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La política, la actividad terrenal más parecida a la celestial

(GDB/ Verdad y Vida).-

El mundo espiritual del que provino el natural donde vivimos, funciona con un Rey eterno (Dios) a la cabeza, unos principios de pureza y santidad, y niveles jerárquicos que muy bien podemos llamar «política del Reino de Dios».
Entendiendo que la política, según la mayoría de los diccionarios, «es una actividad orientada en forma ideológica a la toma de decisiones de un grupo para alcanzar ciertos objetivos».
En el mundo espiritual también hay intereses encontrados. El de Dios es «bueno, agradable y perfecto», pero Satanás lo antagoniza desde tiempos inmemoriales, cuando fue echado del cielo de Dios y condenado al lago de fuego eterno; a partir de esa expulsión ha tratado de destruir todo lo creado por Dios, comenzando con nuestros primeros padres, Adán y Eva, a quienes «los bendijo Dios con estas palabras: “¡Reprodúzcanse, multiplíquense, y llenen la tierra! ¡Domínenla! ¡Sean los señores de los peces del mar, de las aves de los cielos, y de todos los seres que reptan sobre la tierra!”» (Génesis 1:28).
En pocas palabras, Dios creó al hombre en la tierra para que se multiplique (ponga a producir), la domine (gobierne) y sea señor sobre ella (administre) bajo la dirección de Dios y sujeción voluntaria del hombre para con su creador; si esas funciones no obedecen a lo que comúnmente llamamos política en este mundo, entonces ¿cómo las llamaríamos? La diferencia es que el hombre desobedeció a Dios y comenzó a establecer sus propias políticas de gobierno de espaldas al creador y a su santa Palabra.
Con el correr de los años Dios llama a Abraham e inicia con él una nación sobre la cual el propio Dios sería Rey, es así como nace de Jacob su nieto, el pueblo del Señor, Israel. Pero ellos querían parecerse a los reinos del mundo, por lo que le pidieron a Samuel (el último juez de Israel, a la vez que era profeta y sacerdote: el sistema teocrático perfecto) que les escogiera un rey que los gobernara.
«Pero a Samuel no le agradó esta propuesta de dar al pueblo un rey que lo gobernara; entonces oró al Señor, y el Señor le dijo: “Atiende todas las peticiones que te haga el pueblo. No te han rechazado a ti, sino a mí, pues no quieren que yo reine sobre ellos. Están haciendo contigo lo que han hecho conmigo desde que los saqué de Egipto: me están dejando para ir y servir a otros dioses. Tú, atiende sus peticiones, pero aclárales todos los inconvenientes, y muéstrales cómo los tratará quien llegue a ser su rey» (1 Samuel 8:6-9. Énfasis añadido).
Desde ese momento Dios inició con ellos un nuevo trato, les permitió tener rey, a quien dirigió a través del sistema teocrático [del griego “theós”, ‘dios’ y “kratos”, ‘poder’, ‘gobierno’: «gobierno de Dios»]: Un gobierno liderado por hombres, con políticas humanas, pero bajo la dirección de Dios a través de sacerdotes y profetas; siempre y cuando le obedecieran, cuestión que pocas veces sucedía, de ahí las permanentes guerras, cautiverios, hambrunas y crisis, las cuales permanecen hasta hoy en Israel.
Paralelo a la teocracia a través de la Ley mosaica y los profetas, regía la política del mundo que nos viene de los imperios descritos por Daniel (capítulo 3), Babilonia, Media/ Persia, Gracia y Roma [antigua y la del anticristo]. Jesucristo, el Rey de reyes y Señor de señores, aparece en pleno apogeo de la primera gestión política de Roma; predica el evangelio, establece a los apóstoles y la Iglesia (la espiritual, Su cuerpo, que prima sobre la iglesia institucional), viene la doctrina apostólica y la revelación del último gobierno mundanal, el del anticristo.
Ni los profetas ni Jesucristo, y menos los apóstoles, señalaron que la política fuera «del diablo»; nos dejaron bien en claro que los creyentes somos la «sal y luz» del mundo, incluida todas sus instancias, disciplinas y estratos, entre ellos la política, por supuesto. Muchos son los pasajes neotestamentarios donde se nos ordena sujetarnos a los gobernantes; de hecho, entre los seguidores del Señor siempre ha habido gente vinculada a reyes y gobernantes, quienes desde Cristo hasta la fecha han contribuido económica y políticamente con la expansión del evangelio.
Aunque la Biblia nos señala una clara separación entre la iglesia institucional y las instituciones públicas, porque está llamada a ministrar a todas las simpatías o parcialidades políticas existentes, ya que ni Cristo ni la salvación tiene preferencia política, pero NUNCA se nos prohíbe salar o iluminar a la política, inclusive desde adentro de la misma, siempre y cuando no perdamos nuestro sabor y nuestra luz (no nos contaminemos). Los miembros del cuerpo de Cristo, tienen pleno derecho de inmiscuirse en la política y llegar a ejercer cargos de representación popular como individuos, sin que ello signifique que el resto del cuerpo de Cristo tome parcialidad junto con ellos y menos la iglesia institucional; pues no es de nuestra propiedad sino de Jesús.
Eso significa que aquellos que ejerzan la política deben someterse primeramente a los principios divinos establecidos en la Biblia, porque es Dios el creador y sustentador de todo lo bueno; aunque la mayoría de nuestras naciones vivan en democracia, a los hijos de Dios nos rige la teocracia a través del Espíritu Santo. Por sobre las constituciones y leyes terrenales priman las Sagradas Escrituras; con eso en claro, la política será siempre la actividad terrenal más parecida a la celestial, pues Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo-, siempre será el Rey eterno.
La gran tragedia del liderazgo político y de las instituciones establecidas por los hombres es que políticamente gobiernan de espaldas al Soberano de las naciones: Jesucristo; hasta que Él venga a reinar en el Milenio, en el gobierno perfecto, el que Dios siempre quiso para sus hijos, aquel reino donde «serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él durante mil años» (Apocalipsis 20:1-10).

Retos para los cristianos en la política

Los cristianos que hacen vida en la política deben cuidarse de la contaminación que subyace en esta actividad por demás tentadora y que vuelve nuestra sal insípida y nuestra luz tenue. Entre estos agentes contaminantes espirituales presentes en la política y que destruyen nuestros países, destacan:

La mentira
«Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y honraron y dieron culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén… Por eso cada uno de ustedes debe desechar la mentira y hablar la verdad con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros» (Romanos 1:25; Efesios 4:25).

La mala administración
«Ahora bien, de los administradores se espera que demuestren ser dignos de confianza… Porque si en el manejo de las riquezas injustas ustedes no son confiables, ¿quién podrá confiarles lo verdadero? Y si con lo ajeno no resultan confiables, ¿quién les dará lo que les pertenece? Ningún siervo puede servir a dos señores, porque a uno lo odiará y al otro lo amará. O bien, estimará a uno y menospreciará al otro. Así que ustedes no pueden servir a Dios y a las riquezas» (1ª Corintios 4:2; Lucas 16:11-13).

La corrupción
«Nadie puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o estimará a uno y menospreciará al otro. Ustedes no pueden servir a Dios y a las riquezas… Los que quieren enriquecerse caen en la trampa de la tentación, y en muchas codicias necias y nocivas, que hunden a los hombres en la destrucción y la perdición; porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual algunos, por codiciarlo, se extraviaron de la fe y acabaron por experimentar muchos dolores» (Mateo 6:24; 1ª Timoteo 6:9.10).

Promesas incumplidas
«Cuando le hagas una promesa a Dios, no tardes en cumplírsela, porque a Dios no le agrada la gente necia. Cumple lo que prometas, porque es mejor que no prometas, y no que prometas y no cumplas» (Eclesiastés 5:4-5).

El populismo o complacencia a todos
«¿Busco acaso el favor de la gente, o el favor de Dios? ¿O trato acaso de agradar a la gente? ¡Si todavía buscara yo agradar a la gente, no sería siervo de Cristo!» (Gálatas 1:10).

El alejamiento de Dios
«Pero tengo contra ti que has abandonado tu primer amor. Así que ponte a pensar en qué has fallado, y arrepiéntete, y vuelve a actuar como al principio. De lo contrario, vendré a ti y, si no te arrepientes, quitaré tu candelero de su lugar… Busquen al Señor mientras pueda ser hallado; llámenlo mientras se encuentre cerca. ¡Que dejen los impíos su camino, y los malvados sus malos pensamientos! ¡Que se vuelvan al Señor, nuestro Dios, y él tendrá misericordia de ellos, pues él sabe perdonar con generosidad» (Apocalipsis 2:4-5; Isaías 55:6-7).

La recomendación final para los cristianos que tienen llamado de Dios para la política es:
«Ustedes, los políticos, obedezcan a las leyes terrenales con temor y temblor, y con sencillez de corazón, como obedecen a Cristo. No actúen así sólo cuando los estén mirando, como los que quieren agradar a la gente, sino como siervos de Cristo que de corazón hacen la voluntad de Dios. Cuando sirvan en los cargos públicos, háganlo de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que cada uno de nosotros, sea político o no, recibirá del Señor según lo que haya hecho. Ustedes, los gobernantes, parlamentarios y magistrados, pórtense bien con el pueblo. Ya no los amenacen. Como saben, el Señor de ellos y de ustedes está en los cielos, y él no hace acepción de personas» (Efesios 6:5-9. Paráfrasis del autor).

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