La condición actual de las cosas no es nuestra norma. Dios es nuestra salida, nuestra fortaleza y nuestra seguridad
“Porque no reposará la vara de la impiedad sobre la heredad de los justos; no sea que extiendan los justos sus manos a la iniquidad” (Salmo 125:3).
¿Hemos notado como algunas personas ante una situación injusta, terminan comportándose mal? El razonamiento es simple: -si otros lo hacen, ¿por qué no puedo hacerlo yo? O como no hay justicia, entonces yo hago la mía.
Salmos 125:3 es una promesa que sólo se entiende a la luz de los versículos anteriores. Ellos nos hablan de la seguridad que tienen los que confían en Dios. Están firmes como un cerro y Dios es su protector tal como las montañas rodean y guardan a Jerusalén. Sin embargo, esa firmeza puede ser vencida por una situación de invariable injusticia. ¿Quiere Dios acaso que sus hijos cedan ante la presión del mal? A veces ante condiciones que nos parecen eternas, se nos cuela el oscuro pensamiento: Dios no se mete en esto. Pero, ¿es eso cierto?
La realidad en la que vivimos no es ajena a los designios divinos. Nada escapa de su control, aunque nos parezca lo contrario. Muchas veces hay que tomarla como la prueba que nos fortalecerá o la corrección que aquilatará la fe.
La promesa que encierra este versículo es que nuestro Padre no permitirá que la situación anómala y perversa continúe hasta el punto que sus hijos imiten el mismo comportamiento. Él le pondrá fin a la impiedad a su tiempo. Pero mientras llega ese cumplimiento, estemos firmes y no nos dejemos arrastrar por lo que nos parece que no tiene salida. La condición actual de las cosas no es nuestra norma. Dios es nuestra salida, nuestra fortaleza y nuestra seguridad.




