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Por qué no soy ateo

Yo no soy ateo porque he encontrado en Jesucristo el sentido pleno de la vida aquí y una esperanza firme para la vida allá

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“Si a Dios tienes, ¿qué te falta? Y si Dios te falta, ¿qué tienes?” (Teresa de Ávila).
Decía el pensador francés Foucault que hay demasiados debates donde los protagonistas ven al contrario como un enemigo al que hay que derrotar. Esto es exactamente lo que quiero evitar en este escrito. Las líneas que siguen describen mi experiencia personal, una vivencia. La fe es el tesoro más importante de mi vida. Por ello quiero compartir esta “perla de gran precio” recordando las palabras de Teresa de Ávila que encabezan este artículo.
He escogido cuatro razones por las que no soy ateo. Podría mencionar otras, pero estas son los más importantes en mi evolución personal hacia la fe.

1. No satisface las necesidades más profundas del ser humano: es existencialmente frustrante
“Infelicissimus” (“muy infeliz”). El filósofo Herbert H. Spencer mandó poner estas palabras sobre la lápida de su tumba. El materialismo científico ocupó un lugar primordial en este pensador británico. A juzgar por este triste epitafio, el ateísmo de su filosofía no llenó las necesidades más profundas de su ser. Al final de su vida, frente a la muerte, cuando las dudas ya no callan y la sinceridad aflora, se declaró “profundamente infeliz”.
Todo ser humano se hace unas preguntas esenciales cuya respuesta constituye el fundamento de su existencia. Son las columnas que sostienen nuestro bienestar existencial y emocional. En mi experiencia, el auténtico significado de la vida humana va inseparablemente ligado a Dios. En Dios el hombre encuentra el verdadero sentido de su existencia. Por el contrario, el ateísmo genera frustración porque no puede responder de forma satisfactoria a las tres preguntas básicas de la vida que son, a su vez, las necesidades más profundas del ser humano:
¿Quién soy? ¿De dónde vengo? Necesidad de identidad.
¿Qué es la vida? ¿Para qué estoy aquí? Necesidad de propósito.
¿Qué hay después de la muerte? ¿A dónde voy? Necesidad de esperanza.
Sin Dios la respuesta es la del sabio predicador en el libro del Eclesiastés, posiblemente el primer tratado existencialista de la historia: Vanidad de vanidades, todo es vanidad… Aborrecí por tanto la vida porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa; por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu (Eclesiastés 1:2, 2:17).
La frustración, una sensación de vacío y de absurdidad, es la conclusión a la que suele llegar la persona que contempla con honestidad la vida y la muerte fuera de Dios. El sentido de la vida se convierte en un sinsentido porque el ateísmo es un discurso sin esperanza. Tampoco puede aportar respuestas sólidas sobre nuestra identidad y propósito. Así lo reconoce el pensador francés Edgar Morin: “Nos sentimos perplejos y desorientados desde que sabemos que somos una pequeña peonza que gira alrededor de una bola de fuego en el espacio”.
Siempre me he preguntado a quién le da gracias un ateo al contemplar un paisaje bonito, una maravilla de la naturaleza o el orden del cosmos. ¿Puede llenarle el exclamar “Gracias, azar, qué bien lo has hecho”? Me impresionan las palabras que E. Hemingway puso en boca de uno de sus personajes en una paráfrasis atea del Padrenuestro: “Nada nuestra que estás en la nada, nada sea tu nombre. Venga tu nada”. Ante tanto vacío no es de sorprender el final trágico del gran escritor norteamericano. Si venimos de la nada y vamos a la nada, la vida también está llena de nada.
Sí, la falta de esperanza es el déficit principal del ateísmo. Un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza, un desierto que tarde o temprano lleva al pesimismo y al escepticismo. ¿No son acaso éstas las marcas distintivas de la Europa contemporánea? La filosofía de vida de nuestra sociedad posmoderna es un fiel espejo de su escepticismo vital: “no merece la pena pensar en el futuro porque no sé cuál será este futuro”.
La ausencia de esperanza es un tóxico existencial que acaba envenenando todas las áreas de la vida. Si uno es sincero consigo mismo, el ateísmo -con su desesperanza- lleva a la desesperación. Ésta ha sido la experiencia de ateos ilustres como Pean P. Sartre cuando en su libro “La náusea” afirmó en un arranque de sinceridad: “La náusea ya no me abandona, la náusea soy yo mismo”. En otra ocasión dijo: “El camino del ateísmo es largo y doloroso”.
Otro ejemplo significativo lo vemos en la actitud ante la muerte. Una vida sin Dios lleva a una muerte sin esperanza, una vida llena de fe lleva a una muerte llena de esperanza. Como psiquiatra he podido constatar una gran diferencia en la manera cómo afrontan la muerte las personas creyentes y los no creyentes. Los primeros la encaran con serenidad y paz. La persona que no tiene fe suele acercarse al final con mucho más desasosiego, a veces revestido de ironía o cinismo.
En mi experiencia, los ojos de la fe son los que me ayudan a mirar más alto y más lejos, allá donde encuentro el Dios de toda esperanza. Es mi convicción íntima que el ateísmo nunca podrá llevarme a estas alturas.

2. Creer en el origen materialista del universo requiere mucha fe
Sir Fred Hoyle, reconocido cosmólogo y físico no creyente afirmó: “La posibilidad de que el universo se haya formado solamente por azar equivale a que un huracán entre en un desguace y que su paso deje un avión montado”.
La fe del ateo, sinceramente, requiere un esfuerzo de credulidad bastante mayor que la fe cristiana. Cuesta mucho creer que “los mecanismos evolutivos nos han hecho humanos tras millones de años de mutaciones, errores, aciertos y selección” (Erwin Neher premio Nobel de Medicina). ¿No es esta fe en el azar y esta confianza absoluta en los mecanismos evolutivos mucho mayor que la fe en un Dios Creador? Voltaire, un ateo convencido, afirmó con sinceridad: “El Universo me molesta, y no puedo concebir que este reloj exista sin que exista su relojero”.
A nadie se le ocurriría creer que una nave espacial es capaz de elevarse en el aire, dar vueltas en órbita alrededor de la tierra y aterrizar en el lugar y el momento precisos sin el trabajo cuidadoso de numerosos técnicos y expertos que lo han planificado todo al mínimo detalle. Aceptamos esto como normal, pero entonces creemos que la multitud de astros que gravitan en el cosmos con rigurosa precisión se rigen por la ley del azar y la necesidad y que se ha llegado a esta perfección por “mutaciones, errores y selección espontánea”. Hace falta mucha más credulidad –me resisto a llamarlo fe- para creer que el universo surgió de la nada y se sostiene por leyes nacidas del azar que para creer en un Dios Creador. En otras palabras, no soy ateo porque para mí es mucho más lógico creer en la Causalidad que en la casualidad.
Hago mías las palabras del autor Robert Morey:
“No soy ateo porque nadie ha logrado explicarme por qué:
Todo vino, en último lugar, de la Nada
El Orden vino del Caos
La Armonía vino de la Disonancia
La Vida vino de la No-Vida
La Razón vino de la Irracionalidad
La Personalidad vino de la No-Personalidad
La Moralidad vino de la Amoralidad”.

3. El hombre puede matar a Dios, pero no puede acallar la sed de Dios
“No creo en Dios, pero le echo de menos”.
Con esta singular frase Julian Barnes, novelista inglés, inicia su autobiografía “Nada que temer” (Nothing to be frightened of, 2008). La experiencia del escritor inglés refleja la de millones de personas, tal como plasmó el salmista en otra célebre cita: Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas… mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo (Salmo 42:1-2).
El hombre puede proclamar la muerte de Dios como hizo Nietzsche, pero no logra apagar su sed de Dios que es distorsionada o reprimida. Aparecen “nuevas fes” con sus dioses laicos ante los que se arrodillan millones de personas. Las iglesias se vacían, pero se construyen templos seculares donde se adora a estos nuevos dioses con el fervor y la devoción propios de una religión. Son las formas contemporáneas de una espiritualidad sin Dios.
Mucha gente hoy se siente fascinada por lo oculto, la superstición, el horóscopo, la astrología, el tarot, las experiencias extáticas. Son los dioses mistéricos que adora sin cuestionar nada (a Dios se le cuestiona todo) con una fe ciega, nunca mejor dicho, porque se mueve en un mundo de oscuridad. El paso del ateísmo a las religiones mistéricas es un fenómeno creciente en nuestra sociedad postcristiana.
Es bien significativo que Francia, país que se jacta de su laicismo y secularización, tiene más profesionales del ocultismo (videntes, médiums, etc.) que médicos colegiados. Tristemente se hace realidad la frase de Chesterton: “cuando el hombre deja de creer en Dios, cree en cualquier cosa”.
Todo ello nos lleva a concluir que en realidad el ateísmo es una forma de religión. Con la gran diferencia que, en vez de “religarte” con Dios, el ateísmo te “religa”, te vincula, con lo material: “Somos un trozo de tierra… la verdad está en la realidad que te rodea” afirma el célebre ateo Yuval Noah Harari.

4. No soy ateo porque el Dios personal de la Biblia me ha seducido
“No creo que Dios exista, pero si existe, no tiene perdón de Dios”, dijo José Sacristán. ¿Qué Dios habrá conocido el gran actor español para llegar a esta ácida conclusión? Me entristece comprobar cómo muchas personas rechazan a Dios sin saber nada realmente de Él. Dios es el gran desconocido.
En la medida en que uno profundiza en las creencias de un ateo y el proceso que le ha llevado al rechazo de Dios, sorprende su ignorancia de cómo y quién es realmente el Dios personal de la Biblia. Por desgracia, los dos sentidos de la palabra ignorar –no saber y no querer saber- suelen ir juntos en la experiencia atea: desconocen a Dios y no quieren saber nada de Dios.
Por ello quisiera concluir con una palabra de testimonio personal, mi propia experiencia de fe. Yo no he rechazado el ateísmo sólo por sus limitaciones y carencias, sino sobre todo por una razón positiva: he encontrado la luz que alumbra la oscuridad de la vida.

¿CÓMO ES MI DIOS?

Mi Dios es casi el opuesto al que muchos ateos imaginan: no es un Dios de temor, sino de amor; no es un Dios represivo, sino comprensivo; no es un dios severo sino lento para la ira y grande en misericordia (Salmo 103:8); no es un Dios de tiranía caprichosa, sino de libertad preciosa; es un Dios cercano al que puedo conocer con la cabeza y amar con el corazón; un Dios que, siendo Todopoderoso, se complace en llamarse “Padre”, está a mi lado en mi dolor y sufre conmigo; un Dios que siendo la Verdad absoluta, no impone sino que propone; un Dios con misterios y enigmas –el Dios velado-, pero también el Dios revelado en Jesucristo, la imagen del Dios invisible (Colosenses 1:15). Cristo es el espejo de Dios; en su persona y su vida se manifiesta sin sombras el carácter divino.
Yo no soy ateo porque he encontrado en Jesucristo el sentido pleno de la vida aquí y una esperanza firme para la vida allá. He descubierto que la respuesta última a la frustración humana solo se puede hallar en la vida abundante que da la fe en Jesús: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Juan 10:10).
En medio del drama de una vida frustrada en un mundo frustrante, se alza esplendorosa la figura de Jesús que nos abre la puerta a una vida nueva, magnífica, superior, en una palabra, una vida abundante de sentido y de esperanza. Por todo esto no soy ateo.

Pablo Martínez Vila
Médico, teólogo y escritor
pensamientocristiano.com

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