Como Iglesia de Jesucristo, lloramos con los que lloran. Oramos por quienes perdieron seres queridos. Pero también creemos que, aun en medio de la tragedia, Dios continúa hablando al corazón de la humanidad
Los devastadores terremotos ocurridos el pasado 24 de junio de 2026 dejaron una profunda herida en Venezuela. Miles de personas perdieron la vida y numerosas familias quedaron sepultadas bajo los escombros de sus propias viviendas, en una de las tragedias más dolorosas de la historia reciente del país.
Durante las primeras horas de las labores de rescate, muchos rescatistas y organismos humanitarios expresaban la misma pregunta: ¿Por qué había tantas familias en sus casas ese día?
El 24 de junio era un día feriado nacional. En circunstancias normales, muchas personas habrían estado disfrutando de las playas, plazas, centros comerciales o visitando a familiares y amigos. Sin embargo, los testimonios recogidos entre sobrevivientes y personas rescatadas han mostrado un patrón que se repite con frecuencia.
Según numerosos relatos, muchas familias se encontraban reunidas en sus hogares viendo el partido del Mundial entre Brasil y Escocia, que había comenzado apenas unos minutos antes del primer gran terremoto.
Es importante aclarar que esta tragedia no fue causada por el fútbol ni por el Mundial. El deporte une familias, despierta emociones y forma parte de la vida de millones de personas alrededor del mundo. Lo ocurrido fue una dolorosa coincidencia que cambió la historia de miles de hogares en cuestión de segundos.
Sin embargo, este acontecimiento sí nos obliga a detenernos y reflexionar sobre una realidad que muchas veces preferimos ignorar: la vida es frágil.
La Palabra de Dios nos recuerda: “¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece” (Santiago 4:14).
Aquella tarde, muchas personas hacían planes para el día siguiente. Otras celebraban con sus familias. Algunas reían, otras compartían una comida mientras seguían el partido. Nadie imaginaba que, minutos después, la eternidad tocaría la puerta de miles de hogares.
Como Iglesia de Jesucristo, lloramos con los que lloran. Oramos por quienes perdieron seres queridos. Agradecemos profundamente el trabajo heroico de rescatistas, voluntarios, iglesias y organizaciones humanitarias que han servido con amor y sacrificio en medio del dolor.
Pero también creemos que, aun en medio de la tragedia, Dios continúa hablando al corazón de la humanidad.
No porque Él disfrute del sufrimiento humano, sino porque su amor sigue llamando a hombres y mujeres al arrepentimiento, a la reconciliación con Él y a la esperanza eterna que solo se encuentra en Jesucristo.
La mayor pregunta que esta tragedia nos deja no es dónde estaremos mañana, sino dónde estaremos por la eternidad.
Muchos de quienes partieron conocían a Cristo como su Señor y Salvador y hoy descansan en la esperanza gloriosa de la resurrección. Pero esta tragedia también nos lleva a preguntarnos con amor y solemnidad: ¿Cuántos aún no habían rendido su vida a Jesucristo? ¿Cuántos seguían posponiendo la decisión más importante de su existencia?
La salvación no consiste en pertenecer a una religión ni en acumular buenas obras. La salvación es un regalo de la gracia de Dios, recibido por medio de la fe en Jesucristo, quien murió por nuestros pecados, resucitó al tercer día y ofrece perdón, una nueva vida y la esperanza de la vida eterna a todo aquel que cree en Él.
Hoy sigue siendo el día oportuno para volver nuestro corazón a Cristo.
Nadie conoce el día ni la hora en que partirá de esta tierra. Pero todos podemos tener la certeza de la vida eterna si ponemos nuestra confianza en Jesús y hacemos de Él el Señor de nuestras vidas.
Mi oración es que el Espíritu Santo fortalezca a cada familia afectada, consuele a quienes lloran, sostenga a los rescatistas y voluntarios, y que la Iglesia de Cristo continúe siendo un instrumento de misericordia, esperanza y servicio en medio del sufrimiento.
También oro para que esta tragedia despierte un profundo avivamiento espiritual en Venezuela y en todas las naciones, llevando a miles de personas a encontrar en Jesucristo la única esperanza firme para esta vida y para la eternidad.
Porque Él mismo declaró: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).
Manuel M. Noriega
Pastor Senior
Iglesia Cristiana Global, Florida. EE.UU.




