Condúcenos, pues, Señor, a nuestro descanso de todas esas duras jornadas pasadas. Sumérgenos en la experiencia de ver la inusual victoria del ceniciento remanente venezolano
Venezolanos, venezolanas, los días pasan y la esperanza de ver más de los nuestros salir va quedando sepultada bajo tantos escombros. Tanto cemento, tantas cabillas y gruesas losas erigen un nuevo gigante que nos grita su invencibilidad. Cada vez se nos hace más difícil vencerlo y lloramos nuestra impotencia. Estas lágrimas no quieren parar, pero necesitan un norte. No se puede llorar a la deriva. Todo llanto tiene un propósito y el nuestro no es la excepción. Con este profundo dolor en el pecho, juntos, tú y yo alzamos al cielo nuestras manos y con nuestros ojos inundados buscamos ese norte. Clamamos con el atribulado salmista: «Alzaré mis ojos a los montes. ¿De dónde vendrá mi socorro?» (Salmo 121:1).
Si hay algo que hemos aprendido en nuestra historia patria es que de socorro hemos tenido muchas ofertas. Ahora mismo de quienes esperábamos el oportuno socorro, los que debían ser nuestros primeros socorristas para rescatar los nuestros y minimizar la pérdida de nuestros deudos ¡Nos fallaron! Terriblemente nos frustraron nuestras esperanzas. ¿De dónde vendrá mi socorro para transformar este duelo en resignación? ¿Cómo suelto este sentimiento de impotencia tan doloroso? Se fueron sus cuerpos, pero tengo aquí asidas sus almas. ¡Como las hubiera querido sostener en medio de esta tragedia! ¡No quiero soltarlas! ¿Podrán los médicos curarme este dolor que carcome mi corazón separado abruptamente de los míos? ¿Habrá ese tipo de socorro? Y si lo hay ¿dónde lo consigo?
¡Más arriba, Venezuela! No es a la altura de los montes, sino del que los creó. Vuelve el salmista ya liberado de su angustia a prestarnos sus palabras para decir junto con él: «Mi socorro viene de Jehová que hizo los cielos y la tierra […incluyendo los montes…]». Entonces, apuntemos al cielo, al empíreo de nuestro himno. Miremos allí donde han mirado la mayoría de nuestros rescatados. El santo trono donde habita nuestro Supremo Autor. Roguémosle allí, otra vez… ¡Señor, infúndenos tu sublime aliento! Te necesitamos. Nuestras familias necesitan nuevas fuerzas para sobrellevar tanto dolor, tanta pérdida. Te necesitamos, Señor. Mira nuestras madres y nuestros padres necesitando consuelo para asimilar su nido vacío, esas sillas sin los comensales amados y la desaparición de su nido.
¡Infúndenos tu sublime aliento, Señor! Lo necesitan nuestros rescatistas, nuestros voluntarios, nuestros aliados que han venido a auxiliarnos en tu nombre, nuestros médicos y veterinarios, nuestros choferes y motorizados. ¡Lo necesitamos todos! Son humanos y se cansan, están exhaustos, sostenidos solo por la ilusión de la vida, el anhelo de rescatar a otro y a otro y a otro. ¡Infúndenos tu sublime aliento, Señor! Lo necesitamos porque los que no hemos sido tocados directamente por esta tragedia languidecemos por ellos, porque no son ellos solos, somos todos uno solo. Somos un uno dolido, derribado, extenuado, terriblemente dolidos e impotentes.
Señor, ¿dejarás que se nos vaya la vida con los nuestros? ¿Nos dejarás derribados como nuestros edificios y nuestras casas caídas? No, yo sé que no, Creador Supremo de nuestra tierra. Tú… Tú le dijiste a ese malvado que no, que no nos entregarías, ¡Señooooooorrr! No nos entregues, Señor de la vida. Después de lo que te he visto hacer creo. Yo sí creo, Señor. Tú no nos has entregado en las manos del malvado de los malvados y no nos entregarás. ―¡Él no nos deja, Venezuela!― Tú dijiste que nos darías la victoria, Señor. No puede haber victoria si no hay una gran batalla. ¿Qué otra batalla puede ser más grande que esta? Levántanos triunfantes, Dios de las victorias.
Tú eres el Supremo Autor con corazón de pastor. No nos faltes. Falsos supremos, ladrones y salteadores nos prometieron pastos paradisíacos, pero lo que hicieron fue traernos a estos lúgubres rastrojos y a estas aguas violentas. ¿Nos llevarás Tú a los “lugares de delicados pastos”? Los falsos supremos prometieron confortarnos al nivel de pueblo empoderado, pero la única fuerza que nos han forjado es la de querer tus campos verdosos y suculentos. Nos prometieron justicia verdadera y lo único que nos dejaron fue colusión, cohecho y torcimiento del derecho. ¿Restaurarás tú el camino recto que tanto anhelamos? ¿Nos guiarás Tú, sí, por las “sendas de justicia” que reflejen tu amor?
Supremo Autor, Supremo Pastor amado, no nos dejes solos en esta travesía intimidante por este “valle de sombra de mal y muerte”. Infúndenos aliento con tu presencia armado con tus armas para protegernos. Desenfúndalas que contigo protegiéndonos sentimos el aliento de la seguridad en nuestro caminar como ovejas heridas, a través de este camino oscuro. Tu presencia es la lámpara que nos ilumina.
Supremo pastor, no nos dejes con estas feas mesas golpeadas, con sus patas partidas, su superficie arañada, inservible por todos los escombros que le cayeron encima. Salvaron a muchos, pero no nos sirven para este encuentro contigo. Esas no sirven para colocar la redoma de aceite y poner la copa de la bendición. Tráenos una mesa decente, digna de tu reino majestuoso. Una de calidad y duración como la de caoba que aquí tenemos de la mejor en los llanos de Barinas y Portuguesa.
Ven Señor y adereza, adorna, pon tu mesa. Vístela usando como manteles tu abrigo y la sombra del Salmo 91. Te ruego que nos cubras con la seguridad que nos dan y derrama sobre nuestras cabezas el refrescante aceite de la restauración. Te imploro que dispongas la copa de tu voluntad y la llenes. Derrama tu vino distinto, ya no de juicio, sino el que multiplicaste en las bodas de Caná, el que nos dé la señal de tu gracia, que nos haga rebosar de alegría. Te lo ruego, siéntanos, Señor, en tu mesa. Pinta con nosotros, en medio de estas tinieblas, mejor que la de Da Vinci, una nueva cena. Anula, así, con esta escena refulgente los oscuros aguijones mortíferos, la opaca bulla estruendosa y las tenebrosas intimidaciones de los angustiadores que nos rodean.
Señor, píntanos esa cena, pero no como la última, sino la primera de todas las que se vendrán al final de cada jornada. Sí, las que viviremos intensamente en este proceso transicional hacia la construcción de esa Nueva Venezuela deseada. Una donde disfrutemos bajo la atención de tu presencia. Esa verdadera tierra de gracia donde a la luz de las velas de esa mesa nueva saquemos los recuerdos, memorias e historias hasta caer en cuenta y comprender que las palabras del salmista también se cumplen en nosotros. Y exclamaremos «Ciertamente el bien y la misericordia» tuya nos han seguido todos los días pasados, incluyendo estos últimos tan dolorosos, y nos seguirán siguiendo todos los días en este tiempo, en el que viene y en la eternidad. ¡Amén!
Condúcenos, pues, Señor, a nuestro descanso de todas esas duras jornadas pasadas. Sumérgenos en la experiencia de ver la inusual victoria del ceniciento remanente venezolano. Tú nos lo prometiste y lo cumplirás. Tú tienes un «pequeño remanente en Venezuela» y es con este que Tú nos estás llevando hacia la victoria, pero necesitamos de nuevo tu sublime aliento. Que al inhalarlo haga vibrar en nuestros pulmones tu vida y tu fuerza. Oxigena nuestra sangre, nuestras células. Elimina las toxinas del odio, la dependencia y la mediocridad de nuestro sistema. ¡Renácenos, Señor, de entre estas ruinas! Haznos salir con una nueva alma nacional que huela a primavera en nuestro litoral y en nuestras costas, en nuestras sabanas y montañas, en nuestras selvas y desiertos, en nuestros jardines y ríos.
Venezuela, mientras caminamos hacia ese dichoso día donde nuestra tristeza sea convertida en felicidad, lloremos juntos. Caminemos un rato. Trotemos otro. Descansemos cuando se requiera, pero avancemos hacia donde nuestro Supremo Pastor nos conduzca hasta que el «Llorad con los que lloran» dé paso al «Gozaos con los que se gozan». Mientras, lloremos juntos, pero mirando al Socorrista mayor, porque de Él es que viene el oportuno socorro y los socorristas que lo hagan realidad.
Giovani Pelayo
Pastor, teólogo y maestro




