Nuestra lucha como hijos de Dios, es mantenernos enfocados, la distracción está robando el tiempo de oración, la lectura de la Palabra. Detrás de todo eso están principados y potestades diabólicas que dirigen la corriente de este mundo
“Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1ª Corintios 6:12).
Estamos viviendo una época que hasta parece fantasía, ya nadie duda de los avances científicos más increíbles, nos hemos acostumbrado a lo increíble. Podemos ser espectadores en “vivo y en directo”, de algo que está pasando en el otro lado del mundo. Casi todo el mundo lleva un teléfono inteligente que lo conecta literalmente con el mundo entero, las noticias duran minutos en recorrer el mundo entero. Todo absolutamente todo, está dirigido y diseñado a llamar nuestra atención.
Dentro de todo lo anterior, el principal objetivo es captar nuestra atención, lo más valioso en este tiempo es la atención de la gente. En las redes sociales, los millones de “creadores de contenido”, batallan cada minuto por hacer cosas descabelladas, para captar nuestra atención. Además, hay la posibilidad de aprender gratis, cualquier cosa con sólo un click, y qué decir de la inteligencia artificial, que ya hace hasta libros, e innumerables tareas con sólo pedírselo. Me pasa que voy a mandar un mensaje a alguien, tomo el teléfono, y aparece un video que capta mi atención, y cinco minutos después, no me acuerdo para qué fue que tome el teléfono o es que me acuerdo para que fue que lo tomé.
Nuestra lucha como hijos de Dios, es mantenernos enfocados, la distracción está robando el tiempo de oración, la lectura de la Palabra. Detrás de todo eso están principados y potestades diabólicas que dirigen la corriente de este mundo. Todas esas cosas roban la mente de la gente, poco a poco van embotando los sentidos y el entendimiento, se va perdiendo la capacidad de discernir espiritualmente. Porque ese espíritu de distracción, trae cautiverio, que hace que la unción se desvanezca, porque es una forma de amistad con el mundo.
Ahora bien, no me refiero a ver cosas malas, sucias, que no hace falta decir el daño que hacen. Sino que hay cosas que en sí misma son buenas, pero igual nos roban el tiempo y la intimidad con Dios, aquí encajan perfectamente las palabras de nuestro texto inicial: “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen”. Continúa: “todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna”.
¡Dios te bendiga!!!




