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La autoridad del que te envía, Otoniel Font

La única manera en que podrás cumplir con la Gran Comisión es cuando veas a Jesucristo como tu Rey. El problema de la iglesia es que solo ve al Salvador y no al Rey

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“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:18-20).
No podemos cumplir con el mandato de la Gran Comisión, si no ponemos en perspectiva quién fue el que nos dio la orden. Si tú no entiendes quién es el que te da la orden, no das valor a lo que se dijo. Las cosas tienen valor cuando tú sabes quién las pide, quién las dice. Si alguien de autoridad te pide algo, si te manda a algo, la autoridad que tiene esa persona -sea institucional o ante tus ojos – es la que demuestra con cuánta vehemencia o pasión tú harás lo que se te ha dicho.
Muchos no ven a Jesús como deberían. La única manera en que podrás cumplir con la Gran Comisión es cuando veas a Jesucristo como tu Rey. El que ve a Jesús como Salvador no ve la importancia de la Gran Comisión, sino solo su beneficio. No fue el Salvador el que dijo “id y haced discípulos”, sino el Rey. Si el Salvador hubiera hablado, no hubiera usado las palabras que usó. Hubiera dicho: porque yo redimí tus pecados y pagué el precio por ti en la cruz del Calvario, ahora ve y predica. Pero Él dijo: todo poder, toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Así que no te está hablando cualquier persona, sino el Rey de reyes.
El problema de la iglesia es que solo ve al Salvador y no al Rey. La reacción de los pastores ante el nacimiento de Jesús fue anunciar que había nacido el Mesías, el Salvador. ¿Dieron algún regalo los pastores? No. Anunciaron al Salvador. No llevaron nada financiero porque el mensaje de salvación es gratuito. Pero dos años después, fueron reyes, y no fueron buscando el Salvador, sino al Rey; por eso, llegan a casa de la gobernación, quien entonces manda a matar a los niños menores de dos años para evitar que los judíos tuvieran otro rey. Los reyes sabios iban con oro, incienso y mirra para anunciar que había nacido el Rey, no el Salvador.  Ellos sabían que uno no debe llegar ante un rey con las manos vacías. Así que fueron a honrar al Rey.
En la iglesia, a la gente le fascina el Salvador, porque el Salvador es gratis, no te exige, no te pide nada, no tienes que hacer nada, lo recibes gratuitamente; es gratis para ti, pero cuando tú aceptas a Cristo como Rey, todo cambia. Cuando tú aceptas a Cristo como Rey, ahora hay que someterse a lo que Él dice, ahora tienes que someter a Él tus riquezas, estás bajo su orden y gobierno; y no todo el mundo quiere hacer de Cristo su Rey. Por eso es fácil predicar el Cristo Salvador, y la gente evangeliza enseñando el Cristo que salva, pero discipulamos enseñando el Cristo que es Rey porque para hacerte discípulo tienes que someterte al Rey porque toda tu vida tiene que cambiar.
En cada uno de los Evangelios del Nuevo Testamento, vemos a Cristo de una manera diferente. Mateo presenta a Cristo como el Rey, por eso la genealogía que vemos en Mateo es la del padre de Cristo, para verlo como rey. Por eso se presenta al principio como rey, y termina como rey, dando una orden de rey: toda potestad me ha sido dada en el cielo y la tierra, por tanto, id y haced discípulos.
Hay varias expresiones en la Gran Comisión en las que puedes ver la posición de rey de nuestro Señor.
Toda potestad.  Jesús habla de la autoridad delegada de la trinidad, hablando de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ahora a Él le han dado el poder, Él es el que tiene el poder.
Me es dada. Aquí nos habla del poder redentor de Cristo. A él se le dio.
Por tanto. Esta es una expresión de obediencia. ¿Por qué tus hijos te tienen que obedecer, por qué tienen que hacer lo que tú dices? Por tanto, tú eres su padre. Esa es razón suficiente. Él está diciendo: como yo soy el Rey, vayan y hagan discípulos, personas que se pongan bajo autoridad.
Por supuesto, esa autoridad no sale de cualquier lugar. No tan solo entendemos que Él es rey sobre nosotros porque le fue delegada la autoridad, por el aspecto redentor, sino que cuando vemos su vida, su obra y su momento final, nos damos cuenta que Él cumplió y completó todo lo que se le pidió que hiciera por nosotros.
“Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu” (Juan 19:30).
Él vino y terminó la obra. La autoridad que Él tiene como rey es porque Él cumplió y completó lo que nadie había podido completar, lo que nadie podía hacer.
“Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4).
La autoridad que Él tiene es porque Él completó su obra.
“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:21-26 ).
“Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella” (Hechos 2:22-24).
Estos versos son para que entiendas que el poder que Él tiene como rey sobre nuestras vidas es cuando tú entiendes que Él completó su misión, Él cumplió lo que vino a hacer.  Él nos vino a redimir, a transformar. Él no dejó el trabajo a medias, sin terminar. Él lo hizo completo, culminó su trabajo como Redentor; por eso tiene toda autoridad. Dios no le va a dar un nombre sobre todo nombre, sino que ya se lo dio. Y delante de ese nombre se tiene que doblar toda rodilla. El problema es que la iglesia está esperando que toda rodilla se doble, sin darse cuenta que somos nosotros los que tenemos que discipular para que toda rodilla se doble.
Tus rodillas se han doblado ante Jesús porque alguien te enseñó, te discipuló. Pero la iglesia está esperando que algún día toda rodilla se doble, pensando que el impío y el cristiano un día le reconocerán como Rey. Pero van a doblar las rodillas el día que nosotros los discipulemos y les digamos que la obra que se tenía que hacer para que su vida fuera cambiada y fuera salvo, se completó en la cruz del Calvario dos mil años atrás, a Él se le dio todo el poder.
Hay un día donde tú entiendes eso, que Él no es tan solo tu Salvador, sino tu Rey y Señor, y delante de Él tú te arrodillas, te humillas. Las rodillas se doblan cuando hay alguien que lo discipule y enseñe y les deje sabes que por causa de lo que Él hizo en la cruz del Calvario, Él tiene todo el poder y autoridad, y que esa autoridad fue ratificada porque un día Él resucitó.
Es poderoso que la orden que Él nos da no fue al principio de su ministerio, no la da cuando multiplicó panes y peces ni cuando venció al enemigo en la tentación ni cuando fue bautizado; esta orden nos la da cuando Él termina toda su obra, resucita y asciende al Padre.

Otoniel Font
Pastor, escritor y conferencista

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