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Venid o apartaos (Mateo 25:34, 41), Eduardo Padrón

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La reunión era inmensa. Había mucha gente congregada. Me pareció que todo el mundo estaba presente; luego pensé que quien fuera a presidirla tendría que ser muy importante. Poco había leído sobre el asunto, así que solo recordaba algunas cosas. Pensaba que muchos detalles solo eran el fruto de la imaginación de quienes sí lo habían hecho. Pero nunca lo que imaginamos se acerca a la realidad. Y esa realidad había llegado y yo estaba en ella y tan pobremente informado. Solo barruntaba yo que si había un juicio, tendría que responder las preguntas que me formularan.
De pronto, una figura enhiesta, enorme, resplandeciente, no tanto por el brillo sino por su autoridad y grandeza. La multitud no pudo moverse, excepto por el poco espacio entre uno y otro que aprovechó para hacer un movimiento involuntario y enfocar los ojos en aquel que proyectaba omnipotencia. Aún de pie ―no sé cómo lo hizo― partió en dos la masa ingente como un pedazo de queso. No supe en cuál de las dos había quedado tal vez por aquellos ojos que fulguraban como llamas de fuego.
Pensé en repasar algunas cosas que posiblemente tendría que responder. ¡Por si las moscas! Entonces traté de recordar la fecha cuando me hice cristiano. Sudé pues fue hace años y no la había anotado. Me enojé conmigo mismo por mi imprevisión. Estaba seguro que esa fecha era importante. Fue cuando me imaginé al Rey de reyes diciéndome: “¡No tienes cómo probar cuándo te hiciste cristiano! Bueno, lo siento mucho, no hay remedio”. Sentí como se me aflojaron las piernas. Entonces eché mano de mis experiencias de todos mis años como cristiano. Seguro probarán que sí fui un verdadero creyente: tuve una sana doctrina, cumplí con todo lo que me enseñaron, me congregué y otras cosas.
En eso vi a una hermana y me le acerqué. La reconocí pues había visitado su iglesia varias veces. La saludé con la esperanza de que testificara de mi vida cristiana. Pero ella también tenía sus dudas y preocupaciones. Me consolé al saber que no era el único en aquel predicamento. ¡Vaya! Nunca tuve certeza de nada. ¡Qué grave! ¿En qué me apoyé todos estos años?
De pronto, ¡El Juicio! Todo quedó en silencio. La majestad lo demanda. Llamó mi atención que estuviera donde estuviera; lejos o cerca del trono podía ver todo y escucharlo todo como si sucediera justo al frente. No hubo preguntas, solo sentencias. Lo comprendí: no seríamos juzgados, sino sentenciados. Esa idea me sacudió y heló mi sangre ―si en realidad tenía―. Nada me había preparado para esto. No preguntaron la fecha de la conversión, tampoco si había cumplido con los requerimientos de la iglesia. Solo hubo un criterio que forzó al corazón a mostrar su fruto: ¡A QUIÉN LE SERVISTE!
El Rey tenía delante los dos grupos: a su izquierda y a su derecha. Dos palabras hicieron eco en mi mente: “venid” y “apartaos”. Las había leído. Así que cerré mis ojos y me abstraje buscando en mi memoria el pasaje. A lo lejos oí una voz que taladró mis pensamientos. Quise escucharla, pero sonaba lejana y cada vez más lejos como absorbida por el tiempo. De repente, sobresaltado, abrí los ojos todo lo que pude y me di cuenta: me había dormido.
La pregunta quedó sin respuesta, como suspendida en el tiempo: ¿cuál fue la palabra? Respiré profundo y me dije: ahora a averiguarlo.

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
edupadron@gmail.com

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