Venezuela necesita ser discipulada

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Si no estamos dispuestos a sufrir por la causa de Cristo, no somos discípulos de Él ni podremos discipular así a nuestra amada nación / Archivo

Seamos protestantes contra lo que nos oprime política, religiosa, social y económicamente, porque llegó la hora ineludible de discipular a Venezuela

Cuando nuestro Señor minutos antes de ascender para volver a sentarse en su trono nos encomendó la Gran Comisión: «Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:19-20); dejó de manera tácita todo lo que ya había dicho: predicar el evangelio del reino, sanar, liberar y hasta resucitar en su nombre.
Este último Gran Mandamiento, como todos los anteriores, no es electivo, sino obligatorio para aquellos genuinos discípulos de Cristo. Entendiendo por discípulos a los hijos de Dios nacidos de nuevo espiritualmente, que son estudiantes o aprendices de Jesús, le siguen y le sirven en el propósito eterno de establecer el reino de los cielos en la tierra, comenzando con el lugar de la asignación de cada quien.
El problema se produce cuando en vez de hacer discípulos, sólo hacemos asistentes a nuestras congregaciones, crecemos numéricamente, pero sin una vida fructífera que afecte no sólo nuestro entorno social, sino a nuestra sociedad (ciudad y país). Y eso es exactamente lo que está pasando en muchas de las iglesias de Venezuela, que suponen que el Señor dijo: «vayan y hagan iglesias», en vez de discípulos.
Cuando como cuerpo de Cristo sólo nos dedicamos a evangelizar, sanar y liberar a las personas, pero no los hacemos discípulos, que es lo que más exige tiempo, sacrificio y paciencia, y que son pocos quienes están dispuestos a hacerlo; entonces estamos llenando el país de «evangélicos», pero de pocos discípulos. Un evangélico es poco lo que aporta a la sociedad, a veces más bien son «de tropiezo» a los no creyentes, porque al no ser discípulos, simplemente no reflejan la vida de Cristo en ellos que es en realidad lo que impacta positivamente a nuestra nación con el reino «que es poder de Dios…».
La iglesia de Venezuela fue la que más creció en todo nuestro continente durante 2023, pero valdría la pena preguntarse ¿qué tanto hemos influido en los diferentes estamentos de nuestra sociedad y sus instituciones? Es cierto que en la actualidad por donde uno anda se topa con uno o más cristianos laborando, pero ¿qué tanto hemos podido cambiar el ambiente de trabajo y, por ende, al país? Si somos sinceros, responderíamos: ¡muy poco!
Este no es un juicio, más bien es una autocrítica, ya que de poco sirve crecer si no somos una fuerza transformadora del país.
Es por esa razón que afirmamos que «Venezuela necesita ser discipulada», pues hasta ahora nos hemos dedicado más a evangelizarla que ha cimentar a los creyentes en la fe hasta convertirlos en verdaderos discípulos del Señor. Un discípulo es portador no sólo de las buenas nuevas de salvación, sino que es un agente de cambio, influye positiva y poderosamente en el ambiente en que se desenvuelve a diario, impactándolo de tal manera que produce cambios para bien.
Sea en el ambiente laboral, político, profesional o de la índole que sea, si no somos «¡esos que están trastornando el mundo entero…!» (Hechos 17:6b), entonces le estamos haciendo un flaco favor a nuestro país, pues no somos unos genuinos representantes del reino al que pertenecemos. Difícilmente quien no es un discípulo podrá discipular a su entorno y cambiar las circunstancias, puesto que un genuino discípulo no se amolda al mundo, sino que lo influye y transforma.
En mi condición de pastor veo a diario creyentes de la congregación que pastoreo y de otras que sólo se les conoce como ‘cristianos de años’, pero que en poco o nada han influido en el ambiente en el que se desenvuelven; por el contrario, más bien se amoldan a las circunstancias aun cuando estas vayan en contra de su fe, desatendiendo de esta manera lo que nos aconseja el apóstol Pablo: «No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta» (Romanos 12:2).
Vemos así a ‘cristianos de años’ en el gobierno, parlamento, empresas, institutos educativos, entre otros, que callan ante injusticias, ideologías antibíblicas, planes y programas sectaristas, etc.; quienes por estar más pendientes de un salario y de cuidar su cargo -más que su testimonio- han entregado su autoridad, su comisión y llamado divino de ser discípulos de Cristo («sal y luz del mundo»).
Dios ha prometido derramar un gran avivamiento sobre Venezuela, por esa razón debemos reflexionar y revisar nuestra vida espiritual a la luz de las Sagradas Escrituras, recordando que «quien se hace amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios». Los discípulos son amigos del Señor y, por lo tanto, enemigos del mundo y sus sistemas.
Desde la Reforma del siglo XVI fuimos conocidos mundialmente como «protestantes», no sólo por levantar nuestra voz de protesta contra lo antibíblico, sino contra sistemas opresores, esclavistas y supresores de la justicia social, aun a costa de sus propias vidas. Los reformadores, literalmente, reformaron el mundo entero, porque se convirtieron en genuinos discípulos de Cristo y no en ‘cristianos del montón’.
Es hora de levantarnos del sueño en Venezuela, pasemos de ser cristianos pasivos a verdaderos discípulos de Jesucristo. Seamos protestantes contra lo que nos oprime política, religiosa, social y económicamente, porque llegó la hora ineludible de discipular a Venezuela; de pasar de actos públicos con lecturas bíblicas, oraciones y confesiones, a ser agentes transformadores, aunque nos cueste el cargo, ya que, si no estamos dispuestos a sufrir por la causa de Cristo, no somos discípulos de Él ni podremos discipular así a nuestra amada nación.

Georges Doumat B.

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