Porque la oración como sistema es un atentado que agrede y humilla a la odiosa autosuficiencia humana. Orar nos humilla ante Dios
Orar no es una actividad natural. Hace un tiempo hicimos esta afirmación y hubo una tenaz resistencia en aceptarla. Unas semanas después, y para bendición de nuestra alma, leímos con estupor exactamente las mismas palabras en el primer capítulo del libro “No tengo tiempo para orar”, del pastor Bill Hybels. Es impresionante cómo el Espíritu Santo nos lleva a descubrir sus hermosas verdades y, por añadidura, a expresarlas hasta con las mismas palabras.
Algunas de las objeciones que escuché en aquella ocasión fueron: “¿Cómo explicas entonces el hecho de que casi todo el mundo ora, aunque no a Dios? Me parece que el orar, sobre todo en caso de emergencias, ¡es muy natural! Me impresionó saber de cristianos que tienen conocimiento de Dios y su Palabra, y creen -entre otras curiosidades teológicas-, que alguien pueda ORAR, en el sentido bíblico del vocablo, a otro ser ¡distinto a Dios! Una prueba más, pues, de lo mucho que tenemos que aprender cuando hablamos de oración.
¿Por qué afirmamos que orar no es una actividad natural? Porque la oración como sistema es un atentado que agrede y humilla a la odiosa autosuficiencia humana. El hecho de la oración parte de un supuesto que es contrario a nuestra arrogante naturaleza. Orar nos humilla ante Dios. Cuando oramos estamos reconociendo dos verdades básicas: Una, No soy una criatura autosuficiente. Dos, dependo absolutamente de Dios. Ninguna de las dos son de fácil aceptación, pero son absolutamente verdaderas.


