Si no tienes palabras, no hables. Tu silencio también es oración. Si sólo salen lágrimas, deja que ese llanto exprese los latidos de un corazón que se quebranta en la augusta presencia del Altísimo. Ven, Él te espera para bendecirte
Debemos revisar con cuidado cuál es nuestra motivación al orar. El Señor Jesús nunca permitió que el éxito de su ministerio le impidiera pasar tiempo con su Padre en oración. Para millones de personas, tener un Dios a quien pedirle algo parece ser la finalidad de acudir a su trono. La Biblia nos insta a pedir; pero sería deshonesto que no descorriéramos el velo completo de esa enseñanza, para poder participar de la sublime grandeza que permite a la oración convertirse en el mayor acto de comunión con Dios, al llamar y buscar.
No desestimamos que en nuestras oraciones solicitemos bendiciones materiales, espirituales o de cualquier otro orden. Lo que sí estamos haciendo es ubicar el contenido de la oración en su perspectiva correcta.
La práctica de la vida de oración incorporará cambios en ti que ni siquiera imaginas. Cuando entres en la dimensión de la oración te vas a transformar porque cuando te acercas a Dios no puedes permanecer como eres. No esperes más, busca tu propio momento, y cuando se apague el ruido de la gente póstrate en su presencia.
Si no tienes palabras, no hables. Tu silencio también es oración. Si sólo salen lágrimas, deja que ese llanto exprese los latidos de un corazón que se quebranta en la augusta presencia del Altísimo. Ven, Él te espera para bendecirte.


