La iglesia de hoy no está llamada a ser un tribunal que señala las faltas del mundo, sino un hospital de gracia donde los quebrantados encuentran sanidad y esperanza
En el contexto actual, la Iglesia Evangélica enfrenta un desafío crucial: ¿reflejamos el carácter de Cristo o nos hemos convertido en un tribunal moralista? En un mundo híper-conectado donde la crítica y la cancelación están a la orden del día, las comunidades de fe corren el riesgo de asimilar la cultura del señalamiento en lugar de ofrecer el refugio de la gracia.
Para recuperar nuestra misión como sal y luz, es urgente volver a las Escrituras y confrontar nuestra postura ante el prójimo, sean estos creyentes o no creyentes. Meditando en la situación de la iglesia en Occidente, observamos siete aspectos que se están practicando que no encajan en los principios de la Biblia o están siendo mal aplicados e interpretados
1.- No juzgues…
El mandamiento de Jesús en el Sermón del Monte es contundente y sin ambigüedades. No es una sugerencia opcional para la vida cristiana, sino una advertencia directa sobre las consecuencias del juicio desmedido.
«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que ustedes juzgan, serán juzgados; y con la medida con que miden, serán medidos» (Mateo 7:1-2).
Si este es uno de los pecados más graves y reiterados en el cristianismo, en la era de las redes sociales, donde es fácil emitir condenas rápidas sobre la vida o las decisiones de otros creyentes o no creyentes, la iglesia debe abstenerse de asumir el rol de juez. La disciplina y la verdad son necesarias, pero el juzgar las intenciones del corazón le pertenece únicamente a Dios.
2.- No mires la paja ajena…
Jesús utilizó una metáfora vívida para exponer la hipocresía humana: pretender señalar pequeños fallos en los demás mientras ignoramos nuestras propias faltas de mayor escala, al sentenciar en el mismo Sermón del Monte: «¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no miras la viga que está en tu propio ojo?» (Mateo 7:3).
Esto nos obliga a que antes de señalar la falta espiritual de un hermano o el pecado de la sociedad, la Iglesia Evangélica debe practicar la autoevaluación constante. El examen de conciencia previo nos libra del orgullo espiritual y nos mantiene en una postura de humildad, tal y como la tuvo el rey David cuando escribió:
«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Ve si hay en mí camino de perversidad y guíame por el camino eterno» (Salmo 139:23-24).
3.- Ama al prójimo como a ti mismo…
El amor hacia el prójimo (¿y quién es mi prójimo?: tu próximo), no es un sentimiento intangible y vago, sino el fundamento sobre el cual se sostiene toda la ley de Dios.
«“amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El segundo en importancia es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay otro mandamiento más importante que estos» (Marcos 12:30-31).
Amar al prójimo implica buscar su bienestar real, incluso cuando piensa, actúa o vive de forma distinta a la nuestra. Si la iglesia enseña la verdad, pero carece de amor en sus formas, el mensaje pierde su efectividad y su testimonio ante el mundo, y venimos a ser, como bien lo escribió el apóstol Pablo:
«Si… no tengo amor, soy como un metal que resuena o un platillo que hace ruido». Podemos profetizar, ejercer ministerios influyentes, alcanzar fama y reconocimiento, tener una gran fe, dar inclusive todos nuestros bienes y hasta nuestra vida; «pero no tengo amor, de nada me servirá» (1ª Corintios 13).
4.- Cristo se despojó a sí mismo de toda su gloria, ¿hay en nosotros ese mismo sentir…?
El apóstol Pablo presenta la encarnación de Cristo como el modelo supremo de renuncia al estatus, al trono y a la gloria, para dedicarse al servicio al prójimo.
«Que haya en ustedes el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús, quien, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo…» (Filipenses 2:5-7).
Tener el «sentir de Cristo» significa estar dispuestos a bajar del pedestal de la autosuficiencia moral y de las posiciones ministeriales. Si Cristo renunció a sus privilegios para salvarnos, los creyentes no pueden actuar con prepotencia o superioridad frente a los caídos. Recordemos siempre lo que el Señor nos ordenó:
«Imiten al Hijo del Hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28). Él es nuestro mayor ejemplo de humildad, entrega y servicio.
5.- Llamados a la empatía, no a la crítica…
El evangelio nos mueve a compadecernos de los dolores y cargas de los demás, en lugar de emitir diagnósticos fríos sobre sus circunstancias. Hoy abundan quienes se creen con el «derecho» de señalar a los demás de acuerdo a sus circunstancias, como si sufrir no fuera parte de la vida cristiana (Juan 16:33, Hechos 14:22, 2ª Timoteo 3:12, Filipenses 1:29).
Antes bien, la Palabra de Dios nos manda: «Gocémonos con los que se gozan y lloremos con los que lloran» (Romanos 12:15). «Sobrelleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo» (Gálatas 6:2).
La mala cultura evangélica a menudo reacciona con crítica antes de escuchar la historia que hay detrás del dolor de una persona. La empatía bíblica nos exige caminar al lado del que sufre o falla, entendiendo que todos somos vulnerables a las mismas tentaciones y pruebas; «por lo tanto, el que piense que está firme, tenga cuidado de no caer» (1ª Corintios 10:12).
6.- Restauremos con espíritu de mansedumbre y no apedreemos al prójimo…
Cuando un hermano cae en falta, la instrucción bíblica no es la expulsión destructiva ni el chisme ni la apredreante murmuración, sino la restauración guiada por la mansedumbre y la prudencia que tenemos de parte del Espíritu Santo que nos habita. Tal y como lo recomienda el apóstol a los gentiles:
«Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, ustedes, que son espirituales, restáurenlo con espíritu de mansedumbre. Piensa en ti mismo, no sea que también tú seas tentado» (Gálatas 6:1).
La espiritualidad madura y el crecimiento fructífero no se mide por la dureza con la que condenamos el pecado, sino por la humildad y la gracia con la que ayudamos a levantar al que ha caído; de acuerdo con los que nos aconseja el apóstol Pedro:
«Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndose los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1ª Pedro 4:10).
7.- Nadie puede tirar la primera piedra…
El encuentro de Jesús con la mujer sorprendida en adulterio que trajeron los religiosos de su tiempo ante Él para tentarle, sintetiza el contraste entre el juicio farisaico y la gracia redentora.
«Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: “El que de ustedes esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”...
«Enderezándose Jesús, le dijo: “Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado?”. “Ninguno, Señor”, respondió ella. Entonces Jesús le dijo: “Yo tampoco te condeno. Vete; y desde ahora no peques más”» (Juan 8:7,10-11).
Ningún cristiano ni líder de la iglesia tiene una conducta perfecta que lo autorice a «lanzar piedras» morales a los demás. Jesús combina la gracia que no condena con la verdad que transforma («vete y no peques más»). Esa misma síntesis es la que la Iglesia Evangélica contemporánea debe encarnar, si en verdad deseamos ser genuinos discípulos de Cristo y no unos meros religiosos con Biblia bajo el brazo.
DE LA CONDENA AL ABRAZO REDENTOR
La iglesia de hoy no está llamada a ser un tribunal que señala las faltas del mundo, sino un hospital de gracia donde los quebrantados encuentran sanidad y esperanza. Defender la verdad y la santidad no exige sacrificar la compasión; por el contrario, la verdad sin amor se convierte en dardo hiriente, mientras que el amor fundado en Cristo transforma vidas sin necesidad de lanzar piedras.
Al mirarnos al espejo de la Palabra, reconocemos que todos dependemos de la misma misericordia inmerecida. Despojémonos de la arrogancia moral, soltemos la piedra de la crítica y vistámonos del mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. Sólo cuando la comunidad cristiana elija la empatía sobre el juicio, la autoevaluación sobre la hipocresía y la restauración con mansedumbre sobre la condena, volveremos a reflejar con claridad el rostro de Cristo ante un mundo que clama por redención.
Georges Doumat B.


