hombres
Cuando usted ora está “caminando” hacia el trono de la presencia de Dios, y cuando eso ocurre, Dios “camina” hacia usted. “Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8). Sería ingenuo no advertir que el enemigo común de Dios y de nosotros se siente afectado por ese “acercamiento” mutuo y reacciona para que esa reunión espiritual finalice, y a veces lo logra.
Si creemos que orar es una “actividad” más, esa postura hace que menoscabemos su importancia, practicándola apresuradamente, como para “salir del paso” o “cumplir con Dios”.
El fariseo y el publicano estaban haciendo lo correcto en el lugar correcto: Estaban “orando en el templo”. Uno era un erudito de la religión y el otro era un ignorante espiritual. Desde lo más recóndito de su alma, el publicano se humilló ante Dios; las palabras “sé propicio a mí, pecador” era todo lo que el Señor necesitaba escuchar y por eso lo absolvió, mientras que el fariseo salió con el corazón vacío.
Los dos se acercaron a Dios, pero las intenciones íntimas establecieron la diferencia cuando el juicio divino acerca de los dos tuvo que ser revelado. Sólo el publicano fue justificado. Abandone todas las posturas cosméticas y artificiales que solemos usar para impresionar a nuestro Padre y a los hombres. Nunca olvidemos que “los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17).




