Si algo podemos aprender de su vida es que Jesús nunca permitió que el portentoso resultado de su ministerio lo sacara de la vida de oración
El Señor Jesús se comportó como un ser humano normal con la única excepción de que jamás pecó. Ahora bien, el ministerio de Cristo fue supremamente exitoso. No hay otro personaje bíblico que se pueda comparar con Él. Predicaba, enseñaba y sanaba. Algunos pasajes del evangelista Marcos nos entregan pinceladas de Jesús en plena faena diaria:
- “…Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun podían comer pan”.
- “…Había sanado a muchos; de manera que por tocarle, cuantos tenían plagas caían sobre él”.
- “…Eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer”.
Lo interesante es que a pesar de este colosal éxito, Jesús mantenía una impresionante vida de oración. Sigamos de nuevo a Marcos: “…Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba”.
Lo que nos queda claro es que para Él la oración siempre fue una prioridad. Si algo podemos aprender de su vida es que Jesús nunca permitió que el portentoso resultado de su ministerio lo sacara de la vida de oración. Hoy, las crisis y los fracasos en las vidas de los creyentes se explican por la indiferencia con la que tratamos a la oración. Apenas eso que llaman “éxito” asoma nuestra vida, lo primero que archivamos es la devoción porque estamos ocupados en “cosas del ministerio”. ¡Cuidado, Jesús jamás cometió ese craso error!


