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The Economist: ¿América Latina se vuelve más evangélica que secular?

Quienes se identifican como católicos han disminuido en América Latina, en beneficio de los evangélicos y de los que dicen no pertenecer a ninguna religión. ¿Qué significa esto?

Imagen referencial / Freepik

(Evangélico Digital).-

EE. UU.- En los últimos días un artículo publicado en The Economist, titulado Losing their religion: Latin America is becoming more secular, circuló intensamente en redes sociales (*). El argumento principal del artículo es que la población autoidentificada como católica ha disminuido en América Latina, por un lado, en beneficio de la población evangélica, y por el otro, de la población que declara no pertenecer a ninguna religión.
El artículo relaciona el crecimiento del número de personas sin religión y el carácter cada vez más secular de Latinoamérica. En buena medida, su éxito está vinculado con un sesgo de confirmación entre quienes quisieran ver emerger Estados más laicos y sociedades más seculares. Pero la secularización, en todo caso, es un fenómeno multidimensional. A pesar de la erosión (muy relativa) de la adhesión religiosa, las creencias y la participación no han mermado. Por otro lado, el peso histórico de la Iglesia católica se mantiene en buena medida, a pesar de la disminución de su feligresía.

MENOS INSTITUCIÓN, MÁS FE PERSONAL

El análisis de los datos muestra que los latinoamericanos no están “perdiendo su religión” sino que, al igual que sucede en otras partes del mundo, viven su fe de manera cada vez menos mediatizada por instituciones religiosas y de forma cada vez más individual. Aun así, tanto la fe como la práctica religiosa permanecen muy vívidas.
Influye en esta permanencia de la práctica religiosa que la retirada del Estado para servicios públicos abrió espacios suministrados por instituciones religiosas, tanto católicas como evangélicas.
Así, la proporción de matrículas escolares privadas ha crecido prácticamente en todos los países de la región (CEPAL, 2014), en buena medida absorbida por escuelas religiosas. En Chile, 16.4 % de los y las estudiantes asisten a una escuela católica, y esta tasa sigue en aumento (Madero, 2020). De la misma forma, el artículo de The Economist caracteriza la fe evangélica como muy presente entre los pobres y las personas privadas de libertad.
Por otro lado, la mayor parte de los Estados de la región siguen teniendo una “religión favorecida” en su aparato legal, los actores y los valores religiosos están omnipresentes en los debates de políticas públicas y la religión es un asunto “muy importante” o “bastante importante” para el 77.8 % de la población latinoamericana (mucho más que la política, con un 34.4 %). Todo esto parece desmentir una mayor secularización.

PERTENENCIA, PARTICIPACIÓN Y CREENCIA

En términos individuales, la religión tiene al menos tres componentes: la pertenencia o adhesión a una confesión religiosa, la participación en las actividades de la misma, y el hecho de simplemente tener una creencia; algo que no necesariamente sigue una dinámica coherente o lógica. Existen, por ejemplo, personas que no creen pero siguen participando en actividades religiosas por costumbre familiar; personas que creen pero no se adhieren a ninguna institución religiosa, o personas que se sienten parte de una iglesia sin creer en todos sus preceptos.
En contraste con la adhesión, la participación muestra una sorprendente permanencia. La práctica religiosa no ha retrocedido. En 1996, 60.4 % de la población decía ser “practicante” o “muy practicante” (mientras que el 38.6 % decía ser “no muy practicante” o “no practicante”). En 2020, estas cifras han permanecido totalmente estables, con 59.7 % en la primera categoría y 38.1% en la segunda. En el contexto regional, la práctica religiosa incluso se ha incrementado, pasando de 43.7 % de “practicantes” y “muy practicantes” a 52.5 %.
Favorece este resultado que el aumento de personas que no se identifican con “ninguna” religión se ha visto compensado por el aumento de personas evangélicas, en promedio mucho más practicantes que sus pares católicos. Sin embargo, esta práctica religiosa también involucra a personas que no se identifican con “ninguna” religión. Más de un cuarto de este sector asiste a un servicio religioso al menos una vez al año, y un 12.02 % lo hace al menos una vez al mes.
Es posible constatar la misma permanencia en cuanto a la creencia religiosa: la cantidad de personas que se identifican como ateas o agnósticas en América Latina también ha permanecido estable entre 1996 y el 2020, con 1.4 % de la población. En Panamá la cifra se ubica debajo del 1 % de la población. El caso de Uruguay, mencionado en The Economist, es la excepción. La última ola del World Value Survey muestra que la creencia en Dios supera el 90 % en toda la región. Por ejemplo, 97.8 % de los peruanos y peruanas son creyentes. Vale la pena subrayar que, incluso entre la población que ha declarado no pertenecer a ninguna religión, casi 9 de cada 10 personas declara creer en Dios. La creencia en la existencia del paraíso (76.8 %) y en menor medida del infierno (57.5 %) también siguen muy vigentes (Haerpfer et al., 2021).

MODERNIDAD Y RELIGIÓN

Weber –y otros después de él– sostenía que el progreso de la razón y la ciencia tendría como consecuencia una disminución de la fe. Sin embargo, Norris e Inglehart (2011), comparando datos del World Value Survey a nivel mundial, mostraron que no existe correlación individual entre la fe en la ciencia o la educación y la religiosidad. De hecho, las sociedades con los más altos grados de confianza en la ciencia a menudo son también altamente religiosas.
La teoría de la secularización marcó mucho la sociología de la religión en los años 60, y a su vez ha influido mucho en la opinión pública fuera de las ciencias sociales. Su postulado esencial era que el proceso de modernización tendría como consecuencia natural una marginalización de la religión en las sociedades contemporáneas.
Sin embargo, al final del siglo XX, esta teoría ha sido abandonada por la mayoría de quienes la defendían: la experiencia empírica desmentía la teoría, y con la modernidad se veía la emergencia de nuevas manifestaciones religiosas. Así, más que su desaparición, la modernidad motivó una evolución y adaptación de las religiones, y una creciente individualización del hecho religioso.◄

(*) Edición del artículo de análisis de Claire Nevache publicado en el blog de CIEPS.

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