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Cristianos, perseguidos y martirizados

Fue desde el propio inicio de la Iglesia en Jerusalén, poco tiempo después del gran Pentecostés que trajo la promesa de Dios, el Espíritu Santo, sobre los 120 discípulos del Señor que estaban en el Aposento Alto, cuando el martirio de Esteban, el diácono de la primera iglesia, desató la primera gran persecución del pueblo de Cristo «y muchos se dispersaron por las tierras de Judea y de Samaria, menos los apóstoles» (Hechos 8:1b). A partir de ahí la persecución no ha cesado sobre los cristianos en todo el mundo, hasta hoy.

Esmirna y las diez persecuciones
En su mensaje a las siete iglesias de Apocalipsis, nuestro Señor puso singular atención en la iglesia de Esmirna -la segunda en el orden- (2:8-11), conocida como «la iglesia perseguida y mártir». Izmir, como se le conoce en la actualidad, significa ‘mirra’ o ‘amargura’; a ésta Jesús le dijo: «No tengas miedo de lo que vas a sufrir, pues el diablo pondrá a prueba a algunos de ustedes y los echará en la cárcel, y allí tendrán que sufrir durante diez días. Tú sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (vs. 10). Esto avizoraba proféticamente lo que se cumplió con los diez edictos imperiales que ordenaron la persecución atroz a los cristianos desde Nerón hasta Diocleciano.
Estas horrendas y proféticas persecuciones fueron: 1) Nerón, sexto emperador de Roma (67 d.C). 2) Domiciano, cruel y perverso (81 d.C). 3) Trajano (108 d.C). 4) Marco Aurelio Antonino, duro y fiero (162 d.C). 5) Severo (192 d.C). 6) Maximino, exterminador de cristianos (235 d.C). 7) Decio, celoso por el avance cristiano y la mengua del paganismo (249 d.C). 8) Valeriano, torturador y asesino (257 d.C). 9) Aureliano, petulante (274 d.C). 10) Diocleciano, esperaba acabar con los cristianos (303 d.C).

La relativa y falsa paz por mil años
Después de Diocleciano asumió Constantino el Grande, y menguó un poco la persecución, pero se introdujo una falsa doctrina ‘el arrianismo’, por parte de Arrio, un presbítero de Alejandría, probablemente de origen libio; principalmente sostenía que Jesús era Hijo de Dios, pero no Dios mismo; lo cual trajo división en la Iglesia y un fuerte enfrentamiento, que luego arrastró persecución y más martirios.
Siguieron luego casi mil años de aparente calma, donde parte de la iglesia adoptó las costumbres paganas y se aliaron con las monarquías de turno, manejándolas bajo un sistema religioso pseudocristiano con temor supremo a la institución eclesiástica, lo que dio a luz a la religión católica romana (la que comenzó a amedrentar a sus fieles amenazándoles con la ‘excomunión’ y por ello el infierno); pero por otro lado estaban los cristianos bíblicos que nunca aceptaron la institución romana dirigida por jerarquías eclesiásticas por encima de las Escrituras.
Aunque la persecución no fue tan sangrienta y con casos puntuales, comenzó a surgir otra persecución, la de la religión «cristiana» dogmática emanada del obispo de Roma, luego Papa, contra los cristianos «nacidos de nuevo», quienes sólo obedecían la Biblia y a sus autoridades locales, nunca a una autoridad mundial y supra-escritural que se abrogaba el cargo de ‘Vicario de Cristo’ y sucesor del apóstol Pedro, a quien consideran, hasta hoy, como el primer Papa de la iglesia, lo cual ni es apostólico ni bíblico.

Roma contra la Iglesia
Las persecuciones papales contra los cristianos bíblicos (nacidos de nuevo o reformados), a quienes llamaron «herejes» y todavía hoy llaman ‘sectas’, tomaron forma alrededor del año 1000 d.C. En esa época fue muy feroz la persecución contra los cristianos Valdenses de Francia. Luego se ensañaron contra los cristianos Albigenses, quienes vivían en el país de Albi, del siglo XII en adelante.
Ya no eran los emperadores, sino que los supuestos «sucesores de Pedro» quienes celosos por el crecimiento del cristianismo bíblico decidieron poderles fin persiguiéndoles, torturándoles y martirizándoles de maneras espeluznantes, para hacerles renegar de su fe única en Cristo como suficiente Señor y Salvador, y obligarles a volver «a la madre iglesia católica apostólica y romana»; estos actos dignos de Satanás, el padre de este clero falso y nada bíblico, nunca pudieron detener el crecimiento del evangelio.
A estos eventos les siguieron grandes matanzas como la de San Bartolomé en París el 22 de agosto de 1572. Luego en Orleans y en Rouen donde martirizaron a miles de hombres, mujeres y hasta niños. Pero nada ni nadie, ni la más cruel persecución podía detener la Reforma que Dios estaba trayendo a su Iglesia. Todo ello ocurrió bajo la mampara del temible e inhumano «tribunal de la Inquisición».

De la Reforma al siglo XX
Muchos fueron los reformadores perseguidos, torturados, quemados o decapitados, John Huss, William Tyndale, John Wicliffe, Jerónimo de Praga, Zisca, entre otros, fueron cruelmente perseguidos y asesinados por traducir las Sagradas Escrituras a las lenguas vernáculas de entonces, cosa que el papado había prohibido. Ahora la persecución se amplió de la sola sujeción a Cristo a la de la traducción y divulgación de la Biblia.
Martín Lutero es capítulo aparte. Los postulados que le llevaron a sellar la Reforma Protestante, «La sola fe» en Cristo, «La sola gracia» de Cristo y «La sola Escritura» son suficientes para hacernos salvos, le llevaron a clavar sus 95 tesis en la iglesia adyacente al castillo de Wittenberg, el 31 de octubre de 1517; donde protestaba las barbaridades doctrinales de Roma y levantaba en alto la fe y la Biblia en el idioma que el pueblo pudiera leer y comprender. Al poco tiempo fue considerado «hereje» y perseguido a muerte, sólo que Dios le guardó del martirio dada la gran misión que todavía tenía por delante.
Con las sotanas bien empapadas con la sangre de inocentes cristianos que nunca aceptaron los desafueros del papado, la jerarquía católica entra al siglo XX, donde los más grandes avances científicos traerían el desarrollo industrial y tecnológico que ha dado al traste con las cruentas persecuciones romanas, pero han traído la persecución del animismo oriental y el Islam contra la Iglesia de Jesucristo cobrándose miles de vidas martirizadas por amor al nombre del Señor.

Del siglo XXI hasta la gran tribulación
Hoy, a casi 500 años de aquel hecho heroico de Lutero, la religión romana mantiene su postura de querer frenar el avance indetenible de la Iglesia Cristiana, aunque casi no torturan y matan, salvo en pequeñas localidades como Chiapas, en México, el Vaticano mantiene una persecución silenciosa a la Iglesia, amparados por los gobiernos de muchísimas naciones con quienes mantienen «concordatos» que rigen  través de sus embajadores vaticanos o «nuncios apostólicos».
Sangrienta persecución contra la Iglesia se observa en la India, China, Corea del Norte, entre otras naciones animistas, comunistas o ateas, que desean frenar el avance de la Iglesia. Mención especial merece la cruenta persecución que viven actualmente los cristianos a manos de grupos intolerantes y fundamentalista del Islam, que no perdonan la conversión a Cristo de sus adeptos; conversiones que siguen creciendo de manera avasallante a pesar de las torturas y sangre derramada por los mártires.
Esta persecución continuará e irá en aumento conforme se acerquen los días del fin profetizados por Jesucristo, pero ello, como en la antigua Roma, no detendrá el crecimiento del evangelio hasta que Jesucristo venga a arrebatar a su Iglesia para iniciar la tribulación de tres años y medio de falsa paz y unificación religiosa (ecumenismo mundial); y luego por igual tiempo, vendrá la gran tribulación donde el anticristo (la bestia del Apocalipsis) junto al falso profeta diezmarán a la humanidad y perseguirán, torturarán y decapitarán a quienes no renieguen de Cristo como su Señor y Salvador o que rehúsen ponerse la marca de la bestia para poder comprar o vender, el infernal 666.
En medio de un ambiente sombrío para la humanidad y de creciente persecución contra la Iglesia de Cristo, el Señor ha prometido guardarnos y galardonarnos, aunque algunos tengan que ser martirizados por su causa, este es sólo un paso de la mortalidad terrenal a la inmortalidad celestial; porque como lo dijo nuestro Salvador Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente…» (Juan 11:25-26).

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