Si nuestra oración se reduce sólo a una “actividad” en la cual venimos a pedirle “algo” a Dios, tenemos que concluir dolorosamente, que no hemos entendido lo que es orar
La oración es algo más que hacer peticiones al Reino de los Cielos. Un creyente serio y maduro debe entender el verdadero sentido de la oración. Jesús fue muy preciso cuando lo enseñó: Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá (Lucas 11:9).
Hemos desestimado el buscar y el llamar, y hemos potenciado el pedir porque es más fácil recibir que darse. Si nuestra oración se reduce sólo a una “actividad” en la cual venimos a pedirle “algo” a Dios, tenemos que concluir dolorosamente, que no hemos entendido lo que es orar.
Hay un mundo espiritual entre Dios y nosotros que usualmente desconocemos y por eso reducimos la oración a una ecuación demasiado simple. En este sentido, debemos entender a la oración como un encuentro de dos voluntades que con alguna frecuencia se oponen. Si aceptamos el señorío de Dios sobre nosotros, seamos lo suficientemente humildes para entender que a veces nos equivocamos, porque la verdad es que Él no se puede equivocar porque es perfecto, mientras que nosotros somos, por naturaleza, imperfectos.
La manera de evitar estos conflictos es asegurándonos que nuestra petición sea acorde con Dios, o anteponiéndole un sí condicional, que fue justamente lo que hizo Jesús en el jardín del Getsemaní. “…si es posible, pasa de mí esta copa…”. No lo olvides: Dios no nos concede siempre lo que pedimos, sino lo que necesitamos.




