Hay un sentir en Dios que nos permite comprender que Él no disfruta cuando castiga. Muy distinto a ese disfrute cargado de desprecio que se asemeja a la burla del escarnecedor
“Cuando cayere tu enemigo, no te regocijes, y cuando tropezare, no se alegre tu corazón; no sea que Jehová lo mire, y le desagrade, y aparte de sobre él su enojo” (Proverbios 24:17-18).
En los programas de competencias siempre enfocan al participante que muestra complacencia cuando critican negativamente a algún otro competidor. Es parte del espectáculo, del atractivo; a la gente le gusta lo que “saca roncha” diría un amigo. Alegrarse cuando cae el enemigo no es nada nuevo. Es lo normal, pero nuestro proverbio lo deja claro: no es lo que agrada a Dios.
Entre los ejemplos bíblicos está el caso de Job: uno de los alegatos en su defensa fue no alegrarse de la caída de quienes le aborrecían (Job 31:29). Por su parte David clamó a Dios pues sus enemigos se “alegraban de su adversidad” (Salmo 35:15), y Jehová censuró fuertemente a Edom por ese pecado: “Pues no debiste tú haber estado mirando en el día de tu hermano, en el día de su infortunio; no debiste haberte alegrado de los hijos de Judá en el día en que se perdieron, ni «debiste haberte jactado» en el día de la angustia” (Abdías 1:12).
Hay un sentir en Dios que nos permite comprender que Él no disfruta cuando castiga. Muy distinto a ese disfrute cargado de desprecio que se asemeja a la burla del escarnecedor. Alegrarse de la caída del enemigo no es igual a la venganza, pero ¡cuánto se parece! ¿Qué sentimiento alienta a quien se regodea del mal ajeno, aunque sea merecido? Piénselo por un momento. Pero Dios es santo y sigue amando aun cuando disciplina. La justicia nunca degrada y menos la de Dios.
Por tanto, cuando la calamidad golpee a quien te hace mal, cuida tu corazón y recuerda que Dios aún le ama. ¿Qué piensas de esto? ¿Hay algo que debamos cambiar o cultivar al respecto?


