La afirmación de este proverbio es un insulto a la comunión que debemos tener en Cristo, es mantener una conducta que contradice el poder del evangelio para cambiar vidas
“Más se cierra el hermano ofendido que una ciudad amurallada. Los pleitos separan como las rejas de un palacio” (Proverbios 18:19).
Nuestro proverbio describe una verdad que nos involucra a todos. No es un principio, sólo descubre cuán difíciles nos ponemos cuando nos ofende un amigo. De tales amistades sólo sobreviven los pleitos que fungen como portones de palacio dejando afuera toda posibilidad de paz. ¿Está preso el cristiano en este esquema?
Este proverbio se parece a Eclesiastés cuando describe el comportamiento del hombre “debajo del sol”. He escuchado enseñanzas en este interesantísimo libro que no distinguen esta actitud de aquella que espera Dios de los que vivimos con las reglas de por encima del sol. ¿No contrasta la Palabra estos dos comportamientos? ¿Debe un creyente aceptar que sólo un error echa por tierra todos los logros de una persona en la vida? ¿Es justo? ¿O es verdad, citando a Jeremías, que para el hijo de Dios el corazón continúa siendo “engañoso y perverso” como se sigue diciendo? Es igual con nuestro proverbio.
Hay dos formas de resolver este dilema: lo evitas o lo enfrentas. Pensemos: si este proverbio describe el común comportamiento del mundo, ¿no es nuestro deber romper con ese esquema? La afirmación de este proverbio es un insulto a la comunión que debemos tener en Cristo, es mantener una conducta que contradice el poder del evangelio para cambiar vidas.
Nuestro proverbio plantea una realidad que debemos enfrentar con determinación. Comencemos reconociéndola. Muchos somos como “cerrojos de alcázar” con un familiar, amigo o hermano. Aceptemos que esta no puede ser una norma para nuestras relaciones. ¿Cuántos cabos sueltos hemos dejado en el camino al convertirnos en “ciudades amuralladas”? Comencemos a atar esos cabos sueltos, es tiempo de cambiar. ¿Lo crees?




