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Mira a Dios en medio de tu crisis

En los momentos más críticos es cuando Dios se manifiesta, muchas veces no veremos al Señor o un milagro de Él hasta no necesitarlo con urgencia

Si todavía no ha mirado a Dios en medio de sus crisis, es hora de hacerlo, Él tiene cuidado de sus hijos y se revela a ellos / Freepik

Desde el mismo génesis del mundo, cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios en el Edén, el pecado trajo consigo aflicciones, enfermedades, guerras y la muerte. A partir de allí Dios nos prometió un Salvador, aquel que llevaría sobre sí mismo todo el mal que le ha ocasionado el pecado al hombre; nunca dijo que ya no sufriríamos, sino que Él estaría a nuestro lado todo el tiempo ayudándonos a superar las aflicciones y a obtener la victoria hasta sobre la misma muerte, tal y como Él la venció al resucitar al tercer día.
Desde Génesis hasta Apocalipsis vemos la manifestación del amor de Dios para con sus hijos, aquellos que han hecho de Jesús su único Señor y Salvador. La Biblia está llena de manifestaciones poderosas y milagrosas de Dios en favor de su pueblo, de gente común, como usted y yo que han visto al Señor en medio de sus crisis personales y nacionales. Hoy tomaremos un aspecto de la vida del gran profeta Isaías para mirarnos en ese espejo y cobrar ánimo para reponernos a lo que estemos viviendo.
El profeta Isaías fue un hombre muy usado por Dios, es quien más anunció acerca del Mesías Jesús hasta darnos detalles de su reinado milenial en la tierra, de lo cual cada día estamos más cerca. Hay un episodio por demás revelador en su vida que le cambió totalmente, está en su mismo libro (6:1-8):
«En el año que murió el rey Uzías, yo vi al Señor sentado sobre un trono alto y sublime. El borde de su manto cubría el templo. Dos serafines permanecían por encima de él, y cada uno de ellos tenía seis alas; con dos se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies, y con dos volaban. Uno de ellos clamaba al otro y le decía: “¡Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!”.
La voz del que clamaba hizo que el umbral de las puertas se estremeciera, y el templo se llenó de humo. Entonces dije yo: “¡Ay de mí! ¡Soy hombre muerto! ¡Mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos, aun cuando soy un hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios también impuros!”.
Entonces uno de los serafines voló hacia mí. En su mano llevaba un carbón encendido, que había tomado del altar con unas tenazas. Con ese carbón tocó mi boca, y dijo: “Con este carbón he tocado tus labios, para remover tu culpa y perdonar tu pecado”.
Después oí la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?”. Y yo respondí: “Aquí estoy yo. Envíame a mí”».
Isaías gozaba de una vida tranquila bajo la protección del rey Uzías, porque era su primo; pero al morir su situación cambiaría y eso le llegó a preocupar, como a usted y a mi nos ha preocupado o aún hoy nos preocupan y afligen ciertas circunstancias que estamos afrontando. En angustias similares estaba Isaías al morir el rey Uzías.
Pero en los momentos más críticos es cuando Dios se manifiesta, muchas veces no veremos al Señor o un milagro de Él hasta no necesitarlo con urgencia. En esa circunstancia Dios se reveló a Isaías mostrándole su trono de gloria, rodeado de serafines y vestido de una majestuosidad que le llegaba hasta los pies. Cuando alguien mira a Dios en medio de una crisis podrá ver que el Señor es alto, sublime y glorioso, mucho más grande y poderoso que nuestro problema o nuestra circunstancia adversa.
Inmediatamente Dios se nos muestra en toda su gloria y majestad, es cuando, como Isaías, reconocemos nuestro estado inferior y lleno de pecados e imperfecciones, que somos «hombres muertos» delante de la gloria de Dios. Es ahí cuando el Señor nos purifica, nos restaura y nos enseña que Él es el Altísimo, quien tiene cuidado de aquellos que le aman y viven para Él.
Una vez el Señor se nos muestra e interviene poderosamente en nuestra vida, entonces nos viene la gran pregunta: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?». Hay mucha gente hoy que no conoce al Dios de amor y misericordia que está sentado en su trono y a su derecha su Hijo Jesús, nuestro Señor y Salvador, aquel que abrió el cielo para nosotros para que pudiéramos recibir el socorro oportuno de parte del Padre celestial, cualquiera sea nuestra circunstancia.
Dios está esperando que vayamos en el nombre de Jesucristo a llevarle el mensaje de esperanza contenido en el evangelio, el cual puede ayudarles, auxiliarles y darles una vida eterna por encima de las adversidades y crisis presentes. ¿Qué debe hacer usted?, decirle al Señor: «Aquí estoy yo. Envíame a mí». Es un privilegio ver a Dios, experimentar su permanente presencia, pero, sobre todo, ser usado por Él para sus grandes propósitos en la tierra.
Si todavía no ha mirado a Dios en medio de sus crisis, es hora de hacerlo, Él tiene cuidado de sus hijos y se revela a ellos como lo hizo con Isaías y muchos otros a lo largo de la historia.
Si usted no ha hecho de Cristo su Señor y Salvador y desea hacerlo en este momento para que comience a verle a su lado interviniendo a su favor, le invito a orar de la siguiente manera:
Padre santo que estás en los cielos, reconozco que he pecado contra ti, me arrepiento de corazón y le pido a Jesucristo que limpie todos mis pecados con su sangre derramada en la cruz por amor a mí, lo recibo en mi vida como mi único Señor y Salvador, te entrego todos mis problemas y circunstancias, te ruego que me llenes del Espíritu Santo. en el nombre de Jesucristo, amén.

Georges Doumat B.

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