Es un grave error llamar “cultura” a una mezcla o sincretismo de creencias místicas y religiosas, y declararlas como patrimonio cultural nacional, ya que Dios y la Constitución lo prohíben
De entrada, queremos aclarar que este artículo no tiene intención política alguna, aunque toque asuntos de política de Estado; está hecho con la única intención de dar a conocer lo que las Sagradas Escrituras y nuestra Carta Magna dicen acerca de la reciente declaración del «Baile de la candela» como «Patrimonio cultural de Venezuela».
Venezuela es una nación que mayoritariamente cree en el Dios Todopoderoso manifestado en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; de quien la Biblia nos da a conocer ampliamente su voluntad para con el hombre; aunque nuestro país ha sido declarado «secular o seglar», un reducido grupo de personas practicantes de una religión ancestral vienen propugnando que sus prácticas religiosas (las cuales ocultan tras la palabra «cultura») sean reconocidas pública y oficialmente (casi por imposición), lo cual viola no sólo la voluntad de la mayoría de la población, sino de la misma Constitución.
Es así como en la víspera del pasado 12 de octubre, fecha en que las religiones ancestrales practican sus mayores rituales en honor a sus deidades, el Ministro de Cultura, Ernesto Villegas, en un acto en Quibayo, estado Yaracuy, declaró el baile de la candela realizado en honor a la deidad María Lionza como «Patrimonio cultural de Venezuela».
Aclaremos un poco el significado de este baile, según los mismos practicantes han declarado que significa:
«En víspera de cada 12 de octubre, cientos de devotos de María Lionza se reúnen en la montaña de Sorte, en Yaracuy, para rendir homenaje a la reina y madre de la naturaleza a través del Baile en Candela, un ritual que combina creencias indígenas, africanas y españolas.
En la ejecución del baile participan médiums procedentes de todo el país que caminan sobre brasas ardientes, un acto de fe y devoción que busca la purificación espiritual y el contacto directo con la diosa. Lo hacen luego de transportarse a un elevado estado espiritual y, en ocasiones, recibir a espíritus que, supuestamente, ocupan transitoriamente sus cuerpos. La danza se ejecuta en la madrugada del 12 de octubre.
La festividad de María Lionza tiene raíces profundas que se remontan a la época prehispánica. A lo largo de los años, ha evolucionado incorporando elementos de diferentes culturas, convirtiéndose en una celebración rica en sincretismo».
«Es un sincretismo que le da también fisonomía a la venezolanidad» (¿?), aseguró el ministro Villegas. Queremos aclararle a él y al resto del país que todo sincretismo es una mezcla de creencias religiosas para conformar una con todas esas mezclas, lo que la convierte oficialmente en una religión; por lo cual deseamos citar nuestra Carta Magna al respecto:
Artículo 59. «Toda persona tiene derecho a profesar su fe religiosa y cultos y a manifestar sus creencias en privado o en público, mediante la enseñanza u otras prácticas, siempre que no se opongan a la moral, a las buenas costumbres y al orden público».
Ante esto cabe preguntarse: ¿Hacer un baile en la penumbra de la noche con sacrificios y derramamiento de sangre, caminar sobre brasas de fuego semidesnudos es moral, puede ser catalogado socialmente como buenas costumbres? ¿Qué pasaría si nuestros niños imitaran esta práctica sincrética a plena luz del día? Porque toda religión que cumpla con los parámetros constitucionales puede y debe ser practicada libremente por cualquiera hasta a plena luz del día. Peor, ustedes saben muy bien que ello no puede ser y por eso lo hacen a esas horas y casi en lo oculto, lo cual deja ver claramente que viola la Constitución.
Lo que un niño no pueda profesar y practicar religiosamente no debería nadie poder hacerlo. Y eso que no nos adentrarnos en sus invocaciones, posesiones y consultas con los espíritus muertos, porque eso incrementaría los argumentos violatorios a nuestra Constitución.
Ahora, veamos lo que dice Dios al respecto, para lo cual sólo citaremos algunos de los 10 Mandamientos mundialmente aceptados hasta por las religiones místicas ancestrales:
«No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas, ni las honrarás, porque yo soy el Señor tu Dios, fuerte y celoso. Yo visito en los hijos la maldad de los padres que me aborrecen, hasta la tercera y cuarta generación, pero trato con misericordia infinita a los que me aman y cumplen mis mandamientos» (Éxodo 20:3-6).
En una nación que se confiesa cristiana es sumamente grave violar los principales mandamientos dados por nuestro Dios (Dios que en la casi totalidad de nuestras constituciones se cita, no así a María Lionza que es una diosa -con ‘d’ minúscula). Ese Dios eterno y verdadero CONDENA hasta la tercera y cuarta generación a los que adoran falsos dioses, los que le erigen imágenes y se inclinan ante ellas para honrarlas con sacrificios de sangre y bailes semidesnudos.
Si el ministro Villegas y un reducido grupo de personas en Venezuela desean honrar, venerar o adorar (es lo mismo) a una diosa mística, sacrificándole con derramamiento de sangre (lo cual también es condenado por Dios en la Biblia) y bailarle sobre brasas ardiendo, están en todo su derecho, al final cada quien le dará cuentas al Dios verdadero de sus actos terrenales, pero de ahí a imponerlo como un patrimonio cultural nacional a sabiendas que viola la Palabra de Dios y la Constitución nacional es incorrecto.
Es un grave error llamar «cultura» a una mezcla o sincretismo de creencias místicas y religiosas, y declarar sus peligrosas y bíblicamente prohibidas prácticas como patrimonio cultural nacional, ya que Dios y la Constitución lo prohíben; además, Venezuela y su Estado (incluyendo educación y cultura) es seglar.
Esto, señores, traerá graves repercusiones espirituales sobre nuestra nación, porque como dicen las Sagradas Escrituras: «Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo». Luego no nos preguntemos por qué vienen las crisis y las catástrofes naturales, si osamos tentar al Dios santo y eterno de esta manera y pretendemos ocultarlo tras la cultura.
Georges Doumat B.




