lunes, julio 13, 2026
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Todo tiene su tiempo: Discernimiento en medio del escombro

Para muchos de nosotros, es tiempo de enjugar lágrimas, no de aplaudir goles. Es tiempo de ser el refugio, la justicia y la esperanza tangible para quienes lo han perdido todo

Eclesiastés 3 nos recuerda que la vida es un tejido de contrastes inevitables al señalar que hay “tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar”.
Hoy, esta verdad bíblica resuena con una urgencia desgarradora tras el sismo que ha estremecido nuestra tierra. La magnitud de la tragedia no se limita a un punto geográfico; ha golpeado pueblos y ciudades en diversos estados, dejando un rastro de desolación donde el dolor se ha vuelto cotidiano.
El panorama es desolador: edificios que se desplomaron y otros tantos que, deberán ser demolidos, dejando a miles en la intemperie.
La crudeza de la muerte se hace presente en el hallazgo de cuerpos en estado de descomposición bajo los escombros, mientras que en los hospitales la angustia se multiplica al ver a niños con amputaciones, cuyas vidas han cambiado para siempre.
Esta catástrofe golpea a un país ya sumergido en una crisis sistémica, donde la supervivencia era, hasta hace poco, el único horizonte.
En medio de este caos, es válido que el espíritu humano busque desesperadamente un escape y el fútbol, pudiera ser una distracción para rescatar un respiro de alegría, pues Venezuela, aunque nunca ha clasificado a un mundial, posee una identidad multicultural forjada por la migración; por ello, vibramos con los colores de esos países.
Sin embargo, para muchos de los que estamos aquí cerca y somos testigos, no tenemos ese deseo. El llamado del kairós de Dios nos exige una pausa reflexiva. No estamos en tiempo de celebrar glorias ajenas cuando el llanto del huérfano y el gemido de la viuda resuenan nuestros oídos.
La realidad no permite evadir la tragedia tras el velo del entretenimiento. Como nos exhorta Isaías 58:7, el verdadero ayuno que Dios escoge es “que compartas tu pan con el hambriento y a los pobres errantes albergues en casa”.
La historia nos ofrece ejemplos de lo que significa la entrega total. Y mientras escribo cómo no recordar al puertorriqueño Roberto Clemente, el pelotero de las mayores, quien, en 1972, ante el terremoto que devastó Nicaragua, no buscó excusas para irse de trulla. Su compromiso con el prójimo fue tal, que, en la víspera de Año Nuevo, decidió viajar y llevar ayuda humanitaria y ese mismo 31 de diciembre el avión se precipitó al mar.
Ese es un testimonio elocuente de que la fe sin obras está muerta (Santiago 2:17). Clemente no entregó sólo bienes; entregó su propia vida por aquellos que no conocía. Hoy, ante nuestros propios escombros, ese ejemplo nos interpela.
Damos gracias a Dios por los ministerios internacionales y los rescatistas extranjeros (entre ellos muchos cristianos) que, movidos por la compasión de Cristo, han llegado al país para socorrer a las víctimas.
Su labor es un eco del compromiso cristiano que trasciende fronteras. Que nuestra adoración, en estos días oscuros, se traduzca en manos que sirven, sanan y restauran.
Para muchos de nosotros, es tiempo de enjugar lágrimas, no de aplaudir goles. Es tiempo de ser el refugio, la justicia y la esperanza tangible para quienes lo han perdido todo.
Que cada acción de servicio sea nuestra manera de decirle a los que sufren que Dios no les ha abandonado.

John Troya
Periodista y teólogo

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