Unidad no es uniformidad. Eso es imposible. Los evangélicos siempre tendremos diferencias de tradiciones y hasta teológicas. Al igual que ayer, somos de Pablo, de Pedro, de Apolos… Lo importante es que todos seamos DE CRISTO
Creo que es fundamental que superemos la hipocresía social en la cual participamos los creyentes y en especial los líderes cuando abordamos el espinoso tema de la unidad de la iglesia. Nunca vamos a encontrar a un dirigente cristiano que manifieste no estar de acuerdo con la unidad. De hecho, todos hablamos bien de ella. La unidad ocupa un lugar capital en nuestro discurso.
¿Por qué, entonces ha sido imposible –al menos en Venezuela- lograr que las diferentes organizaciones evangélicas asuman la unidad como un verdadero mandato de Cristo y no como una simple opción adjetiva?
Si la Palabra de Dios tiene para nosotros el valor que le atribuimos, entonces es mandatorio aceptar que la unidad es una condición ideal de la iglesia por la cual oró el Maestro:
“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Juan 17:20-23).
No hay que profundizar en la exégesis del pasaje bíblico para entender que la falta de unidad del cuerpo de Cristo afecta sensiblemente a millones de personas sin Dios y sin esperanza. En sana interpretación es evidente que el Señor nos dice que nuestra falta de unión torpedea efectivamente el establecimiento de su Reino en la tierra. Eso es supremamente grave. ¿Por qué hemos podido permanecer tan indiferentes ante ese claro juicio del Hijo de Dios?
Por un asunto de orden, y para hablar un mismo idioma, es necesario aclarar qué es lo que debemos entender por unidad de la Iglesia Evangélica en Venezuela. La iglesia está formada por la multitud de almas redimidas que militan bajo la bandera de Cristo. Los distingos denominacionales y organizacionales no pueden ser más importantes que la condición de persona salvada. Es decir: Primero yo soy cristiano evangélico y después soy Presbiteriano, Pentecostal, Bautista, Menonita, Episcopal, etc. En este caso mi nombre es más importante que mi apellido. Las diferencias humanas que tanto nos dividen se derivan de accidentes históricos irrelevantes, algunos de ellos de muy poca monta, si los comparamos con el deber que tenemos de presentarnos unidos ante un mundo que necesita satisfacer su necesidad de Cristo antes de cualquier otra.
Unidad no es uniformidad de formas de cultos. Eso, sencillamente no es posible, además de que tampoco es necesario. Las formas de culto están tocadas y determinadas por los accidentes de la historia y la geografía. Si el Señor se agrada con todas las manifestaciones culturales presentes en la iglesia, ¿por qué nos peleamos nosotros?
Unidad no es un mundo de fantasías donde jamás hay disenso. Creer eso sería una utopía pueril. Unidad tampoco es la ausencia de conflictos. La Iglesia del Nuevo Testamento tuvo disidencias normales, pues era, y lo sigue siendo hoy, una organización formada por hombres imperfectos. Sin embargo, usted va a encontrar siempre la presencia de un espíritu conciliador. Eso es unidad.
El evangelista Lucas narra un incidente en este orden, donde se percibe ya en los comienzos de la predicación del Evangelio, una actitud divisionista y denominacional de los mismos discípulos originales: “Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es. Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (Marcos 9:38-41).
Las Organizaciones y Denominaciones son realidades. Están allí. Son diferentes porque los humanos somos diferentes en muchos sentidos, pero esencialmente somos hombres. Somos negros, blancos, amarillos, melancólicos, flemáticos, “espirituales”, de Pablo, de Pedro, de Cristo. Hay quienes son directos y punzantes como Pablo, o tolerantes como Bernabé. Todos estamos determinados por nuestro código genético y nuestra experiencia. Ya lo decía Ortega y Gasset: “El hombre es su yo más su circunstancia”. Sin embargo, toda esa variedad encierra a una sola especie: El hombre.
La base de la unidad de la iglesia es el respeto y la tolerancia hacia las posturas que no nos gustan de los demás, no porque sean pecaminosas, sino porque no forman parte de nuestra tradición. Unidad es dejar de mirar a los demás por encima del hombro, en el entendido de que no somos superiores. El gran apóstol Pablo le recuerda a los filipenses: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria, antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3).
Trabajamos por la unidad cuando somos proclives a reconocer a los otros, a ser comprensibles, amistosos, amables. “Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables, no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo…” (1ª Pedro 3:8).
Trabajamos en pro de la unidad cuando aceptamos que la iglesia es PRIMERO un organismo vivo y DESPUÉS una organización.
Unidad es aceptar las diferencias entre el fundamento bíblico que es eterno y lo cultural y tradicional, que es transitorio. El gran apóstol Pablo usó la figura del cuerpo humano, en donde cada miembro tiene diferentes funciones sin prescindir del otro. Eso es unidad. Una iglesia dividida es un triste espectáculo de contradicción.
El logro de la unidad pasa forzosamente por sacrificar lo secundario para fortalecer lo básico. Eso significa aceptar posturas colaterales dentro de lo esencial. En pro de la unidad debemos aceptar que nuestra iglesia no debe significar necesariamente el centro de atracción y reconocer, sin mezquindad que lo que otros están haciendo también es importante.
Ayudaremos a establecer la unidad de la iglesia cuando reconozcamos sin rodeos que hay otros que hacen las cosas mejor que nosotros, porque saben más, porque tienen más experiencia, por la razón que sea, y humildemente aprender de ellos.
Unidad es aceptar sin titubeos que hay cosas que debemos cambiar, que necesitamos un espíritu humilde que nos permita imitar sin rubor ni orgullo lo bueno de los otros. No siempre tenemos que ser originales. Si a Dios no le molesta nuestra variedad, ¿por qué nos molesta a nosotros?
Unidad es entender que, aunque como iglesia de Cristo nos movemos bajo principios divinos e inmutables, también es cierto que el mundo cambia y nosotros cambiamos con él. El Evangelio fue entregado al mundo por Jesús de Nazareth, un judío del siglo uno que hablaba, vestía y tenía costumbres domésticas muy distintas a las nuestras. ¿Lo rechazaremos porque no es igual a nosotros?; o ¿acaso tenemos que usar mantos, cabellos largos y sandalias para parecernos al Jesús del siglo uno?
No propaguemos noticias que dañen el testimonio de nuestros consiervos. No arrojemos la primera piedra. No tenemos ese derecho. La desgracia que produce una caída debe producirnos dolor y una revisión interior.
Somos la iglesia, no somos una iglesia. La gloriosa iglesia de Jesucristo tiene un enemigo formidable que sabe que un cuerpo dividido en sí mismo no permanece. Por ello la unidad requiere INVERSIÓN de un esfuerzo espiritual. El Señor nos llama a estar “solícitos en guardar la unidad en el vínculo de la paz” (Filipenses 4:3).
Renunciemos con humildad a esa postura recalcitrante que nos encierra indiferentes en las torres de marfil de nuestras organizaciones religiosas en donde hemos estado atrincherados para no contaminarnos con esos creyentes “inferiores” que nos avergüenzan porque son “fríos” o “intelectuales”.
Recuperemos el altar de oración íntima donde derramábamos nuestra alma al Señor para que la presencia inconfundible del Espíritu Santo produzca en nosotros un quebrantamiento tal, que conteste la oración que nuestro Salvador hizo hace más de dos milenios.
Debemos aprender a respetar nuestra historia: El Consejo Evangélico de Venezuela se fundó después de caída la dictadura perezjimenista del año 1958. Antes de esa fecha la Iglesia Evangélica venezolana no estaba organizada para ser reconocida por el Estado venezolano. Cuando eso ocurrió, ahí estábamos todos los evangélicos representados. Eso funcionó muy bien durante largos años. Con el tiempo comenzamos a inventar organizaciones que se “salieron” del Consejo para formar sus “propias” estructuras y debilitaron al Cuerpo de Cristo en el país. Eso fue un PECADO HISTÓRICO por el cual tenemos que arrepentirnos. Un pecado histórico ocurrió cuando Acán, el perturbador se robó algunas de las cosas que Dios prohibió tocar cuando la toma de Jericó. Dios no dijo que Acán había pecado. El Señor precisó muy claramente: “Israel ha pecado” (Josué 7:11). La nación entera fue castigada por el pecado de uno de sus hijos.
Unidad no es uniformidad. Eso es imposible. Los evangélicos siempre tendremos diferencias de tradiciones y hasta teológicas. Al igual que ayer, somos de Pablo, de Pedro, de Apolos… Lo importante es que todos seamos DE CRISTO. Si no lo hacemos, si no entendemos que para que el mundo crea tenemos que UNIRNOS, entonces estamos ayudando a las fuerzas de las tinieblas que conducen a las almas a su condenación eterna. Estaremos boicoteando la respuesta que Jesús está esperando que el Padre le responda, como lo narra Juan 17.
Continuará…
Rvdo. Néstor A. Blanco S.
Pastor, escritor y conferencista


