Tengamos cuidado, el ego es como la sombra que al proyectarse desdibuja la vida cristiana. Y “buscar la propia gloria no es gloria”, sentencia la Palabra
“Alábete el extraño, y no tu propia boca; el ajeno, y no los labios tuyos” (Proverbios 27:2).
Un presuntuoso no es un fanfarrón. La diferencia está en que el segundo presume de lo que no es y el primero de sus logros o de lo que es. Pero, ¡cuánto anula el auto aplauso! La opacidad es tan grande que oscurece el día. Usualmente el presuntuoso muestra sus carencias al exhibir su ego. El Señor Jesucristo increpó a los cristianos laodicenses porque decían: “Soy rico, tengo todo lo que quiero, ¡no necesito nada!”, pero su condición era: “Y no te das cuenta que eres un infeliz y eres un miserable; eres pobre, ciego y estás desnudo”. Jeremías sentenció: “No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová…” (Jeremías 9:23-24). Y Pablo corrigió a los corintios al enseñarles que “no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba”. Estas verdades muestran que el antídoto-remedio contra la jactancia es conocer a Dios y obtener su aprobación.
Pero nuestro proverbio dice: “nunca te alabes a ti mismo, deja que otros lo hagan” (PDT). Este lado positivo muestra que hay que vivir de tal forma que haya algo que valga la pena que se alabe. Este es el quid del asunto. Debe haber logros, cambios, obras dignas de reconocimiento. De hecho, ser cristiano implica más hacer que no hacer: se debe llamar la atención sin ostentación.
Tengamos cuidado, el ego es como la sombra que al proyectarse desdibuja la vida cristiana. Y “buscar la propia gloria no es gloria”, sentencia la Palabra.




