Hebreos 10:39, “Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma”.
Muchas son las veces que ha llegado el pensamiento y el deseo de retroceder, regresarnos o tirar la toalla. De decir ya basta, hasta aquí llego yo.
Déjeme decirle, muchas veces ha cruzado ese pensamiento por nuestra mente.
La Biblia habla de la historia de tres jóvenes hebreos: Sadrac, Mesac y Abed-Nego que con su posición y actitud de no doblar sus rodillas delante de la imagen creada del rey Nabucodonosor estaban diciéndole que no iban a retroceder ni una pisca. En su fe al DIOS vivo de Israel que ellos adoraban.
Y de verdad que no retrocedieron. Porque fueron lanzados al horno de fuego; pero de allí los libró DIOS (Daniel 3:26;27).
Igualmente va a suceder contigo, si no retrocedes.
Cuenta el Sr. Arthur Jackson en el siguiente testimonio que: “Jaime no dejó que la agitación social, el peligro y la incomodidad le impidieran viajar a uno de los países más pobres del mundo, para alentar a misioneros. La sucesión constante de mensajes de texto revelaba los desafíos que enfrentaba: «Muchachos, activen la cadena de oración. Sólo avanzamos 15 kilómetros en dos horas… el auto se sobrecalienta». Los inconvenientes hicieron que llegara justo antes de la medianoche para predicar a quienes habían esperado cinco horas. Luego, recibimos un mensaje con un tono diferente: «Asombroso, unas doce personas pasaron al frente para orar y aceptar a Jesús en sus corazones. ¡Fue una noche poderosa!»”.
En la vida real vamos a encontrar muchos obstáculos que nos detengas o priven el libre andar. Pero que ninguno nos haga retroceder.
En el versículo que leímos al comienzo nos dice que: nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.
Así que mantente mirando al blanco que es Jesús y caminando en pos de Él.
Servir fervientemente a Dios puede ser desafiante. Los héroes de la fe enumerados en Hebreos 11 coincidirían. Impulsados por su fe en Dios, estas personas comunes y corrientes enfrentaron circunstancias inimaginables: «vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles» (v. 36). Su fe los llevó a arriesgarse y dejar el resultado en manos de Dios. Lo mismo sucede con nosotros. Practicar nuestra fe tal vez no nos lleve a lugares lejanos y riesgosos, sino a la casa de enfrente, al otro lado del campus universitario o a un asiento vacío en un lugar para almorzar. ¿Riesgoso? Probablemente. Pero las recompensas, ahora o después, harán que valga la pena.
Oremos así
“Padre Amado, dame valor para confiar en ti y arriesgarme”.
Que tengas un lindo y bendecido día.




