viernes, julio 31, 2026
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Dos hombres, dos misiones 

Juan el Bautista permaneció fiel a su llamado. Jehú, en cambio, comenzó obedeciendo, pero terminó mezclando la voluntad de Dios con su ambición política y su deseo de poder

Dios encomendó misiones importantes a dos hombres de épocas distintas. En el Antiguo Testamento llamó a Jehú para ejecutar juicio contra la casa del rey Acab. En el Nuevo Testamento levantó a Juan el Bautista para preparar el camino del Señor y anunciar la llegada de Jesucristo.
Ambos recibieron una misión divina, pero actuaron de manera diferente. Juan permaneció fiel a su llamado. Jehú, en cambio, comenzó obedeciendo, pero terminó mezclando la voluntad de Dios con su ambición política y su deseo de poder.

JUAN EL BAUTISTA: UN HOMBRE QUE CONOCÍA SU MISIÓN

Juan sabía para qué había sido enviado. No buscó reconocimiento ni trató de formar un movimiento alrededor de su persona. Su misión era llamar al pueblo al arrepentimiento, preparar el camino del Señor y presentar a Jesucristo.
Cuando vio a Jesús, declaró: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).
Juan entendía que él no era el centro del mensaje; el centro era Cristo. Por eso dijo: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (Juan 3:30).
No compitió con Jesús ni trató de conservar su protagonismo. Se reconoció simplemente como: «Voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor» (Juan 1:23).
Juan era la voz, pero Cristo era la Palabra. Era el mensajero, pero Cristo era el mensaje. Preparaba el camino, pero Cristo era el camino.
Su vida nos enseña que obedecer a Dios no consiste solamente en hacer algo para él, sino en hacerlo correctamente y dentro de los límites que Él ha establecido.

JEHÚ: UNA MISIÓN CONTAMINADA POR LA AMBICIÓN

Acab y Jezabel habían llevado a Israel a una profunda corrupción espiritual. Promovieron la idolatría, persiguieron a los profetas y derramaron sangre inocente.
Dios levantó a Jehú para ejecutar juicio contra la casa de Acab. Jehú comenzó cumpliendo la orden, pero su celo terminó mezclándose con el deseo de consolidar su poder.
También destruyó el culto a Baal, pero conservó los becerros de oro de Betel y Dan. Por eso la Escritura declara:
«Mas Jehú no cuidó de andar en la ley de Jehová Dios de Israel con todo su corazón» (2 Reyes 10:31).
Su celo era selectivo. Combatió la idolatría de sus enemigos, pero conservó aquello que favorecía sus propios intereses.
Dios no solamente examina nuestras acciones, sino también nuestras motivaciones, nuestros métodos y nuestros excesos.
Jehú cumplió parte de la misión, pero también se excedió y la utilizó para fortalecer su propio reino.

LA MISIÓN DEL MINISTRO Y SUS LÍMITES

La misión principal del ministro es anunciar fielmente el evangelio de Jesucristo, enseñar la Palabra, cuidar a la iglesia y orientar a los creyentes.
Sin embargo, su autoridad tiene límites. El ministro no ha sido llamado para ocupar el lugar de Cristo ni para realizar la obra que solamente el Espíritu Santo puede hacer en el corazón humano.
El propósito del ministerio no es lograr que las personas dependan del predicador, sino conducirlas hacia Cristo. No es formar seguidores personales, sino discípulos del Señor.
El pastor no es dueño de las ovejas; las ovejas pertenecen a Cristo. El maestro tampoco es dueño de la verdad; su responsabilidad es transmitirla con fidelidad.
El apóstol Pablo escribió: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios» (1ª Corintios 3:6).
El predicador anuncia el mensaje, el maestro explica las Escrituras y el pastor acompaña y orienta. Pero es Dios quien convence, transforma y produce el crecimiento.
La conversión verdadera no se consigue mediante manipulación, temor ni presión emocional. El ministro puede presentar a Cristo, pero no puede ocupar su lugar. Puede llamar al arrepentimiento, pero no puede fabricar una conversión.
Cuando el ministro se sale de los límites de su misión, puede confundir la autoridad espiritual con el dominio personal, la dirección pastoral con el control y el servicio con una plataforma de poder.
Debemos aprender de Juan el Bautista. La verdadera grandeza de un ministro no consiste en lograr que muchas personas lo sigan, sino en llevarlas a seguir a Jesucristo.
El ministro debe cumplir la misión que Dios le ha entregado, sin atribuirse funciones que pertenecen únicamente a Cristo y al Espíritu Santo.
Debemos ser como Juan el Bautista: mensajeros que presentan al Cordero de Dios y permiten que Cristo ocupe el centro.
El verdadero ministro puede decir con humildad:
«Mi misión es anunciar a Cristo, enseñar su Palabra y cuidar a su pueblo. La transformación del corazón le pertenece a Dios».

Argenis Salas
Pastor

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