La traición es fruto de la carne, una acción que deja en evidencia nuestra frágil naturaleza humana inclinada al individualismo, autosuficiencia y egocentrismo
“La avaricia es corruptora de la fidelidad, de la honradez y de todas las demás virtudes”. Salustio
El rey David, a quien Dios catalogó como un hombre conforme a su corazón, dada su nobleza, lealtad y devoción extrema, fue un hombre que en un momento de su vida cometió “alta traición” y también padeció por causa de ella.
Contempla la historia que haciendo uso de su autoridad e influencia como rey, fraguó un plan contra uno de sus más leales soldados, exponiéndolo a la muerte con el fin de tomar a su esposa por mujer, pecado que consumó, pero que le causó una dura represalia del cielo en su contra.
El rey David, aun cuando por su arrepentimiento genuino alcanzó el favor de Dios y fue perdonado y restaurado, también experimento la Alta Traición en su contra, llevándolo en una ocasión a expresar su pesar y dolor “…Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios” (Salmo 55:12-14).
Una de las más grandes decepciones que podemos vivir, es cuando experimentamos la traición de aquellos en quien confiamos y amamos, en especial de aquellos que ostentan posiciones de honor y a quienes tenemos en gran y alta estima.
La traición es fruto de la carne, una acción que deja en evidencia nuestra frágil naturaleza humana inclinada al individualismo, autosuficiencia y egocentrismo.
Violentar la lealtad y confianza de otro es un acto de traición que demanda arrepentimiento y en la mayoría de los casos nos descalifica, especialmente cuando se persiste en la actitud y se justifica la acción.
La “alta traición” no solamente puede darse entre los hombres, sino también para con Dios; y esta ocurre cuando obramos con premeditación y alevosía en una acción que responde a nuestros intereses, pero violenta los intereses de Dios y su Reino.
La Iglesia es de Jesucristo, por lo cual sólo le pertenece a Él, y nadie está autorizado para violentar su soberanía, imparcialidad, neutralidad, independencia y universalidad; por ello someter a la Iglesia de Cristo a vituperio por aquellos que la conforman, violentando su naturaleza y exponiéndola al escarnio y la vejación, es un acto de “Alta Traición.”
Judas es un referente bíblico, quien, obrando en su criterio personal, pretendió resolver los conflictos entre la élite religiosa gobernante y Jesús, sin darse cuenta en el mejor de los casos, que estaba vendiendo a su Maestro y traicionando a su Señor.
Debemos tener cuidado con el “síndrome de Judas”, y antes de involucrar a Jesucristo y “su” Iglesia en nuestra agenda personal, debemos considerar si nuestras ideas y “buenas intenciones” están alineadas al propósito divino, porque de no ser así, podemos pasar de discípulos a traidores.
¡Cuidado!!!
El Cielo nos observa y de todas nuestras acciones daremos cuenta, en esta vida y en la venidera.
Pues si la traición a la patria es condenable, mucho más la traición a la patria celestial.
Diego Ortiz
Pastor y comunicador
@ps.diegoortiz

