Junto con la modificación corporal extrema para adoptar rasgos de bestias, no es una simple moda estética. Es el reflejo de un espejo roto
Camine por cualquier metrópoli moderna y es posible que se cruce con una imagen que desafía milenios de antropología: un joven que no sólo viste pelaje o garras, sino que afirma con convicción que su esencia interna es la de un lobo, un felino u otro animal. Este fenómeno, es conocido como identidad Therian1, junto con la modificación corporal extrema para adoptar rasgos de bestias, no es una simple moda estética. Es el reflejo de un espejo roto.
Nos enfrentamos a una crisis de identidad ontológica donde el ser humano, en su búsqueda de autenticidad, ha iniciado un tránsito inquietante de la Imago Dei (imagen de Dios)2 hacia una Imago Animalis (imagen animal).
¿Qué sucede en el alma de una cultura cuando el diseño original deja de ser un regalo para convertirse en un error que debe corregirse?
De Imago Dei a Imago Animalis
La teología agustiniana nos recuerda que el hombre no es un accidente biológico, sino una criatura situada en la cúspide de la creación. Sin embargo, el deseo de asimilarse a un animal representa una distorsión ontológica profunda. Al intentar transformarse en una Imago Animalis, el individuo experimenta lo que los teólogos de la antigüedad describen como un “olvido de sí mismo”, un desprecio por su rango superior para sumergirse en la “desemejanza”3.
Lo más impactante de este desplazamiento no es la técnica quirúrgica o el accesorio, sino la premisa teológica implícita: la convicción de que el Creador se equivocó al otorgarnos nuestra forma humana. Es un intento de enmendar la obra de la divinidad, sustituyendo la esencia dada por una construcción subjetiva y relativa que nos deshumaniza en el proceso.
El hombre es el gran milagro de Dios, creado a su imagen y semejanza, lo que le otorga una dignidad intrínseca superior a cualquier otra criatura.
El peligro de imitar lo inferior
San Agustín advertía que el ser humano, dotado de libertad y razón, define su ser según el modelo que decide imitar4. Existe una ironía trágica en la licantropía moderna o la identidad Therian: el individuo utiliza su libertad humana —ese atributo supremo que nos distingue del resto del orden natural— para elegir una identidad que, por definición, carece de libertad.
Al decidir imitar a un gato, un perro o un caballo, el hombre no asciende hacia una nueva libertad; por el contrario, sufre una perversión de su dignidad, abandonando el entendimiento y la racionalidad para descender voluntariamente al nivel de la bestia, que actúa sin conciencia de su propio ser.
La nueva idolatría del cuerpo o la nueva Zoolatría de la identidad
Esta mutación de la identidad nos revela una transición en la naturaleza del culto. Si en la antigüedad la idolatría consistía en adorar imágenes externas de madera o piedra, hoy asistimos a una zoolatría de vanguardia manifestada en la propia carne. Las modificaciones corporales extremas son la liturgia de este nuevo culto a las criaturas. El cuerpo ya no es visto como un reflejo de lo divino, sino que se convierte en el objeto mismo de adoración, donde la forma animal es el ideal sagrado y la anatomía humana es el sacrificio en el altar de la voluntad personal.
Instinto vs. responsabilidad moral
Esta deriva hacia lo animal tiene consecuencias inmediatas en nuestra brújula ética. El ser humano es el único ser llamado a justificar sus actos5 ante Dios mediante el uso de la razón; el animal, en cambio, está eximido de juicio porque actúa movido por el instinto.
El subjetivismo posmoderno ha abierto una brecha donde se pretende que la verdad subjetiva invalide el dato objetivo de la anatomía. Al identificarse como animal, el individuo busca —consciente o inconscientemente— liberarse de las normas morales objetivas y universales que el Creador inscribió en la naturaleza humana. Si soy un animal, mi única ley es el deseo y el instinto, eludiendo así la pesada, pero gloriosa carga de la responsabilidad moral racional.
Administradores, no dueños
Bajo la óptica de las identidades líquidas6, el cuerpo se percibe como una propiedad privada, una plastilina que podemos moldear según el capricho del momento. No obstante, la teología nos invita a recuperar la noción del cuerpo como templo y morada del Espíritu Santo7. No somos dueños absolutos, sino administradores de un diseño teológico que nos ha sido confiado. El costo espiritual de ver nuestra forma física como una construcción social es la pérdida de la paz que proviene de aceptar un orden creado. La tensión entre nuestra voluntad y el diseño original sólo se resuelve cuando entendemos que la administración de nuestra humanidad es un acto de fidelidad, no una limitación a nuestra autonomía.
La restauración a través de la compasión pastoral
A pesar de la firmeza del análisis ontológico, la respuesta de la fe no puede ser la satanización.
Al sumergirnos en la realidad pastoral del enigma Therian, descubrimos con frecuencia una crisis de vínculos. Muchos de estos jóvenes buscan en la identidad animal un refugio ante heridas profundas, falta de pertenencia o un vacío desolador en el seno del hogar. La identidad animal es, en realidad, un grito de auxilio, un escondite contra el dolor de no saber quiénes son.
“La imagen herida o deformada por el pecado sólo puede ser restaurada en Cristo, quien es la expresión exacta de la naturaleza de Dios”.8
La misión no es juzgar la máscara, sino sanar el rostro que está debajo. La restauración sólo ocurre cuando la persona comprende que no necesita los rasgos de una criatura inferior para ser amada; su dignidad ya es infinita por el simple hecho de existir bajo la mirada de Dios.
Conclusión
El fenómeno de la licantropía moderna o identidad Therian nos sitúa ante una paradoja existencial: en el intento de encontrar una libertad absoluta mediante la renuncia a nuestra especie, terminamos encadenados a una versión inferior de nosotros mismos. Hemos olvidado que la verdadera grandeza no reside en nuestra capacidad de cambiar nuestra forma externa para satisfacer un deseo subjetivo, sino en la valiente aceptación de nuestra esencia original.
Al final, la pregunta que queda en el aire es: ¿Reside la libertad en la capacidad de transformarnos en cualquier cosa, o en la humildad de reconocernos como el gran milagro que ya somos? Tal vez el camino de regreso a la cordura y a la paz no se encuentre en los bosques de la identidad animal, sino en el reencuentro con nuestra condición de hijos de Dios, la única identidad que ninguna cirugía ni instinto podrá jamás reemplazar.
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1.- La identidad Therian (o teriantropía moderna) es un fenómeno de identidad en el que una persona siente, de manera profunda y persistente, que su esencia, mente o espíritu no es humana, sino la de un animal específico (teriotipo).
2.- Agustín de Hipona.
3.- San Agustín (Confesiones, Libro VII): Agustín describe su estado alejado de Dios como encontrarse en una región de desemejanza. Al alejarse del Imago Dei (la imagen de Dios), el hombre no se vuelve nada, pero se vuelve desemejante a su creador, perdiendo su rango superior y hundiéndose en lo material y lo instintivo.
4.- Tesis Licenciatura. Dr. Luis Blanco. Un acercamiento al pensamiento Agustiniano. UCSAR 2019.
5.- Si, como dice Zubiri, el hombre es el único ser que debe hacerse a sí mismo justificando cada uno de sus actos, la Zoolatría moderna representa el deseo último de abdicación: el individuo ya no quiere justificar sus actos ante la divinidad ni ante la razón; prefiere sumergirse en la ‘desemejanza’ de la bestia para ser, finalmente, solo estímulo y no realidad.
6.- Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, principalmente en su obra: Modernidad líquida (2000). Identidad (2004).
7.- ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios (1ª Corintios 6:19-20).
8.- “Él [el Hijo], que es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su naturaleza, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder…” (Hebreos 1:3).
Dr. Luis Blanco
Teólogo, fundador y presidente
de la Asociación Teológica de Venezuela




