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Un traficante de drogas se convierte en fundador de iglesias y cosecha “campos blancos” para Cristo

“Nunca hubiera pensado que estaría aquí haciendo esto, pero ahora, mis sueños han cambiado. En vez de pensar en llenar Estados Unidos de cocaína, ahora mi deseo es llenarlo del Evangelio”, señaló Hernández

La iglesia plantada por el misionero Jefferson Hernández de la Junta de Misiones Norteamericanas, la Iglesia Bíblica Campo Blanco en Sterling, Virginia / NAMB de Ben Rollins

(Tony Hudson – BP).-

STERLING.- No hubo aportación de ideas, ni grupo de discusión, ni investigación. Jefferson Hernández no había pensado ni por un momento en cómo él y su esposa Carol llamarían a su nueva iglesia en Sterling. No hasta que un día, inesperadamente, le preguntaron el nombre de su nueva iglesia, y Jefferson dijo lo primero que se le vino a la cabeza.
“Acababa de leer en Juan 4 que los campos están blancos para la siega, y se me vino a la cabeza la frase ‘Campo Blanco’”, dice Hernández. Así que justo en ese momento, ese fue el nombre que se le dio a la iglesia: Campo Blanco.
Si lo hubiera intentado, no se le habría ocurrido un nombre mejor. La familia Hernández vive en el condado de Loudon, Virginia, uno de los condados más ricos y de mayor crecimiento de Estados Unidos. Atraídos por la promesa de empleos bien remunerados, el condado de Loudon se ha convertido en un popular punto de desembarco para decenas de miles de inmigrantes procedentes de Latinoamérica.
“Estamos viendo mucha gente de Bolivia, Perú, Colombia y, sobre todo, Centroamérica”, dice Hernández. “Este condado, que es uno de los que más dinero gana, se ha convertido en un foco de atracción para inmigrantes que buscan un futuro mejor para ellos y sus familias”.
Dios llamó a la familia Hernández a seguir a todos esos inmigrantes al condado de Loudon, el condado que Jefferson ahora llama “Campo Blanco”, para mostrarles cómo es realmente un “futuro mejor”. Y ese llamado –a plantar una iglesia que diera a conocer a Jesús– fue un llamado que Hernández nunca hubiera imaginado para sí mismo.
Hernández siempre había querido venir a Estados Unidos. Pero cuando era niño y crecía en Cali (Colombia), su sueño americano no era lo que cabría pensar.
“Cuando era niño, los cárteles de la droga eran muy populares en Colombia”, dice. “Desde muy joven me entrenaron para robar bancos. Mi sueño era que, cuando empezara a participar en esos atracos, cogería todo el dinero que pudiera, compraría mi primer kilo de cocaína y lo enviaría a Estados Unidos. En mi mente pensaba: ‘Voy a llenar Estados Unidos de cocaína’”.
Dichosamente, a veces los sueños cambian.
Una noche de 2008, poco después de que Hernández viniera a vivir a Estados Unidos, él y su novia, Carol, visitaron una iglesia hispana en los suburbios de Washington D.C. Era la primera vez para Hernández. Nunca había asistido a una iglesia evangélica.
“Tenía un poco de miedo de encontrarme con cosas raras”, dice. Pero cuando “el hombre de la corbata” se levantó para hablar, Hernández escuchó algo totalmente inesperado.
“Para mí, la religión nunca había tenido sentido”, dice. “Pero el hombre de la corbata fue muy claro. Dijo que como Jesús había pagado por todo lo malo que yo había hecho, había esperanza para alguien como yo. Salí de la iglesia pensando en eso. Y varios días después, me puse de rodillas y le pedí a Dios que perdonara todos mis pecados”.
Carol, la novia de Hernández, no era seguidora de Jesús en aquel momento y, al principio, dudó de la sinceridad de su conversión.
“Pensé que estaba loco. Pero él me dijo: ‘No, estoy enamorado de Jesús y Él ha cambiado mi vida’. Fue extraño para mí escuchar eso de él, y eso me llamó la atención, así que seguí yendo a la iglesia con él”, dijo. “Tiempo después, yo también entregué mi vida al Señor”.
Después de varios años de discipulado, entrenamiento y oración, el “hombre de la corbata” y la iglesia que pastorea, Iglesia Bíblica Bautista Emmanuel Manassas, enviaron a Hernández y Carol a plantar una nueva iglesia en Sterling, Virginia. Fue una tarea que, finalmente, resultó no ser tan difícil como pensaron en un principio.
“Nuestra iglesia, era nuestra iglesia de envío”, dice Hernández. “Nos habían estado preparando durante mucho tiempo. Pero aun así, cuando nos comisionaron, no sabíamos exactamente por dónde empezar. Así que empezamos a dar paseos de oración por las calles de Sterling y, cada vez que nos encontrábamos con gente, nos parábamos a darles testimonio. Algunos respondieron positivamente, así que empezamos un estudio bíblico con ellos. Ahí empezó todo”.
Ahora, cuatro años después, la obra ha crecido. La iglesia que ahora se llama Iglesia Bíblica Campo Blanco llena el salón de actos de una iglesia anglosajona local. El setenta por ciento de los asistentes conocieron a Cristo allí mismo, en la iglesia plantada. Y hay planes para lanzar una segunda obra en otra comunidad cercana.
Por eso Hernández sabe que bautizar su nueva iglesia con el nombre de “Campo Blanco” debe de haber sido una inspiración divina, porque no hay mejor descripción de la comunidad que la rodea.
“Antes pensaba: ‘¿Para qué fundar nuevas iglesias? Pero he aprendido que aquí hay potencial para fundar una iglesia en cada manzana, y aun así, necesitaríamos más. Estos campos están realmente blancos y listos para la cosecha. Nunca hubiera pensado que estaría aquí haciendo esto, pero ahora, mis sueños han cambiado. En vez de pensar en llenar Estados Unidos de cocaína, ahora mi deseo es llenarlo del Evangelio”, finalizó diciendo el ahora misionero Jefferson Hernández.◄

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