Mirar como Jesús no se aprende mecánicamente. Ese mirar emerge de adentro y revela lo que allí tenemos
“La luz de los ojos alegra el corazón, y la buena nueva conforta los huesos” (Proverbios 15:30).
“Una mirada de tus ojos puede calmar mi corazón” es lo que recuerdo de un viejo himno que alude a la mirada de Jesús. Y es que su mirada no sólo escrutaba lo que había en el corazón, también era luz en la oscuridad, confianza en el temor, buenas noticias para el desvalido. Su mirada inspiraba y daba confianza. No había nada que aquella mirada de Cristo no saciara.
Mirar como Jesús no se aprende mecánicamente. Ese mirar emerge de adentro y revela lo que allí tenemos. Hay miradas que son como dagas lanzadas a la distancia. Otras son de lástima y hay aquellas que enjuician.
Varias son las traducciones que hallamos de nuestro proverbio, pero una me atrajo particularmente: “Una mirada alegre trae gozo al corazón; las buenas noticias contribuyen a la buena salud”. Así que nuestro proverbio nos habla del impacto sicológico tan saludable que produce una mirada afectiva; tan beneficiosa como una buena noticia. Esa es una mirada milagrosa. No hay cualidad histriónica que genere el efecto de la mirada radiante. Alejandro Dumas escribió: “Ha querido Dios que lo único que no puede disfrazarse sea la mirada de un hombre”.
¿Podremos algún día evaluar el impacto de una mirada afectuosa? Ella tiene un efecto instantáneo y otro en el recuerdo. Yo no olvido la sonrisa que me ilumina la vida en un momento crítico. Muchas veces viene entre palabras afectuosas convirtiéndose en una buena noticia. La podemos regalar en el cruce fugaz, en una mañana al despertar, en una visita o en un simple toque. Esa es una mirada milagrosa.
¡Que la luz de tus ojos sea hoy una buena noticia!


