La verdadera bendición de Dios implica su verdadero señorío en nosotros
La oración no es nada más una herramienta para conseguir, sino un camino para entrar a la presencia de Dios y hacer su voluntad, lo cual nos transforma. “…Gozosos en la esperanza, sufridos en la tribulación; constantes en la oración” (Romanos 12:12).
Es, por lo menos, ingenuo pretender que el Señor nos va bendecir dándonos lo que le pedimos; pero al mismo tiempo haremos con nuestra vida lo que a nosotros nos parezca. No hay que olvidar que la oración es relación. Las relaciones se cultivan, se construyen, hay que dedicarles tiempo. En esto tenemos que sincerarnos. La verdadera bendición de Dios implica su verdadero señorío en nosotros.
Cuando el rey David se arrepintió de su pecado de adulterio, entendió que más allá del acto de oración de arrepentimiento, se requería una actitud del corazón que estaba por encima del acto formal de presentar sacrificios. El salmista entendía que para el Señor era más importante la intención de santidad constante de un corazón, que la manera religiosa, de expresar el pesar por un pecado.
Para Dios siempre es más importante lo que somos que lo que hacemos. “… Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:16-17).




