Todo cristiano que, siendo fiel a Dios, esté pasando por momentos tristes y amargos debe tener certeza de que su situación es la necesaria antesala de la dulzura de su victoria en Cristo
“Los remedios amargos son los mejores”, decían los abuelos para estimular a los niños que tomaran los medicamentos que no tenían buen sabor. En el campo espiritual es normal que antes de todo ascenso o conquista haya una estación amarga en la cual muchos se desaniman y otros se regresan.
Horas antes de Jesús ser crucificado se reúne con sus discípulos y les manifiesta que no podrá seguir acompañándolos porque había llegado la hora de ser apresado, torturado y asesinado. Esta noticia fue “un balde de agua fría” para los discípulos quienes se llenaron de tristeza y frustración, a lo que Jesús le sale al paso diciéndoles: Les conviene que yo me vaya, porque de lo contrario el Espíritu Santo no vendría a ustedes.
Transcurrieron 50 días para que los discípulos recibieran al Espíritu Santo y conocieran su poder y gloria. Sus vidas fueron transformadas para siempre y pudieron terminar la misión evangelística con éxito. Todo cristiano que, siendo fiel a Dios, esté pasando por momentos tristes y amargos debe tener certeza de que su situación es la necesaria antesala de la dulzura de su victoria en Cristo.
Dios te bendiga.




