Cuando la gente ora, cambia. Cuando no ora también cambia, sólo que los cambios son al revés
Hay una curiosa división de personas en la iglesia. Algunos son conocidos como gente “de oración”. ¿Qué pasa con los demás, que -por cierto- son la mayoría? ¿Es acaso la oración el privilegio de unos cuantos predestinados que decidieron ser “espirituales”?; ¡por supuesto que no! Usted decide entrar al altar de la presencia de Dios cuando quiera. Nadie lo obliga, nadie se lo impide.
La oración ha sido, es y será siempre la llave para tener acceso al maravilloso poder de Dios en su vida. Cuando la gente ora, cambia. Cuando no ora también cambia, sólo que los cambios son al revés.
Todos tenemos tiempo para orar, igual que lo tenemos para comer, descansar o dormir. Todos tenemos tiempo para orar, porque todos disponemos de 24 horas al día. El problema reside en las prioridades. Si un estudiante es diligente y pasa tiempo con los libros, aprobará con notas excelentes; mientras que aquellos que no son disciplinados llegan al momento del examen a “inventar”; son reprobados y luego le endosan la culpa al maestro.
Hay que aprender a examinar la vida con sinceridad. La oración es precisamente eso: una revisión de la vida en todos sus órdenes. No nos sirve de mucho “saber” cosas acerca de la oración si finalmente no oramos. Los diagnósticos no curan a la gente; sólo indican el mal. Separemos tiempo para orar, y como el apóstol Pablo, seamos “…constantes en la oración”.




