La respuesta ya está dada, el modelo es Cristo y todo lo que promovamos como discipulado tiene que partir de su cristocéntrico modelo y su enseñanza
He considerado por mucho tiempo que esta pregunta, o no se formula o se escamotea ante una falla evidente, pero soterrada en cada cristiano, ya sea porque no nos sentimos imitables o por una falsa humildad. Sin embargo, la respuesta generalizada es un rotundo no. Y es que tal vez pensamos que hay que ser muy bueno y humilde para aceptarlo y “promoverse” como lo hizo Pablo a los corintios: “sed imitadores de mí”.
No obstante, el mismo Pablo tuvo que aceptar su imperfección y dejar claro que él no era el modelo original. Si iban a aceptarle como modelo, debían comprender que él era sólo un digno imitador del modelo primigenio: el de Cristo. Había suficiente humildad para dejar claro que lo imitable era la enseñanza y el apego a ella como única forma de vida y de conducta. La medida estaba allí, el canon no fue el ideado por el hombre, las ideas no surgían de una imaginación prolífica, desbordada y desbocada de nuevas ideas y fórmulas de espiritualidad; en cuyo caso, sí convendría recordar aquello que con mucha frecuencia se decía en la década de los 70: “yo no sigo a hombres”. Hoy no vemos con frecuencia este extremo, sin embargo, algunos estratos de la iglesia se han ido hacia otro: el de los nuevos modelos marcados por el marketing y la figura del líder en el que se piensa está concentrado el poder de Dios y los nuevos oráculos.
El camino del discipulado hoy luce más como una red que se lanza o se esconde para atrapar la mayor cantidad de personas posible. Ya no se ve con claridad el “enseñándoles a guardar lo que les he enseñado” como única fuente de enseñanza y estrategia para el discipulado. Lo novedoso es lo que atrae, el mensaje es satisfactorio y cargado de elementos motivacionales. Este énfasis en la predicación ha secuestrado a la Palabra misma y la ha encadenado al gusto personal, al mensaje populista y a un número indeterminado e interminable de promesas incumplibles por estar basadas en alguna pretendida manipulación de la voluntad de Dios.
Ser imitable tiene como punto de partida un sincero auto análisis. ¿Quiénes somos? ¿De quién somos? ¿Fuimos llamados para servir o para que nos sirvan? Si no nos autoevaluamos, corremos el riesgo de convertirnos en impostores de la verdad, mercaderes de una espiritualidad inexistente y fraudulenta que tiene como medida los números y la opulencia. ¿Serán mejores sus seguidores? ¿Están creciendo en el conocimiento bíblico y lo usan como criterios para evaluar incluso a sus propios guías y sus enseñanzas? ¿Estaríamos dispuestos a convertirnos en todo lo que promovemos? ¿Cuánto de lo que somos, hacemos y tenemos debe consumirse en el verdadero fuego divino a fin de que dejen de promoverse las individualidades y se promueva al verdadero “autor y consumador de la fe” y su visión discipular?
Ser imitable implica que primero he debido imitar un modelo adecuado de discipulado. Esto me permite tener una referencia y un contenido que muestre una línea de avance con señales muy claras en el camino con un contendido que halle su praxis en el nuevo comportamiento y en la multiplicación discipular. La presuposición básica es que el discípulo ha tenido que aprender de su discipulador, pues, no se trata de una enseñanza que emerge del ego engordado por el personalismo. No creo que tengamos la libertad para patentar un modelo de discipulado, pues de dónde emergería sino de nuestras propias y desviadas visiones. Por tanto, luce altamente peligroso que nos inventemos nuestros propios modelos como respuestas al contexto en el que vivimos. La respuesta ya está dada, el modelo es Cristo y todo lo que promovamos como discipulado tiene que partir de su cristocéntrico modelo y su enseñanza.
Por otro lado, la pregunta que anima esta reflexión nos permite ver que muchos creyentes son hoy el fruto de un discipulado más eclesial que individual. No hay forma de ver una verdad modelada. Así que ser imitador de alguien se ha convertido en ser imitador de muchos o de la imagen que proyecta la iglesia. Hoy los modelos de crecimiento viajan por la red promoviendo un discipulado que se pierde en la masa, diluido en ella y sin calidad individual. “Sean imitadores de la informática imagen de la iglesia” es lo más descriptivo hoy. Y si la iglesia posee recursos, el “santo marketing” promoverá mejor su modelo discipular, pero sin discipulado. ¿Con qué se compromete el que espera un milagro? No hay compromiso de vida en quien sólo espera una oración milagrosa, quien tiene su bendición al alcance de la chequera o tiene prepagado su milagro. ¿En qué se parece eso al “enseñar a obedecer lo que os he enseñado”? Y puesto que esto es verdad, hay que dudar de que las actuales enseñanzas hayan sido las enseñanzas de Cristo. Por esta vía no hay modelo discipular, sino una perniciosa costumbre de someterse a un esquema de toma y dame, un trueque que durará tanto como duren las dolencias, las enfermedades y necesidades. Todo sujeto a la capacidad de tales movimientos para reinventarse y mantener su vigencia.
Pero “Sed imitadores de mi” señala también a quién no se debe imitar. Entender la calidad del discipulador permite aceptar su discipulado. Es ventajoso saber a quién vamos a imitar y sobre todo, si a quien le toca el rol de imitador es un nuevo creyente. Por tanto, el discipulado descansa en un gran porcentaje en una autoevaluación, un libre, pero sincero examen que se adecúe como respuesta también adecuada a una conciencia cristiana que ponga en evidencia la imperfección no estigmatizada por el pecado, sino una naturaleza imperfecta, pero perfectible en Cristo.
Así, pues, a la pregunta de si soy imitable debo responderla con la mayor sinceridad que me permita la comprensión de si nosotros mismos estamos en el camino del aprendizaje y del cambio, pues, de no estar transitando ese camino, la imperfección se convierte en lastre. No debo permitir entonces que mi reconocimiento de lo que no soy, de lo que no sé, ni de cuánto me falta por crecer se convierta en mi piedra de tropiezo. Quien aprende y cambia es el que sabe que no sabe, quien comprende lo que le falta por aprender, quien sanamente entiende que, en el camino de Jesús el Señor, su aprendizaje y sincero crecimiento lo convierte en imitable, aunque aún tenga mucho por recorrer.
Convirtamos la pregunta en una afirmación y, con la ayuda del Señor, no dejemos que lo que no hemos alcanzado sea lo que nos imposibilite para el discipulado. Mientras sigas aprendiendo y convirtiendo en vida las enseñanzas de Jesús, eres imitable y digno de discipular a otros. La misión de Cristo no exige perfección, sino crecimiento. Los discípulos de Cristo nunca se presentaron como perfectos, pero si imitables en su fe, perseverancia, compromiso, valor, aprendizaje y obediencia.
Muchos creyentes son más imitables de lo que ellos mismos suponen, ¿por qué entonces no están discipulando? La razón podría estar escondida en la irrazonable postura de la iglesia de apartarse del principal mandato dado por Cristo a su iglesia: el discipulado.
Termino con mi pregunta inicial, ¿eres imitable? Lo que te falta por crecer nunca debe detenerte. El discipulado como misión nunca será para los perfectos, sino para los obedientes, los que nunca se estancan.




