En medio del Litoral Central y bajo la sombra imponente del cerro El Ávila, la tierra de Vargas ha temblado con fuerza. Edificios de varios pisos en ciudades como La Guaira y Catia La Mar, que antes se erigían firmes, ahora se muestran colapsados, inclinados y fracturados, dejando al descubierto la fragilidad humana ante el desastre. El polvo aún se respira en el aire, pero entre los escombros de adobe y concreto de una de las zonas con mayor historia sísmica de Venezuela, no prevalece el abandono, sino una respuesta masiva y coordinada de amor al prójimo. Esta imagen captura apenas el inicio de una labor que, lo sabemos, será a largo plazo.
“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida…” —Salmo 46:1-2.
MANOS QUE UNEN ESFUERZOS (VARGAS RESILIENTE)
En el centro de la catástrofe, la ayuda no distingue uniformes ni procedencias. Socorristas de la defensa civil, bomberos y miembros de Protección Civil, vistiendo trajes de rescate de un naranja brillante y cascos de seguridad, trabajan codo a codo en las estructuras colapsadas. Junto a ellos, un perro de rescate especializado rastrea minuciosamente entre las grietas, prestando su olfato para encontrar hálitos de vida donde el ojo humano no llega. Esta dedicación debe mantenerse, pues la reconstrucción será larga y requerirá de la misma fuerza que hoy nos une.
A pocos metros, la sociedad civil de Vargas demuestra que la unión hace la fuerza: hombres de la comunidad, con camisas sencillas y jeans, se agachan para remover los ladrillos pesados uno a uno, utilizando palas y sus propias manos para limpiar el camino.
“Mejor son dos que uno… Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” —Eclesiastés 4:9-10.
SANANDO LAS HERIDAS (UNA MISIÓN SOSTENIDA)
A la derecha de la escena, la esperanza médica se hace presente bajo una carpa azul improvisada. Médicos, enfermeras y personal de la Cruz Roja, vestidos con batas blancas y uniformes de color azul y verde, atienden con premura a los afectados. En el suelo, un anciano herido en una camilla recibe atención médica inmediata, reflejando el cuidado tierno hacia los más vulnerables en el momento de mayor dolor. La atención a estas víctimas no termina hoy; el seguimiento y la rehabilitación son parte del largo camino hacia la recuperación total del estado.
“El cual consuela todos nuestros dolores, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier angustia…” —2ª Corintios 1:4.
EL SUSTENTO QUE VIENE DE LO ALTO
Al fondo a la izquierda, junto a los camiones de bomberos, se destaca un gran camión blanco de ayuda humanitaria. En su lateral se lee claramente el nombre “MANÁ CELESTIAL” acompañado por la ilustración de un pan. Sus puertas traseras están abiertas, listas para distribuir provisiones y recordar a los presentes que, incluso en la prueba más dura, el sustento y la provisión no faltarán. Esta imagen es un recordatorio de que Vargas no está sola, y que debemos prepararnos para seguir brindando este apoyo durante meses y años.
“Y os daré pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día…” —Éxodo 16:4.
Ánimo, Vargas: Esta imagen es un testimonio visual de resiliencia y fraternidad, un recordatorio de que cuando la tierra tiembla, los lazos humanos y la fe se vuelven aún más firmes. Sigamos adelante, uniendo manos hoy, y perseverando mañana, hasta que cada hogar sea reconstruido y cada corazón sanado.
Carlos Vielma
Pastor




