Debemos reconocer la importancia de que nuestra voluntad sea sometida a la opinión de Dios
“Hágase tu voluntad” es una de las frases más conocidas del Padrenuestro. Las Escrituras son cuidadosas al exhortarnos que el respeto a la voluntad divina es determinante para ser salvos: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). No nos referimos a la voluntad del Señor para el mundo, sino saber a cuál es su voluntad en los asuntos puntuales y particulares de nuestra vida.
Una cosa es pedir que se realice su deseo en la humanidad y otra es estar dispuestos a que Dios intervenga como quiera en nuestros asuntos personales. Hay quienes piensan ingenuamente que pueden ordenarle al Señor que satisfaga sus ansias.
Es verdad que como seres libres tenemos un rango de acción para determinar unilateralmente qué haremos. No obstante, sería deshonesto negar que hay circunstancias en las cuales necesitamos ayuda superior para decidir qué rumbo tomar. “…Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26). Debemos reconocer la importancia de que nuestra voluntad sea sometida a la opinión de Dios. La suya es, en el lenguaje de Pablo, “agradable y perfecta” (Romanos 12:2). Por eso, en algunas ocasiones, obedecer al Señor puede significar hacer algo que no queremos y hasta nadar en contra de la corriente de este mundo.




